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1 de Julio
Por Juanjo Calles

“Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar a la otra orilla. Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas. Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza. Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos” (San Mateo 8, 18-22).

COMENTARIO

El evangelista Mateo nos introduce un relato que rompe el esquema que ha traído hasta ahora, donde ha presentado una campaña de milagros que nuestro Señor Jesús ha realizado, para establecer principios básicos relacionados con el discipulado. Posiblemente esto tenga una razón mnemotécnica que ayudaría a sus lectores a memorizar de manera fácil lo presentado en esta sección de milagros, ya que primero presenta tres milagros, un discurso concerniente al discipulado, otra sección de tres milagros, seguidos por otro discurso referente al discipulado, para terminar la campaña de milagros con otros tres y un discurso de la necesidad de obreros calificados para la obra que Él fundaría. Por otro lado, este relato presenta una conexión cronológica con los eventos que están ocurriendo. Definitivamente debe tratarse del siguiente día, acababa de pasar la noche en la casa de Pedro y al verse rodeado por una gran multitud, decidió atravesar en un bote al otro lado del mar: Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar a la otra orilla. A lo mejor Él sabía que su popularidad estaba creciendo, y que los ánimos de la gente estaban muy elevados y no quería llamar mucho la atención de las autoridades romanas y de los líderes religiosos en esa región. Sabía que tenía mucho trabajo que hacer, y aun no había llegado su tiempo, por lo que decide continuar su trabajo al otro lado del mar de Galilea.

En el Evangelio de hoy nos encontramos con dos máximas de Jesús dirigidas a un  aspirante a convertirse en discípulo de Jesús (un escriba forofo) y un discípulo en situación de duelo al que la respuesta de Jesús va a dejar desconcertado. Estos dos enunciados ponen en labios de Jesús las actitudes que Él mismo exige a sus futuros discípulos y a todo el que quiera seguirle en su camino. Las dos declaraciones de Jesús (Las zorras tienen guaridas, y las aves nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza y deja que los muertos entierren a los muertos) constituyen dos advertencias dirigidas al que desee identificarse con la misión que el Padre le ha encomendado. El que quiera ser discípulo deberá calcular los riesgos inherentes a esa identificación y contar con un previsible conflicto entre diversas lealtades.

El primer aspirante (el escriba) se ofrece generosamente, con todo entusiasmo y espontaneidad; un compromiso sin condiciones. Jesús responde con absoluta seriedad; pero deja bien claro que ser discípulo es una cosa extremadamente sería. El Hijo del hombre no tiene una morada estable; su condición es caminar; su vida es una existencia itinerante, sin casa, sin abrigo, sin una familia, sin las condiciones mínimas de una vida ordinaria; no tiene donde reclinar la cabeza. Incluso los mismos animales viven mejor.

Definitivamente ser discípulo de Cristo no es algo fácil. Para este momento los ánimos y emociones de las multitudes que lo seguían estaban encendidos, habían visto su gran poder; pero Jesús sabía que muchos lo seguían por lo que Él había hecho y por lo que les podía seguir dando. Nuestro Señor quería ser sincero en cuanto al precio que debía pagar alguien que le seguía, no debía ser solo por el momento de la emoción. En primer lugar se le presenta un escriba a decirle que lo seguiría adondequiera que Él fuera. Posiblemente este escriba había estado presente en el discurso de Jesús en el Sermón del Monte, y a lo mejor había tenido la oportunidad de ver los milagros. Por ser escriba era un maestro de la ley y ahora estaba emocionado por todo lo que había oído y visto a tal punto que estaba dispuesto a convertirse en un discípulo de Jesús. Sin embargo, el Señor le da una respuesta que a lo mejor no esperaba: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza. Con estas palabras Jesús estaba dando a entender que el evangelio no es un camino de rosas, sino está acompañado de pruebas, enfermedades, dificultades, negaciones y en general el sufrimiento. Nuestro Señor no vino a este mundo en una cuna de oro, vivió siempre dependiendo de la providencia de Dios, sin bienes materiales, murió sin poseer grandes riqueza, hasta la tumba donde colocaron su cuerpo no le pertenecía. El ser discípulo de Cristo no es una plataforma para hacerse famoso y rico, es un camino acompañado por el servicio a los demás.

En el segundo aspirante (el discípulo en duelo), la invitación viene de Jesús; pero el candidato, aunque dispuesto a aceptar la oferta, pone sus condiciones. Pide un compás de espera; el tiempo necesario para cumplir un obligación filial. Pero la respuesta de Jesús no admite dilaciones. Deja que los muertos entierren a sus muertos (el término nekrous, que aparece en primer lugar, hay que entenderlo en sentido traslaticio, con referencia a los que no han querido seguir a Jesús y, por tanto, están espiritualmente muertos). En resumen, el sentido de la máxima sería el siguiente: Deja que los (espiritualmente) muertos entierren a sus (físicamente) muertos. Lo que el discípulo estaba haciendo era posponer la decisión de servir inmediatamente a Jesús. Muchos consideran que aún no ha llegado el tiempo de seguir a Cristo, o de servirle, piensan que primero tienen que arreglar algunas cosas, o esperar que se cumplan un par de años antes de eso. Pero Jesús es tajante en esto: el tiempo es ahora, no se trata de una decisión que tenemos que estar posponiendo, el discipulado necesita determinación y gran compromiso por encima de cualquier compromiso terrenal que podamos tener en esta tierra, está por arriba de cualquier lazo familiar de esta tierra, implica completa sujeción a la soberanía de Dios, y finalmente, considera el hecho que todas nuestras decisiones o planes giraran alrededor del discipulado de Cristo. Todo esto significan las palabras de Jesús: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos. El seguimiento que propone Jesús puede tener unas exigencias que estén incluso por encima de los vínculos de filiación. Ésa es la radicalidad que se le pide al discípulo, la piedra de toque de su fidelidad. La máxima subraya el carácter de inmolación inherente a todo acto de elegir, que pone en juego la propia libertad. Pero no por eso es una exigencia cruel, sino más bien encaminada a la proclamación del Reino de Dios.

Por consiguiente, el seguimiento de Jesús no consiste exclusivamente en una imitación del Maestro, sino que requiere asumir existencialmente sus mismas condiciones de vida, las exigencias del ministerio e incluso la aceptación de su destino. La llamada supone un doble sacrificio: la seguridad personal (primer caso); y los sentimientos y vínculos familiares (discípulo doliente). JESÚS, TE DICE HOY: SÍGUEME. Tú, ¿qué le vas a responder?

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