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Simón Pedro tomó la palabra 
29 de Junio
Por Francisco Jiménez Ambel

Al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Ellos contestaron: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le respondió: “¡Bienaventurado  tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en los cielos” (San Mateo 16 13-19).

COMENTARIO

La Palabra se explica a sí misma, y la Liturgia, animada por el Espíritu, se encarga de aproximarnos los textos sorprendentemente coherentes. Hoy, en la gran fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, vemos la transición desde discípulo a príncipe de los apóstoles, por la célebre “confesión” de Pedro. Pero tal vez podríamos, inversamente, hablar de la “confesión” de Jesús. Trataré de balbucir sobre esto.

Primero algo muy concreto, la geografía; es en Cesarea de Filipo donde se sitúa el acontecimiento, y a donde marcharía Pedro, tras ser liberado misteriosamente de aquella cárcel de seguridad por un ángel (Act. 12, 11). Y es que “el Señor acampa entorno a los que le temen y los salva. Sal 24 (33) 8.

Segundo, la iniciativa – la primacía – de confesar al Mesías. El Señor interpela, genéricamente, a los discípulos acerca de la “opinión pública”. Y ellos, en plural, sin que el evangelista cite los portavoces, evocan grandes personajes del judaismo; eran y son respuestas osadas, casi temerarias dichas a la cara de Jesús. Tercero,  finalmente, cuando los interroga a ellos, a los discípulos que tales cosas dicen que dicen – relata refero – entonces se produce la insospechable y singular declaración de Pedro: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. No se podía decir nada más importante acerca del Hijo del hombre. Aquí el Evangelio sí registra qué persona sintió tamaña moción. Ya no hablan “los discípulos” en abstracto; ahora se pronuncia uno de ellos, con nombre propio. Y tan propio que El Señor le añade su apellido (nombre de familia, en muchos idiomas); “Simón, hijo de Jonás”. También, y por eso, le cambia el nombre, su misión, el curso de su vida, el sentido de su existencia: “Tu eres Pedro”.

Sobrecoge el tremendo poder que el mismo Dios hecho Hombre le confiere a una persona que, eso quiero subrayar, toma la iniciativa de confesarlo como el Mesías esperado, el que demuestra que Dios está vivo, que ha cumplido sus promesas y ha acampado entre nosotros. Pedro se podía haber refugiado en el anonimato, en la pasividad de los discípulos, o en el “no sabemos” (Mc 11 33) de los escribas. Pero no; tomó la palabra, se descaró por Jesús, y lo arriesgó todo. No espero más, o a que uno por uno Jesús les pidiera opinión. Tomó la iniciativa de profesar.

Es claro el paralelismo con la Reina Esther. Ella no había sido convocada por el Rey Asuero, y, por ende, se jugaba la vida atreviéndose a comparecer en su presencia sin ser llamada. Otro tanto lo ocurre a la Iglesia hoy, que tiene que tomar la iniciativa de cumplir su misión, anunciar ante toda la sociedad el evangelio de que Jesús es El Señor, y que ha resucitado de entre los muertos; la escuchen o no, no puede callar. Tiene que, como Pedro (movido por el Espíritu), y desmintiendo otras creencias, reconocer al Mesías, al Salvador del mundo. No hay alternativa.

Es de esa inequívoca proclamación, entre silencios y opiniones dispares, de la que nace el múltiple y potentísimo  reconocimiento público que Jesús le confirma: a) Eso no te lo ha revelado la sangre ni la carne, sino mi Padre que está en los cielos. b) Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, c) El poder del infierno no la derrotará. d) Te daré las llaves del reino de los cielos. e) Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”.

Sobrecoge el poder que Jesús, Dios mismo (Padre, Hijo y Espíritu Santo), concede a Pedro. Y todo por haberse atrevido a desmarcarse de todos y reconocer a Jesús como El Mesías, y más aún, diferenciándolo de los profetas- “el Hijo de Dios vivo”. Que Dios no se ha desentendido de la Humanidad, que ha fundado su Iglesia para siempre y que el poder del infierno – que existe y es ingente- no la derrotará, aunque la Historia registra varias intentonas finales. El Papa, el sucesor de Pedro, el que es movido por el Espíritu a declarar la Verdad, tiene una bienaventuranza personalizada: “¡Bienaventurado tú Simón, hijo de Jonás!”. La Reina Esther implora: “Líbrame del poder de los malvados y líbrame a mí de mi temor” (Est. 6, 17).

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