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Sin miedo a ver y ser vistos 
29 de enero
Por Jerónimo Barrio

«En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: “¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga”. Les dijo también: “Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”». (Mc 4,21-25)


El candil no está hecho para ponerse debajo del celemín ni de la cama, sino para colocarlo en el candelero, en su sitio natural, para que cumpla bien su misión: dar luz a la casa. Cristo es la luz de ese candil y nosotros, ¿qué hacemos con ella? ¿La ponemos en dónde corresponde para que ilumine nuestra vida y la de los que nos acompañan en ella, o más bien la escondemos para que no dé luz y no se sepa que está encendida? ¿Qué lugar ocupa de verdad nuestra fe en nuestras vidas? ¿Ponemos a Cristo en el candelero de nuestra vida y dejamos que lo ilumine todo o le metemos debajo de la cama? 

Es curioso que en este pasaje de San Marcos Jesús no contrapone a la luz, la oscuridad, sino la actitud de poner esa luz en un lugar que no pueda iluminar. No habla aquí el Señor de la actitud de “apagavelas” sino del “escondevelas”; el que, sin negar el valor de esa luz, parece avergonzarse, desconfiar o incluso temerla y prefiere conservarla pero mejor que en el sitio que le corresponde, en un rinconcito discreto de su vida para que no le delate ante los demás, o no le deslumbre e incomode en su caminar por la vida o no le comprometa.

Quien así actúa no reniega de esa luz, no la apaga como haría el rebotado, el que no quiere saber nada de Cristo. El buen “escondevelas” no niega el valor de esa luz, ni su autenticidad como guía, pero la pone en su vida en un lugar en el que no pueda lucir plenamente, que dé solo un poquito de su luz, como la que dejamos a los niños por la noche para que si se despiertan no se asusten por la negra oscuridad y puedan ir al baño sin tropezar. Solo para eso. No queremos que nos alumbre del todo, pero no la apagamos, porque la oscuridad nos da aún más miedo que su pleno resplandor.

Así somos nosotros muchas veces cuando no dejamos que en el caminar de nuestra vida la luz del Evangelio alumbre con claridad, sin miedos, para ayudarnos a ver bien el camino, poner claridad en el problema familiar que estamos atravesando o en un conflicto con mi cónyuge o con un compañero de mi trabajo, y decidir y obrar de acuerdo a lo que esa luz de la fe nos va desvelando. Esa candela tiene la curiosa peculiaridad de desnudar todo lo que hay a nuestro alrededor y sobre todo en nuestro interior, todo aquello que tenemos en nuestro corazón que nos ata para ver con honestidad los problemas de nuestra vida, que son la mayoría de las veces fruto de nuestros propios egoísmos y cegueras por las cosas, nuestros orgullos más ocultos y nuestras pasiones más escondidas.

Quien pone la candela a sabiendas debajo de la cama, no quiere ver su vida desde la óptica del Evangelio, no quiere ver la verdad de lo que pasa. Se contenta con vivir a tientas, no sea que la luz en el candelero nos descubra que no somos tan buenos como nos creíamos, que nos hemos equivocado y toca pedir perdón. Con poca luz no se ven las manchas, ni las de la ropa y mucho menos las del corazón. Podemos ser unos guarros y vivir tan contentos, porque al fin y al cabo nadie lo ve, ni nosotros mismos.

Tenemos miedo a poner el candil en el candelero porque esa actitud valiente nos comprometería a vivir en la verdad plena, la que no engaña, muchas veces dura e incómoda.

Pongamos la luz de Cristo en el candelero de nuestras vidas y dejemos que lo ilumine todo sin miedo alguno, es la actitud más sensata cuando se recibe una luz, dejarla que brille para ver y ser vistos.

Jerónimo Barrio 

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