Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, junio 18, 2019
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Sobre el perfil de muchos corruptos 

Después de analizar la personalidad y las circunstancias de los diversos personajes públicos acusados de corrupción en España, durante estos últimos años, he podido observar que se dan en varios de ellos ciertos rasgos comunes, que poseen con distinto grado de intensidad.

En primer lugar, me llamó la atención la prodigalidad con que la Providencia ha volcado sus dones sobre estos personajes: suelen tener buena presencia, atractivos rostros, una inteligencia fuera de lo normal –a veces, hasta con un coeficiente intelectual exclusivo de individuos superdotados-, pertenecen a familias de alto “standing” social, con desahogo económico notable y, además, han sido personas estudiosas, responsables, con buenas carreras, varios idiomas y, como consecuencia de todo ello, nunca les ha faltado un magnífico empleo generosamente remunerado.

Con todo este bagaje de “virtudes”, cabría pensar que tenían asegurada una enorme felicidad que nada ni nadie podría arrebatarles.

Sin embargo, no es así, pues tal superioridad sobre el resto de los mortales ha producido, sobre cada uno de estos individuos, una sensación de pertenencia a una casta muy por encima de la de cualquiera de los “gusanos” que les rodeaban y a los que en su fuero interno despreciaban.

Esta egolatría se veía constantemente alimentada por la legión de “trepas” y aduladores dedicados a medrar con sus lisonjas, piropos y aplausos, dedicados sin recato al personaje de turno.

Como nada de esto es capaz de colmar el corazón humano, la insatisfacción, el hastío y la decepción acababa recomiendo el espíritu de tales talentosos individuos. Entonces, en lugar de enfocar sus vidas para obtener la felicidad ansiada mediante la ayuda desinteresada al prójimo, cifraban la solución de su problema afectivo en la acumulación de dinero y de poder con la vana intención de ser todavía más admirados, envidiados y, en definitiva, queridos.

Pero desde su altivez, lo único que lograban, eso sí, era el ser envidiados; pero, en vez de admirados, eran despreciados y odiados en vez de queridos. De nada de esto se enteraban, dada la hipocresía de quienes les rodeaban.

Su autoestima y desprecio a los demás llegaba al extremo de considerarse por encima del bien y del mal, de las leyes y normas de todo tipo, de manera que se creyeron capaces de vulnerarlas impunemente, pues sus dotes intelectuales les permitían planificar sus apropiaciones indebidas de manera que jamás podrían ser descubiertas.

Esta sobre-valoración de sí mismos es lo que les cegó y propició que se les descubrieran sus amaños y argucias delictivas, lo que llevó a que se les procesara y, a que muchos de ellos, acabaran dando con sus huesos en la cárcel. Automáticamente, el odio contenido de sus aduladores de antaño dio paso a un feroz deseo de venganza, apoyando acciones de desprestigio políticamente interesadas y mezquinas, morbosas e insidiosas conversaciones mezcladas con exageraciones y mentiras; todo ello para hundir, más todavía, a estos desdichados personajes incapaces, ya, de descubrir que el camino del amor es el que conduce a la felicidad, mientras que el de la acumulación de poder y dinero lleva a un abismo de fracasos en cadena hasta una condenación absoluta.

Con toda su superioridad intelectual, ni siquiera han sido capaces de negociar su libertad mediante la devolución de, al menos, una parte sustancial de lo robado. Claro que, para actuar de esa manera les haría falta arrancar del fondo de su ser la soberbia satánica que ha sido parte sustancial de la personalidad de cada uno de ellos durante toda la vida y que adoptasen una sincera postura humilde para propiciar la compasión y cercanía de los demás. Y eso, es imposible y, como decía un cazurro andaluz: “y, ademá, no pué ser”.

                 Juan José Guerrero.

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