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¿Sociedad del bienestar…? 

¡Finalmente! ¡Ya era hora de que salieran a la luz pública las cifras de suicidio en España, tema tabú desde hace tiempo! Todos sospechábamos que eran muy altas, pero no tanto; todos decíamos que los medios de comunicación social, tal vez encorsetados o censurados por otros poderes políticos o mediáticos, no se atrevían a airearlas, porque eso, aparte de tener muy mala prensa —y nunca mejor dicho, pues ¡a ver qué prensa quería jugarse el tipo por publicar tan malas noticias!—, dejaba en paños menores a la tan cacareada sociedad del bienestar, promocionada con más ínfulas y alharacas que con hechos reales que acaban por colocarnos en nuestro sitio: en la sociedad del “mal-estar”, ya que muy mal tiene que estar una sociedad para llegar a tales extremos, como así apuntaba ya a finales del siglo XIX el célebre sociólogo francés, Émile Durkheim.

Pues bien, ahí están los datos: en 2008 —que eso era anteayer; hoy los índices habrán subido— nueve personas se suicidaron cada día en España, en total 3.421 en ese año, cifra superior a los fallecidos incluso en accidentes de carretera en el mismo período (ocho cada día), situándose así en el primer puesto de la clasificación de los muertos por causas externas. Si a esto añadimos que las tentativas de suicidio, según datos de expertos (Centro Científico de Psiquiatría Serbski de Moscú), arrojan cifras pavorosas —unas veinte personas intentan suicidarse por cada una de las que se suicidan de hecho—, no podemos cerrar los ojos ante un panorama tan escandaloso como cruel, tan fatídico como bochornoso, de una humanidad que se precia de tan civilizada, científica y técnica, sin caer en la cuenta o sin quererlo admitir que lleva en su seno el veneno de esa rémora.

Y habría que añadir que no se sabe con exactitud si en estos datos se recogen los casos de eutanasia activa, dada la tendencia actual a considerarlos como simples episodios médicos, que, en la mayoría de los casos, si no en todos, recuerdan claramente “la solución final” del nazismo, que efectivamente tiene todos los elementos de “final”, pero ninguno de “solución”. Echar mano del suicidio, en forma de eutanasia, es un cómodo recurso de una sociedad egoísta que no sabe o no quiere dar respuesta al problema que plantean los enfermos terminales. No es el dolor físico de por sí el que lleva a esa opción —que normalmente se puede mitigar y se mitiga hoy día—, sino el miedo a la muerte, el pánico a dejar de existir, el pavor por si hay algo más allá…, y aquí no se ofrece al paciente ninguna esperanza de dar sentido a su vida mientras dure.

El atajo de la eutanasia no es la respuesta adecuada para estos enfermos que, en el fondo lo que piden es ayuda para superar el miedo a morir: Jesucristo vino “para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y liberar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a la esclavitud” (Hb 2,14-15), en este caso, la esclavitud del suicidio. Esa seducción por la muerte es una sibilina ponzoña de Satanás para encubrir la fascinación por la vida.

cada tres segundos, un suicidio

Ya un año antes de ese “anteayer”, es decir, en 2007, la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertaba de que cada día se suicidaban tres mil personas en el mundo, que suponía más de un millón cien mil personas al año, lo que, para resaltarlo mejor, equivale a un suicidio cada tres segundos. Lo más llamativo es que esta realidad aparece como una de las tres causas principales de muerte en las personas jóvenes comprendidas entre los 15 y 34 años, aunque la mayoría de los casos ocurre en personas de más de 60 años. Las otras causas de muerte son el infarto y el cáncer.

Alguien podrá decir que todo ello se debe al gran aumento de trastornos psicológicos que llevan a un grado de enajenación mental, que provocan esos desenlaces; pero también las estadísticas dicen que no es significativo este dato. En cualquier caso, sean como sean las causas y las circunstancias, no es para que esta sociedad se pavonee del bienestar: la cosa no es como para tirar cohetes, antes al contrario, es para taparse la cara de sonrojo. ¿Alguien se detiene en dejar constancia de la devastación moral a la que se llega en el círculo de personas (familiares y amigos) de quien se suicida o intenta suicidarse? Hay una conmoción general en ese ambiente que suele dejar mudo, sin poder dar explicaciones satisfactorias.

Nos hemos consolado fácil y tontamente pensando que estas cosas ocurrían principalmente en los países anglosajones, teutónicos y nórdicos en general, especialistas en quitarse la vida a imitación más o menos cruenta de los nipones y su ritual del harakiri: ahora las clínicas de estos países y de Centroeuropa se han doctorado en regalar, más o menos a la chita callando, la muerte dulce a quien la solicita, engrosando, si no las estadísticas, sí la triste realidad del suicidio.

Los japoneses lo hacían y hacen por un desenfocado sentido del honor; las clínicas europeas lo practican con un impúdico sentido del deshonor. No hace mucho se aireaban los mil ricos de Estados Unidos que se quitaron la vida y sólo hace unos cuantos meses que una conocida compañía telefónica europea ha visto cómo se han borrado de la escena de este mundo un buen grupo de sus cuadros directivos en sus diversos escalafones, bajo el pretexto de una gran presión laboral. Así anda el mundo y así están las cosas; y resulta que, cuando creíamos que tales cosas pasaban en el extranjero o en los países ricos, las cifras recientes de suicidios en España nos dejan con las vergüenzas al aire en esta mal llamada sociedad del bienestar y bien calificada como sociedad del malestar.

No pretendemos aquí reelaborar datos estadísticos —y menos exhaustivos— de este desagradable asunto. Sabíamos que en esos países aludidos es un tópico que la gente se suicide. Y desatendíamos datos de otros países no tan ricos o, más bien, pobres. ¿Qué pasa, por ejemplo, en Cuba y en Rusia? Por razones obvias —no es políticamente correcto hablar de ello ni dar datos—, no es fácil saber cómo está el tema en Cuba: la misma OMS en 2007 aportaba datos, pero referidos a 1996, señalando que sobrepasaban los dos mil suicidios en la isla, de los que un buen número era de gente joven o relativamente joven. Otras fuentes indican, por ejemplo, que en 2007 se suicidaron 341 soldados en Rusia y 108 militares en el ejército de los Estados Unidos. Las cifras en Rusia alcanzan cotas hirientes: 42.855 suicidios en 2006, el equivalente a un 30 por 1000, ocupando así el segundo lugar en este penoso y luctuoso ranking mundial; el primer puesto se lo lleva nada menos que Lituania y el tercero Letonia.

En el arco de tiempo que va de 1995 a 2003 en Rusia se calcula medio millón de suicidios, más diez millones de tentativas concomitantes de suicidios. Y como mal de muchos, consuelo de tontos, no está de más recordar que la glamourosa Francia es el país europeo con la tasa más alta de suicidios por cada cien mil habitantes (17,7 de media). En Europa la OMS da cifras que se acercan a los 60.000 suicidos anuanles, ¡7.000 más que por accidentes de carretera! Y en Japón, que nunca ha ocultado su afición al suicidio, ha proliferado una nueva generación de jóvenes que, más que vivir, vegetan y malviven de noche como murciélagos —pero ellos sin radar—, llegando a quitarse la vida a una media de cuatro por hora… porque “no hay vida después de la muerte”, cuando lo que les ocurre es que tampoco la tenían antes de suicidarse.

caer en el pozo de la desesperación 

Dejemos a un lado las cifras y estadísticas y volvamos al fondo de la cuestión, pues no tenemos la pretensión de abordar aquí un tratado sobre el suicidio. Fue en los primeros días de marzo de este año cuando salta a la prensa la noticia en España con un titular que, más o menos, viene a decir que la angustia vital mata más gente que el tráfico (y nadie nos rasgamos las vestiduras si nos enteramos de que la falta de agua potable causa más muertes que la guerra…; pero ésa es otra cuestión). Un par de titulares aquí y allá, alguna tertulia en los medios radiofónicos y televisivos y pare usted de contar: todo fue como el heno, flor de un día, porque en los días sucesivos la noticia quedó cubierta con los tópicos que diariamente nos abruman: la crisis económica, el paro, el terrorismo… Interviene algún sociólogo y, sobre todo, algún especialista en psicología clínica y psiquiatría. Todos se mantienen en el ámbito del fenómeno sociológico y de los trastornos de la psique; se analizan los hechos, las posibles causas y remedios y… Dios no aparece por ningún lado, como si no tuviera nada que ver ni que decir, porque parece que la vida ha aparecido en el mundo por generación espontánea o por esporas y el Creador no pinta nada.

Pero no faltan “intelectuales”, filósofos y pensadores, que quedan fascinados por la opción libre que hace quien se uicida, como si eso eso fuera un canto a la libertad, bien supremo que hay que defender y exaltar por encima de todo… Pues no, por encima de todo, no: la libertad (aunque la gramática diga que es un sustantivo) no lo es, no tiene entidad propia, es más bien un adjetivo, una cualidad que se adosa a una sustancia: antes hay que ser, para luego poder ser libre. De hecho no es antes la libertad que la verdad, es decir, no es antes la Vida que la libertad; y, en la antropología cristiana, primero es la esencia divina, Verdad absoluta, el Ser, “causa de las causas”, como en sus no cortas luces decía el mismo Cicerón, que “luego” es absolutamente libre. Es la Verdad la que nos hace libres, no es la libertad la que origina la verdad.

Y es esta Verdad, esta Vida (Dios mismo) lo que absurda e inútilmente se pretende descartar en el suicidio, desbancado a Dios de nosotros mismos. ¿Es posible saber dónde está la solución? Desde pequeñitos muchos la habíamos memorizado: “¿Y para qué fin ha creado Dios al hombre? Para servirle en esta vida y después gozarle en la eterna” (pregunta y respuesta número 250 del antiguo Catecismo de Astete). Digámoslo de una forma igual de clara, pero más sintética: para vivir en comunión sempiterna con Dios.

¿Qué es lo que pasa por la mente de esta gente que se ve abocada a llegar a esos extremos? ¿En qué punto de su vida ha desaparecido la esperanza y se ha enseñoreado el desencanto por la vida? ¿Por qué todo se le convierte en chato y aplanado, con indiferencia por el gusto de la vida? ¿Qué fluido deja de transcurrir por esas neuronas incoloras e insípidas ofreciendo un encefalograma espiritual plano? ¿Por qué ya ni siquiera les queda un clavo ardiendo al que agarrarse para sobrevivir? ¿Por qué esa querencia irresistible a quitarse la vida, al mismo tiempo que algo se desgarra por dentro y grita: “¡No!, no quiero morir!”? ¿Por qué todo ha perdido cualquier recuerdo de fragancia de Dios —el “buen olor de Cristo”—, convirtiéndose en una sentina nauseabunda?, pues “nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo…; para los unos, olor que de la muerte lleva a la muerte; para los otros olor que de la vida lleva a la vida” (2Co 2,15-16).

No queda ahí ningún atisbo de rayo de luz, ningún consuelo de un posible destello que haga posible intuir siquiera la salida de un túnel atorado: todo es tenebroso en esa cloaca de vida sin esbozo de luz, que “si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! (Mt 7,23). Quizás en la andadura de esa gente por su vida en este mundo hubo alguna vez un trazo bello que dejó impreso en su alma un divino pincel; ¿por qué ahora todo son signos borrosos y confusos que provocan hastío y rechazo? ¡Qué horripilante se ha vuelto todo! Ya no hay la más mínima evocación o regusto de algo dulce, convertido todo en ajenjo de fatal garrafón.

como león rugiente, busca a quien devorar

Pero ¿quién diablos está tan interesado en llevar al hombre a esos extremos de echar mano de la guadaña para segar su propia vida? Pues ¿quién va ser sino el mismo Diablo, que es “homicida desde el principio”? (Jn 8,44). Él, incapaz de amar desde el momento en que fue catapultado del cielo y aherrojado al infierno, no tolera que el hombre pueda vivir en comunión con Dios. Por eso se vale de todas sus artimañas y argucias para engañarlo y obcecarlo y hacerle partícipe de su inmensa desgracia, “mentiroso y padre de la mentira”, como es.

Cierto que la Psicología Clínica detecta los trastornos de la psique y hay que curarlos; y hay que crear ambientes sanos en el seno de la familia y de la sociedad que nos rodea, pero “nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas” (Ef 6,12). No hay ningún test psicológico que detecte la acción maléfica de Satanás; como tampoco lo hay para descubrir la acción infinitamente superior y salvífica del Espíritu Santo: el ámbito de la fe no se rige por comprobaciones empíricas ni por los nexos lógicos que atan los silogismos.

En algún sitio ya dejé escrita esta idea: Satanás se frota las manos ante tanta hemorragia de vida que se le escapa a chorros a esta sociedad de cadáveres ambulantes que, frecuentemente, caminamos por la vida, aunque a veces sea con la sonrisa en los labios y otras, como en el triste caso del suicidio, con el rejón diabólico de la muerte clavado en nuestro corazón. Por eso, en fin de cuentas, lo mejor —¿lo mejor— es quitarse la vida, desaparecer del mapa, dejar de sufrir y que sea lo que el hado quiera.

¿Y no te das cuenta, querido del alma, que echarse en los brazos de ese otro sustituto de Dios es lo mismo que rendir el supremo culto del sacrificio —el sacrificio propio de la propia vida— a ese “otro” en un acto de adoración al dueño de la muerte? Te escapas a velocidad pasmosa del centro y eje de tu ser y te abandonas a “otra” religión asfixiante y aniquiladora. Huyes de Dios y quieres toparte con otro diosecillo, cuyo abrazo te sume en la infelicidad perpetua. ¿No te acuerdas en la parábola del hijo pródigo —mejor dicho, del Padre misericordioso— que fue éste quien, apenas vislumbró en el horizonte al hijo perdido, echó a correr y lo abrazó con cariño entrañable cubriéndole de besos, sin apenas dejarle balbucear su arrepentimiento?

El Demonio te ha expropiado de lo que te pertenece por herencia ganada por Jesucristo: te quiere robar la tierra para que no entres en el descanso. No puedes seguir jugando como aquellos niños tontos, cuando se enfadan entre sí y el más zaherido sale por los cerros de Úbeda: “¡Ah!, ¿sí? ¿Así me tratáis?, pues ahora no juego y me quedo sin respirar”. Es lo que ocurre cuando alguien llega al trance del suicidio: todo le es adverso y “quiere dejar de respirar”. Pero no, no es un juego: el drama fatídico del suicidio nos hace tambalear hasta más allá, la tragedia sin sentido.

atribulados en todo, mas no aplastados

Por favor: hay un combate —a muerte por parte del Demonio; a vida por parte de Dios— entre Vida y Muerte: tú, inspirado por ese diosecillo quieres para ti la muerte; Dios, inspirándote por su Espíritu, quiere para ti la Vida con Jesús resucitado de entre los muertos. Por favor, no escojas irte a la región de los muertos que no resucitan. Es verdad, te estás muriendo a chorros y ya es hora de acabar con esta vida; pero hubo uno que, antes que tú, se desangró a chorros por ti y por mí, para que ninguno pasáramos por ese trago angustioso que nos llevaba a la muerte eterna. Jesucristo te tiende una mano y te ofrece la Vida.

Hasta ahora quizás sabes lo que es vivir muriendo, probando tantas desgracias; pero no sabes lo que es esa muerte eterna, como tampoco sabemos del todo qué es la Vida: llevamos equis años viviendo y ¿qué es la vida? ¿Lo quieres saber de una vez? La Vida es Jesucristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

Esto no es una teoría ni una definición especulativa. Él es la Palabra que, desde el principio, estaba en Dios y “en ella estaba la vida” (Jn 1,4). Y puesto que todo lo que ha sido creado, ha sido hecho por esta Palabra o Jesucristo (Jn 1,3), de modo especial en cada uno de nosotros hay una participación de esa misma Vida que es Jesucristo. Por favor, no podemos desarraigarla de nosotros mismos; sólo Satanás pretende arrancarlas de su raíz —la raíz es el mismo Cristo, autor de la Vida— para transmitirnos su incapacidad eterna de amar. Por eso el aviso del Señor: “No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos” (Mt 7,6).

Y puesto que no hay periódicos o muchos medios de comunicación que lo digan abiertamente, es necesario proclamarlo HOY y AHORA, para ti y para mí, que Jesucristo es el Autor de la Vida, que Él ha venido al mundo para que tengamos vida, “y vida en abundancia” (Jn 10,10), que Él “no hizo la muerte” (Sb 1,13), sino que “creó al hombre incorruptible, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del demonio entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen” (Sb 2,23-24).

Hay que repetir una vez más, a tiempo y a destiempo, que este nuestro cuerpo mortal está llamado a la resurrección con Jesucristo, “primogénito de los muertos” (Col 1,18). Cristo se yergue sobre el sepulcro y los cielos de los cielos cantan: “¡Oh muerte!, ¿dónde está tu victoria?” (1Co 15,55). “Muerte y Vida se han enfrentado en un prodigioso duelo” y el Señor Jesús ha salido victorioso sobre el pecado que trajo la muerte, sobre la muerte que introdujo el Demonio y sobre el Demonio que a todos nos mordió en el calcañar, menos a la Señora que pisoteó su cabeza.

y enjugará toda lágrima de sus ojos

¿Sociedad del bienestar o del “mal-estar”? Ya no me importa cómo queramos llamarla, aunque sea una pedrada en los ojos y una coz en los dientes considerarla del bienestar, cuando campa a sus anchas la angustia mortal. Ante un hombre amorfo sin esqueleto, sin eje vital ni quicio que le remita a su Creador, con esa mirada que no puede traspasar el hermetismo de sus propios nubarrones, con un yo encerrado en un inmanentismo opaco, un hombre siempre en equilibrio inestable, sin fundamentos ni base de sustentación ontológica, continuamente anegado en las arenas movedizas de su propia miseria vital, le sale sal paso la Escritura interpelándole: “Cuando fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el hombre?” (Sal 10).

A esta pregunta, el Demonio le susurra “como” solución evidente: “Está claro, el suicidio”; mas Jesucristo, a su vez, por la fuerza (“dynamis-virtus”) del Espíritu Santo, no ya “como” evidente, sino con rotunda claridad y serenamente nos dice: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25-34). “Os quiero conmigo, resucitados, en el banquete nupcial del Reino de mi Padre. Así se lo pedí a Él, como ya os lo dije: ‘Pues el Padre mismo os quiere’ (Jn 16,27) y ‘quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que tú me has dado’” (Jn 17,24). Es la fiesta de las bodas eternas con el Cordero, donde “no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas” (Ap 21,4) y el suicidio no será siquiera un lejano recuerdo inexistente, de un mundo viejo que pasó, porque todo será una nueva sinfonía luminosa de la celebración eterna de la Vida.

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