Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, mayo 20, 2019
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SOLILOQUIO… CONMIGO MISMO 

Rafael Alcázar

Estaba pensando cómo decírselo. No sabía si encontraría el momento y cavilaba sin cesar buscando las palabras adecuadas para hablarle. Más de una noche en la soledad de mis “entresueños” imaginaba la situación pero claro ahí no se da más que el diálogo conmigo mismo porque soy el dueño de mis palabras y de las respuestas que supongo de mi interlocutor.

Cuando quieres a una persona y ves que está perdido en su proceder y que lo que hace no le trae ningún bien sino al contrario, sufrimiento para él y para los que le rodean; si le quieres, sabes que tienes que intervenir pero… ¡pobre de mí! no sé cómo. Resulta difícil encontrar tanto el momento como las palabras adecuadas y en la cabeza confluyen todas las ideas buscando la mejor decisión. Me pregunto si realmente debo hablarle. Sé que lo que le voy a decir no le va a gustar. ¿Sabré tener “mano izquierda”?.  ¿Se molestará? ¿Acertaré? … Quizás sea mejor no hablar demasiado y dejarlo entrever… Pero no puedo estar impasible. Sé que tengo que actuar…

Y así un día, una noche y otro día y otra noche… Siempre el mismo soliloquio conmigo mismo. Mi diálogo con mi yo. Hasta que por fin necio de mi tomo la mejor decisión.

¿Por qué no le pregunto a quién todo la sabe y todo lo puede? Tanto hablar conmigo mismo sin encontrar solución ¿por qué no pregunto a quien mejor me puede aconsejar? Él sabe de mí y de él. Nos conoce a los dos muy bien. Sabe lo que hay en lo profundo de nuestro corazón y las razones que nos mueven a ambos. Él nos quiere sin límites a los dos y si escuchamos su consejo seguro que nos dará la mejor solución. No sé si le preguntará a Él. Lo que sí sé es que yo debo preguntarle a Él y en mi torpeza en lugar de hacerlo me distraigo con diálogos conmigo mismo. ¡Pobre de mí!

Pues aquí me tienes Señor. Dejo de hablar conmigo para escucharte a ti. Háblame. Dime cuando, qué y cómo debo decirle… A ver si de una vez aprendo a preguntar, escuchar y hacerlo conforme a tu voluntad porque por esas lindes iré siempre por buen camino ¿verdad?

Pero… preguntar… ¿Cómo? Ya sé… confiando ciegamente en que me darás la mejor respuesta, aunque yo no la entienda, aunque no me guste, aunque se aleje de mis deseos y me parezca inapropiada.

Y… ¿Cómo conseguiré escuchar tu voz? Esto sí que es más difícil. Apenas conozco tu lenguaje y los sonidos de tu voz me son tantas veces desconocidos… aunque he aprendido algunas claves… A saber:

  • Considera a los otros como superiores a ti
  • No busques tu propio interés y no esperes nunca nada a cambio
  • Hazlo todo con humildad. ¡Ufff…!

Si aplico este trípode básico me será más fácil interpretar las señales que pongas en los acontecimientos de cada día y descubrir lo que Tú me quieres decir. Y ya cuando sepa qué y cuándo, solo me restará eso que tanto me cuesta aprender y que es sin duda la virtud más eminente, hacer sencillamente lo que tenemos que hacer.

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