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Sor Consuelo: aventura en la azotea 

Aún anochecía pronto y Felipe Márquez sabía que, los sábados por la tarde, muchos vecinos salían en familia de paseo para disfrutar del cálido inicio primaveral en Albera. Poco antes del crepúsculo, Felipe cogió las llaves de su piso. También la llave de su trastero de la azotea, que guardó en el otro bolsillo del pantalón. Y un pequeño espray de plástico, comprado en un bazar chino por unos céntimos, que llenó de aceite en la cocina.

Vestía de oscuro, un jersey de cuello alto y un gorro negro de lana para camuflarse. Se colgó una mediana mochila a la espalda. Lo tenía todo pensado. Salió de su piso, cerró con las llaves y subió a la azotea. A esas horas ya no había ningún vecino tendiendo ropa. Se acercó al lateral donde estaban las puertas de los viejos trasteros, uno para cada vecino. Las deslucidas puertas de oscuro latón estaban tan descuidadas que, si llevabas días sin abrirlas, solo cedían a la llave bien engrasada de aceite.

Pero Felipe ya lo había previsto. Cogió su pequeño pulverizador, se agachó y lanzó varios chorritos de aceite en el ojo de la cerradura de su trastero, el 1.º C. Instantes después metió la llave y, tras algunos forcejeos, logró abrir la enquistada puerta. Entró a las últimas luces del crepúsculo, agarró el gancho con la soga enrollada, se la ajustó al hombro, salió y cerró la puerta del trastero.

Ya era casi de noche. Anduvo rápido y silencioso hasta el extremo de su azotea, donde empezaba la del edificio vecino. Solo las separaba un muro de 1,70 metros, entre sendas columnas de hormigón con chimeneas pintadas de blanco. Algo que un hombre fuerte y ágil de mediana edad podía saltar. Felipe apoyó el pie en los ladrillos del zócalo, tomó impulso y se agarró al muro. Pasó de una azotea a la otra con la facilidad de un gato.

Se agachó inmóvil antes de seguir. Lo que estaba haciendo no era normal, pero no era la primera vez. Ya conocía las azoteas vecinas. Aquella resultaba ideal para sus propósitos. Tenía un murete lateral de un metro, por el que podía deslizarse agachado sin ser visto. Se detuvo en medio. Justo debajo había dos pisos de viviendas y enfrente el piso que había elegido, porque estaba bajo los tendederos y podía descolgarse hasta él con facilidad. Además ese 2.º B pertenecía a Carlos Valero, un pobre hombre que vivía con su gruesa esposa, su hijo de once años y su suegra; de esos que se matan toda la vida trabajando para nada. Ahora, con la crisis, hacía las pocas chapuzas de fontanería que le salían, se le había acabado la prestación por desempleo y, según las vecinas, el banco iba a desahuciarle por impago de la hipoteca en pocas semanas.

Era un objetivo fácil. Todas las habitaciones de ese piso daban alineadas al patio vecinal, el salón y los dos dormitorios. Y también la pequeña ventana del baño, la única que no tenía rejas, que solían dejar abierta para que se ventilara.

Felipe lo observó también ese día, escondido tras el murete de enfrente. Las luces del 2.º B estaban apagadas. La ventanita del baño seguía abierta. Era el momento de aprovecharse. Los Valero estaban de paseo; pero, como eran pobres, volverían pronto para cenar en casa. Rodeó la azotea hasta el tendedero. Comprobó que no había vecinos asomados al patio. Todo estaba oscuro y silencioso. Fijó el gancho justo sobre la ventanita del 2.º B y se descolgó hasta apoyarse en el alféizar de la ventana, por la que se coló ondeando deprisa.

El piso era suyo. Lo registró con rapidez, sin importarle encender alguna luz, cosa que apenas se notaría fuera tras las persianas, aunque algún vecino entrase de la calle. Tal como esperaba, no encontró dinero, ni tampoco joyas de la esposa, pues no las había. Eso sí, en la habitación del crío había un moderno ordenador portátil, que no dudó en cargar en su mochila. Y Valero se había dejado las llaves del coche sobre el mueble bar del salón, lleno de bártulos y baratijas. Márquez se las guardó en el bolsillo. No era gran cosa, pero le pareció suficiente, convencido de que allí no había mucho más que pillar.

Tornó a salir por la ventana del baño, agarrado a la soga. Trepó a la azotea y recogió el gancho con la soga. Saltó hacia su azotea, abrió de nuevo la mohosa puerta de su trastero y cubrió la soga con el gancho con unos cartones. También escondió allí el portátil, a la espera de venderlo para sacarle unos cuartos en negro.

Luego entró en su piso, encendió la televisión y cenó como un chico bueno.

              *          *          *

A primera hora del domingo, Carlos Valero fue a la comisaría para denunciar el robo.

—Se llevaron el ordenador de mi hijo, ¡donde hace las tareas del colegio! Y las llaves de mi coche. No puedo pagar una cochera, tengo que dejarlo en la calle. Ayer noche fui a verlo y, como me imaginaba, había desaparecido.

El inspector Leiva se hacía cargo de la situación. Era la gota que colmaba el vaso en las desgracias de esa familia que ya no podía más.

—Le regalé ese ordenador a mi hijo con mucho esfuerzo al final de curso por sus buenas notas. Es un chico que promete mucho. Pero sin mi coche, ¿cómo voy a desplazarme para trabajar? Ese coche era todo mi capital. ¡Ahora el banco nos echará a la calle!

Leiva sentía sobre sus hombros una gran responsabilidad: salvar a ese hombre y a esa familia de la ruina. Y no sabía cómo hacerlo. Valero tenía la mirada perdida, quebradiza la voz, temblorosas las manos. Toda la vida trabajando y pagando sus impuestos como un buen ciudadano para esto.

 

—¿Cómo vamos a comer ahora? Porque ya no tengo ni para alimentar a mi familia.

 

En la mente de Leiva se encendió una luz.

 

—Primero iremos a Cáritas con discreción y llevaremos alimentos a su casa. No permitiré que ninguna familia honrada de Albera pase hambre o necesidades.

Leiva sabía que en Cáritas Diocesana de Albera estaba Sor Consuelo de voluntaria. Y en cuanto oyera el caso no podría resistirse a investigar. No sería la primera vez que la sagaz monjita había sacado al policía bajo cuerda de algún apuro. Se pusieron en marcha en seguida. En cuanto llegaron a Cáritas preguntaron por Sor Consuelo y le contaron el caso.

—¡Esto no puede quedar así! —dijo Sor Consuelo juntando sus manitas huesudas.

Cargaron el coche policial de alimentos no perecederos: leche, aceite, legumbres…, y también unas tarteras con raciones de carne estofada, pescado frito y frutas frescas. Sor Consuelo les acompañó, como Leiva esperaba, al piso de Valero. La monjita ayudó a descargar y guardar los alimentos frescos en la nevera, y los no perecederos en los armarios de la cocina, ante los rostros desconsolados de la mujer de Valero y su hijo, que se emocionaron tanto por la situación desesperada que atravesaban, como por la bondad de algunas personas e instituciones a pesar de todo en esta vida. Una vez guardada la comida, Sor Consuelo acompañó al inspector Leiva y a Valero para inspeccionar el piso donde se había producido el robo. Leiva registró concienzudo los cajones de cada mueble sin resultado. Mientras, Sor Consuelo observaba distraída la estructura de la vivienda.

—Todas las ventanas dan al patio vecinal —dijo—. Incluso la puerta de la escalera.

—Así es —dijo Valero. Es una puerta de madera muy sólida con una buena cerradura. Y no estaba forzada. Por la puerta seguro que no entraron.

—¿No? ¡Entonces entrarían por la ventana!

—Todas tienen reja, menos la ventanita del baño.

—No me diga.

Sor Consuelo entró en el cuarto de baño, seguida por los sorprendidos varones. Apartó la cortina, se metió en la bañera y se asomó todo lo que pudo por la ventana.

—¡Cuidado, madre! —le dijo Leiva—. No se caiga por la ventana al patio. Ya tenemos suficiente desgracia con el robo a esta familia.

La monjita salió sudorosa pero satisfecha de la bañera.

—Hay huellas de suelas de zapatos que suben por la pared blanca hasta la azotea.

—¿Está segura, madre?

—Asómese, inspector, y verá. No creo que fuera Spiderman. Entraron por aquí. Se descolgaron por la azotea. Es una operación forzada, pero posible para un joven fornido. Pero no pudo evitar dejar algunas huellas de sus botas en la pared blanca, cuando bajaba y luego subía con esfuerzo. No se dio cuenta porque era de noche, y quizá no ha reparado aún en ello.

—¿Y qué hacemos, madre? —dijo Valero.

—¿Podemos subir a la azotea?

—Claro que sí.

Sor Consuelo inspeccionó la azotea, seguida por Leiva y por Valero: El pavimento rojizo, las paredes blancas, las columnas de hormigón con recovecos, los alambres de tender ropa, las chimeneas y los tejados vecinos de los alrededores.

—Me pregunto cómo llegó hasta aquí nuestro Spiderman. No es tan fácil andar por los tejados como un gatito de noche.

La monjita rodeó todo el perímetro rectangular hasta que llegó al extremo.

—Esta es la parte más baja —dijo—. Yo no puedo saltar el muro, pero quizá sí un joven experimentado. ¿Qué hay detrás?

—El edificio de al lado —dijo Valero.

—¿Qué urde su mente, madre? —dijo Leiva—. Para eso se necesita una orden judicial.

—No hay tiempo que perder para esta pobre familia.

Valero fue a su piso por unas sillas. Los hombres saltaron y ayudaron también a

Sor Consuelo, que vivía aquello como una intrigante aventura. La azotea del viejo edificio vecino era parecida. Tenía su tendedero, chimeneas, sus muros blancos y trasteros con mohosas puertas. Sor Consuelo lo remiró todo con atención.

—Estos trasteros son demasiado viejos. Más vale que hicieran ya una reforma en el edificio. Apuesto a que las puertas ni se abren bien —dijo Sor Consuelo, palmeando una oscura puerta metálica, cuya lata bombeaba pero no se movía un milímetro.

—¿Y qué? —dijo Leiva con los ojos entrecerrados.

—Pues que todas las puertas están igual de oxidadas menos esta, la 1.º C.

—¿Qué le ocurre? —dijo Leiva—. Yo la veo igual de antigua que todas.

—Fíjate, hay un reguero que llega casi hasta el suelo —Sor Consuelo señaló bajo la cerradura, raspó con el dedo y se lo llevó a la boca—. Claro, no sabe a detergente ni a alcohol, sino a aceite. ¡Prueba, prueba!

—Yo no chupo esa lata oxidada —dijo Leiva—: Un vecino habrá echado aceite a la cerradura para abrir su viejo trastero. Vaya cosa. Será mejor que nos vayamos de aquí antes de que alguien nos denuncie por allanamiento de morada.

—Ese aceite reseco lleva ahí horas, quizá un día. Desde ayer: el día del robo.

—¡Ah, no, no! ¿Qué está pensando, madre? —miró Leiva a los ojillos vivaces de Sor Consuelo.

Tras unos minutos de discusión, Sor Consuelo llamó a la puerta del piso 1.º C, seguida de los dos varones, que disimulaban su estupor con gesto serio. Felipe Márquez abrió la puerta. Su rostro se descompuso al ver a Sor Consuelo, ante Carlos Valero y el inspector jefe de la policía de Albera.

—¿Qué pasa aquí?

—Me preguntaba —dijo Sor Consuelo— si podría dejarnos su llave para mirar un momento su trastero de la azotea.

La cara de Márquez se volvió una pura angustia.

Textos: Manuel del Pino

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