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Sor Consuelo: La fiesta del aceite 

Una de las buenas celebraciones de verano en Albera era la Feria del Aceite. Venían visitantes de todo Jaén y Córdoba, e incluso de Granada y de Málaga, pues en esos tres días podían degustar el mejor aceite del mundo, comprarlo barato y también curiosear maquinaria agrícola de todos los calibres a precios competitivos. Sin embargo, la atracción de más éxito estaba, con diferencia, a las espaldas de la iglesia de Santa Catalina; donde medio pueblo formaba una cola interminable ante la oficina portátil montada en los jardines del paseo por Javier Lazo y Carla Martel, quienes, muy bien vestidos, ofrecían un negocio increíble en su roulotte.

Javier Lazo, alias Lince, era un sefardí repatriado, con mucho éxito entre las mujeres y los clientes. De hecho, era uno de los mejores estafadores del país. Carla Ruiz era una de sus embaucadas, aunque muy a gusto. Alta, de cabello castaño y muy bella, había sido expulsada de la Policía por corrupta. Estaba tan empeñada en llegar a ser modelo y actriz que se hacía llamar con el nombre artístico de Carla Martel. Mientras intentaba triunfar se había asociado a Lince para sobrevivir dando golpes por la geografía nacional.

Se presentaban como empleados de TuBanco, ofreciendo a los agricultores un diez por ciento de beneficios solo por abrirse una cuenta a partir de tres mil euros en efectivo. Lo tenían todo falsificado de un modo perfecto: los formularios, las cartillas de ahorro y hasta los logotipos de TuBanco, que por dentro y por fuera de la oficina portátil parecían reales.

En la crisis interminable, la gente estaba ansiosa por que volviera la recuperación en forma de fiebre económica. Atraídos por la novedad, se apostaban con sus tres mil euros, producto de su duro trabajo en la última cosecha de aceituna el pasado invierno, para participar en la novedosa oferta de la “Cartilla 10” de TuBanco. Era la vieja estafa piramidal, que no parece hallar escarmiento. La primicia solo regía los tres días de la Feria del Aceite, de doce a dos de la tarde, lo que avivaba la ansiedad del público al acotarles con horarios tan estrictos. Para atizar los ánimos, la segunda mañana, Lince y Carla pagaron trescientos euros de intereses a los primeros cincuenta inversores del día anterior. En realidad solo les devolvían el 10 % de lo que ellos mismos habían pagado, y como después les siguieron muchos más inversores, las pingües ganancias se acercaban a los novecientos mil euros.

Prometieron que la tarde del tercer día pagarían a todo el mundo el suculento 10% correspondiente a su inversión, pero, en cuanto llegaran las dos de ese mediodía, Lince y Carla desmontarían su chiringuito, se largarían de Albera como habían hecho ya en otros pueblos, con fondos suficientes para vivir todo el año sin trabajar. Los lugareños se quedarían con las cartillas falsas y sin sus ahorros. Pero cuando descubrieran indignados el engaño sería demasiado tarde; Lince y Carla andarían muy lejos, con otro aspecto, vistiendo ropas de estilo diferente y hasta con otra identidad.

La estafa saldría en televisión y la conocería todo el mundo, pero para el año próximo, las retorcidas mentes de Lince y Carla ya habrían maquinado otra treta distinta mientras se solazaban en alguna playa paradisíaca.

El plan era redondo, si es que puede considerarse así alguna obra humana dedicada al mal. Pero lo que no sabían era que el último día, al final de la cola, esperaba su turno entre los vecinos de Albera una monjita humilde pero despierta llamada Sor Consuelo.

                  *          *          *

Cuando le tocó el turno a Sor Consuelo, que era la última, Lince y Carla empezaban a empaquetar la oficina desmontable para cargarla en su autocaravana, deseando coger el gran botín y largarse para siempre de Albera. Ya tenían el dinero bien guardado, listo y disimulado entre los bultos, para ponerlo a buen recaudo.

Lince se extrañó al ver que las manos de la monjita estaban vacías de dinero. Sor Consuelo, que era muy observadora, lo notó; de hecho, se fijaba tanto en los gestos de las personas como en sus palabras, pues los gestos y el tono son inconscientes y antes o después dejan escapar un lapsus si la persona no es sincera o está fingiendo un papel.

Eran las dos menos cinco. Carla se retorcía las manos de impaciencia.

—Perdonad que haya llegado tan tarde —dijo Sor Consuelo—. Estaba en la iglesia, ayudando como de costumbre al P. Rodrigo a preparar las misas de esta tarde. Después acudí a Cáritas Diocesana de Albera para repartir comida entre los necesitados. Y hasta me escapé al mercado a pedir las sobras del día entre los tenderos. ¡No os imagináis las personas sin techo que acuden estos días de fiestas a Albera desde toda la comarca!

—Está bien —la interrumpió Lince—. ¿Qué quiere, hermana?

—En realidad solo venía a preguntarte algo. ¿Qué es para ti la honradez?

Lince intercambió una mirada de complicidad con Carla antes de que su rostro rubicundo prorrumpiera en una sonora carcajada. Sor Consuelo no se amilanó, estaba acostumbrada a ver dramas mucho mayores en las personas que asistía a diario.

—Sí, el valor de la honradez. ¿Qué significa para ti? Lo pregunto en serio. Tengo mucha curiosidad en saber lo que piensa un joven tan hábil como tú.

El rostro de Lince cambió hacia un orgullo complaciente.

—La honradez es la virtud de los pobres desgraciados que madrugan y se arrastran todo el día para mendigar la supervivencia por un puñado de euros.

Carla le sujetó el brazo para que callara, dándose cuenta de que empezaba a hablar demasiado y que la humilde monjita le estaba tendiendo una sutil celada verbal. Sor Consuelo se entristeció en su corazón al oír esas palabras y dijo:

—No puedo creer que penséis eso. Vosotros sois jóvenes, el futuro de este país.

Lince liberó su brazo de la mano de Carla, dispuesto a desahogarse ante la monjita que le parecía entrometida e insignificante.

—Este mundo y esta vida no han hecho nada por nosotros. ¿Quién es usted, madre, para darme lecciones de moral? ¿Sabe que mis abuelos huyeron de nuestra Guerra civil a Europa, que mis padres escaparon por los pelos del holocausto nazi y que hace unos años, cuando volvieron a España, mi pobre padre murió en el paro y la ruina? ¡No venga usted ahora a enseñarme cómo es la honradez en este mundo de halcones!

Sor Consuelo seguía impasible, pues perder los estribos ante la primer andanada de cualquier jovenzuelo le impediría precisamente el poder ayudarle.

—Yo no pretendo enseñarte nada, ¡válgame el cielo! Al contrario, lo que quiero es aprender de ti, pues salta a la vista que eres un joven de mundo que conoce la vida a la perfección y podrías orientarme con tus ideas para cuando voy a atender a los pobres.

Carla intervino de nuevo, pues su psicología era más sibilina:

—¡Cállate, Lince! ¿No ves que esta monja viene a liarnos?

Al joven Lince, sin embargo, le perdía su orgullo. Se cruzó de brazos y separó los pies en señal de altanera fortaleza para pronunciar solemne:

—En esta vida nadie es honrado, pero yo sí, hermana. Soy de los pocos que quedan. ¿O es que piensa que no somos personas honradas?

—¡Claro que sí! ¿Por qué no íbais a serlo? —le respondió sin titubeos.

─¿Se cree que no leo en su mente? Usted nos ve como dos jóvenes estafadores que hemos venido a este pueblo para engañar a esa caterva de lugareños.

Carla volvió a darle un codazo de advertencia. Sor Consuelo dijo:

—Jamás se me pasaría tal idea infernal por la cabeza, puesto que habéis prometido, en nombre de TuBanco, devolver la inversión íntegra más un 10% a todos los vecinos que han confiado en vosotros. Lo que me pregunto es cuándo vais a hacerlo.

—Esta misma tarde, hermana —replicó Lince mientras seguía empaquetando.

—Entonces, ¿por qué desmontáis la oficina con tanta prisa?

—Porque debemos emprender viaje de vuelta esta noche, en cuanto terminemos la liquidación con todos sus queridos conciudadanos.

—¡Ah, claro! Pues es extraño que no esperéis a mañana. Así podríais recoger más despacio y no tendríais que viajar toda la noche sin dormir siquiera.

Carla estaba cada vez más mosqueada. Lince puso los brazos en jarras y dijo:

—¿Adónde quiere llegar, hermana? Dígalo de una vez.

—A ninguna parte, loado sea el cielo. Es solo que ha acudido mucha gente estos tres días. Más de cien personas cada jornada. Y como dicen que se trata de abrir una cuenta con tres mil euros, multiplicado por unas trescientas personas… ¡eso daría un total de novecientos mil euros como mínimo! ¿Cómo lo haréis para pagarles a todos?

─Somos profesionales. Esté tranquila, sabemos cómo hacerlo.

—Como el director de la oficina de TuBanco en Albera, don Francisco Sánchez, que es todo un profesional. Estos días de fiesta las oficinas están cerradas, pero estoy segura de que le conocéis muy bien e incluso trabajáis para él.

Carla disimuló cogiendo unos paquetes. Lince tuvo que contestar:

—¿Don Francisco Sánchez? Claro que sí, es un buen amigo nuestro, muy serio y profesional. Pero nosotros proponemos un nuevo negocio de TuBanco, con propuestas comerciales más efectivas y estamos dispuestos a arrebatarle unos cuantos clientes.

Sor Consuelo sacó del bolsillo de su hábito azul como el cielo, del que parecía que podía extraer cualquier cosa que necesitara, su teléfono móvil de última generación.

—¿No os importará, entonces, que llame a Francisco Sánchez? Así podréis saludarle y él me explicará cómo es posible que podáis pagar el 10% de interés a las más de trescientas personas que han confiado en vosotros estos tres días.

—Mejor no —dijo Lince—. En realidad somos su competencia dentro del banco. No creo que le guste saber que le hemos arrebatado durante las fiestas a cuatrocientos potenciales clientes.

—Le llamaré de todas formas. Así aclararemos todo esto.

Sor Consuelo comenzó a teclear en su móvil.

—Esta monja viene a arruinarnos el plan —le dijo Carla a Lince por lo bajo—. Se acabaron las buenas palabras. Tenemos que hacer algo con ella y rápido.

Carla intentó agarrar a Sor Consuelo, que retiró su cuerpecillo y señaló al cielo. De repente, se oyó un insistente repicar de las campanas de la iglesia de Santa Catalina, un sonido que se hizo ensordecedor, pues tenían el templo a sus mismas espaldas.

—En realidad he avisado al Padre Rodrigo ─dijo Sor Consuelo─. Esperaba mi toque.

En unos instantes, cientos de vecinos de Albera rodearon el pequeño local, atraídos por el alarmante sonido de las campanas que indicaba peligro. Y se dieron cuenta de que Lince y Carla estaban desmontando su chiringuito para huir de inmediato con todos sus fondos, dejándoles de bruces con la gran estafa y sin un euro. Tanto se enfurecieron los vecinos que, en gritona algarada, quisieron agredir y hasta linchar a Lince y a Carla para darles su merecido por los pocos escrúpulos y la escasa consideración que habían tenido con esas buenas gentes.

Sor Consuelo les salvó, colando a Lince y a Carla en la iglesia aneja. Los vecinos airados se quedaron en las puertas, exigiendo las cabezas de los viles estafadores, y no pararon hasta encontrar su dinero empaquetado entre los bultos de los estafadores.

El Padre Rodrigo acudió enseguida y le dijo a Sor Consuelo:

─Estos son, ¿verdad? Dos buenos pájaros. Pero Dios todo lo perdona.

Carla echaba fuego por los ojos, pero Lince se acercó cabizbajo a Sor Consuelo:

─Sáquenos de aquí, hermana, y le aseguro que no volveremos a hacerlo. Gracias a usted he aprendido lo que es la honradez y lo que ocurre cuando no eres honrado.

Texto: Manuel del Pino
Ilustraciones: Julián García

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