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Sor Consuelo: la moneda prodigiosa 

Aquel infausto día de agosto se presentó el empresario Alonso Robles en el “Centro de mayores Duque de la Victoria”, de Albera, donde Sor Consuelo era voluntaria.

─Se acabaron las construcciones. ¡Estoy en la ruina!

Robles era un hombre bien vestido, con la cabeza rapada al cero y aspecto de duro, aunque de cerca menos alto y fornido de lo que parecía.

─¿Y lo que invertimos en sus acciones? ─le dijo Sor Consuelo─ ¡200000 euros!

─Se lo devolveré en cuanto pueda. De momento me es imposible. Carezco de liquidez y me persiguen los acreedores.

Robles volvía de Guinea Ecuatorial. Había instalado allí su compañía inmobiliaria, CONSTRUR S.A., tras el estallido de la burbuja del ladrillo en España, mientras que algunos países africanos seguían ofreciendo algunas posibilidades de crecimiento y negocio.

Nigeria era mucho más grande y desarrollada, pero Guinea seguía manteniendo ciertos lazos con su antigua metrópoli, como el importante detalle del idioma, y era menos peligrosa que otros países como Sierra Leona debido a las guerrillas rebeldes. Además, en Guinea estaban las Hermanas Misioneras Teresianas, y Robles consiguió la licencia para construirles hace años su nuevo Hospital Residencia San José, en Malabo, gracias a que se había comprometido a construir después en España, entre otros, el nuevo “Centro de Mayores Duque de la Victoria”, en Albera, provincia de Sevilla.

La Congregación de las Teresianas tenía presencia en 23 países del mundo, la mayoría de Hispanoamérica y algunos de África. Cuando era más joven, la propia Sor Consuelo fue misionera nueve años, primero en Guinea y luego en Honduras.

─¿Pretende que cerremos el centro de un día para otro? ─dijo Sor Consuelo.

─No hay más remedio. Las deudas de esta maldita crisis me han atrapado. Si sigo construyendo sobre la nada, me meterán en la cárcel.

Las Teresianas adquirieron hace años esos terrenos baldíos en las afueras de Albera, con el edificio de la vieja fábrica, donde acondicionaron el centro de mayores. Pero el Ayuntamiento les dio un ultimátum: los ancianos no podían estar en esas condiciones; o construían una verdadera residencia, o los 175 ancianos abandonados que atendían, procedentes de toda la comarca, se quedarían en la calle.

─Compramos todas esas acciones suyas, con el compromiso de que usted nos construiría cuanto antes el nuevo centro de mayores. ¿No hay solución posible? Al menos, devuélvanos los 200000 euros que invertimos en sus acciones.

─Ni siquiera tengo para gasolina. Por cierto, deben abonarme el desplazamiento.

Fuera verdad o fingido, Robles quería escenificar a la perfección que se acabaron sus prebendas de caridad con los ancianos de Albera.

Sor Consuelo rebuscó en su bolsillo del hábito, de donde parecía que podía sacar cualquier cosa que le hubieran pedido por arte de magia, y le dio unos euros.

Alonso cogió las monedas, le dio las gracias y se marchó.

* * *

Sor Consuelo fue al despacho del inspector Leiva, en la comisaría de Albera, para exponerle la genial idea que se le había ocurrido.

─¿Recuerda la moneda de euro especial que le encargué?

Tras la mesa de su despacho, Jorge Leiva escuchaba atento con los ojos entrecerrados, acostumbrado ya al espíritu inquieto de la monjita teresiana.

─¿La que tuvo ocupado una semana a mi equipo técnico para incorporarle un pequeño sensor de movimiento inalámbrico de largo alcance? ¡Jamás lo olvidaré, madre! Fueron los días más perdidos en todos mis años de servicio.

─Se equivoca, joven. ¡Alégrese, porque va a tener por fin una loable aplicación!

Leiva entrecruzó las manos, dejando que Sor Consuelo le sorprendiese una vez más. La monjita le contó el caso que atravesaba el centro de mayores. El inspector le dijo:

─¿Espera, madre, que ahora viaje a Guinea Ecuatorial?

─¡Nada de eso! Estoy segura de que no habrá que ir tan lejos para hacer el seguimiento del recorrido que hace esa prodigiosa moneda.

Jorge Leiva suspiró resignado.

─¡Está bien, madre! Lo intentaré. Todo sea por los ancianitos.

─Por supuesto. ¿No creerá que iba a dejar que se quedaran en la calle abandonados sin luchar por ellos hasta el final?

─De eso estoy seguro.

* * *

Leiva cogió su manojo de llaves y abrió la taquilla donde guardaba el aparato receptor. Salió a la calle, pues su alcance era solo de 1500 metros. Al encenderlo y comenzar el seguimiento se llevó una buena sorpresa. La moneda no estaba circulando por Guinea ni por Suiza, sino por la misma Albera. Cuando comenzó sus pesquisas, la moneda, y el paquete de dinero al que ahora pertenecía, estaba moviéndose: seguramente en un vehículo utilitario.

El dinero se detuvo en Villa Raquel, una de las más importantes casas de campo de Albera, propiedad de Daniel Burgos, un rico ganadero. Allí estuvo toda la noche. Leiva supuso que en la caja fuerte de don Daniel, porque Alonso Robles le debía ese dinero en préstamo, y quizá por otra parte don Daniel le debía algún favor a Robles, como para asumir ese encargo.

Al día siguiente, la moneda volvió a viajar hasta el pub “Dublín” de Albera, donde quedó unas horas en la caja. El dueño del pub, Carmelo Rivera, era también amo de la nave que fabricaba piscinas y todo tipo de productos en poliéster, en el polígono industrial.

 

Leiva supuso entonces que don Daniel también tenía negocios con don Carmelo. O quizá eran amigos, a la luz de los acontecimientos posteriores. Porque un par de días después, el rastro de la moneda llevó hasta una casa de la calle Castelar, en el centro de Albera, donde vivía Luis Villegas, el director de la oficina principal de TuBanko en la localidad.

Como era de suponer, al cabo de unas jornadas más, la moneda se detuvo en la caja fuerte de las oficinas de TuBanko como depósito. Era evidente que don Luis Villegas estaba acostumbrado a recibir fondos de compadres como Carmelo Rivera.

Leiva no podía detenerlos a todos. Carecía de las pruebas que incriminarían a cada eslabón de la cadena, aunque recibió una importante lección de vida.

Decidió personarse en la oficina de TuBanko, donde le expuso el problema a don Luis Villegas. Parecía un buen profesional de la banca, siempre vestido de traje y de aspecto impecable. Rapaba muy corta su cabeza calva. Empleaba las palabras con tal veracidad y precisión que denotaba la fiabilidad de un experto. Sin embargo, Villegas fue pillado con las manos en la masa y lo sabía. Colaboró para evitar la cárcel. Mostró al inspector un depósito de más de 300000 euros, con Carmelo Rivera como usuario.

Investigando un poco más, Leiva descubrió que Carmelo era sobrino de Alonso Robles, es decir, hijo de un hermano de su mujer, Yolanda Rivera. Era fácil suponer que ese capital pertenecía en realidad a Robles, que recurría a ese sinuoso camino para evitar que las sospechas cayeran sobre él. Luis Villegas le explicó al inspector de policía lo que sabía. El resto de los cabos los ató Leiva por sí solo. Villegas accedió a colaborar con la policía, así el delito se redujo a una falta, que después quedaría en nada y no arruinaría su futuro profesional.

* * *

En cuanto el inspector Leiva la puso al tanto del dinero, gracias a la moneda prodigiosa, Sor consuelo se hizo la encontradiza con Alonso Robles, cuando este salía de mañana de la oficina central de TuBanko en el centro de Albera. Robles llevaba un paquete envuelto en papel de estraza bajo el brazo y sellado con cinta aislante. Ya sabía que la monjita nunca iba a ningún sitio por casualidad.

─¿Otra vez, madre? ¿Qué quiere? Ya le dije que no tengo dinero.

─Solo quería preguntarte algo, por curiosidad. ¿Qué dirías que es la avaricia? ¿Lo consideras un pecado capital?

Como solía ocurrir, ante una pregunta de ese tipo Robles se echó a reír en plena calle, por la ingenuidad de Sor Consuelo, y ante su misma cara.

─Perdone, madre, pero no tengo tiempo para tonterías. He de atender mis asuntos.

─Será un momento nada más. ¿Tú crees en los pecados capitales, como la avaricia?

─Creo que no, hermana. En el siglo XXI todo el mundo procura hacerse rico cuanto antes, y ¿sabe qué le digo?, que hacen bien.

─¿Cómo tú, por ejemplo?

─Bueno, no me considero menos avaricioso que los demás.

─¿Aunque dejes en la calle a 175 ancianos que no tienen a nadie, y a sus cuidadores que confiaron en ti, hasta el punto de que invirtieron 200000 en acciones de tu empresa?

─Mire, hermana, ya le he dicho que no tengo dinero. Se lo puedo repetir cien veces o mil, pero no puedo añadir otra cosa.

─¿Ah, no? ¿Entonces qué llevas ahí?

Sor Consuelo señaló el paquete que Robles disimulaba bajo el brazo. Robles trató de ocultar el paquete aún más. Se puso nervioso. Echó a correr para huir de allí. Pero el inspector Leiva ya le esperaba con sus hombres, poco detrás de Sor Consuelo. Leiva instó a Robles para que le acompañara a la comisaría sin oponer resistencia, para un registro rutinario. Sería su mejor opción, dadas las circunstancias.

En el despacho de Leiva en la comisaría, y delante también de Sor Consuelo, Robles no tuvo más remedio que abrir el paquete. Había más de 100000 euros, en billetes más manejables de 50 y de 100 euros, e incluso bolsas con monedas. Sor Consuelo desparramó las monedas de 1 euro y 2 euros y acercó un pequeño localizador GPS, detector del movimiento. El aro exterior de uno de los euros empezó a brillar y a emitir sonido.

Robles bajó la cabeza avergonzado y dijo:

─Ahora entiendo por fin, madre, gracias a usted, la moraleja de una fábula que leíamos en la escuela de pequeños: “La avaricia rompe el saco”.

Texto: Manuel Del Pino

Ilustraciones: Julián García

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