Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, junio 17, 2019
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Su Palabra es nuestra garantía 

Decir que Dios es garante de su Palabra equivale a afirmar que es leal a todas y cada una de sus promesas. Elige, ama, perdona irrevocablemente, y así todo lo demás, porque no está sujeto a la volubilidad o debilidad del hombre en lo que respecta a sus resoluciones de salvación. Entrañable a este respecto lo que nos dice por medio de Oseas ante la infidelidad de su pueblo santo: no me volveré atrás porque soy Dios, no un hombre: “¿Cómo voy a dejarte, Efraín, cómo voy a entregarte, Israel?… Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas. No daré curso al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios, no hombre…” (Os 11,8-9).

Dios es leal en todo, es como si fuera el único responsable de sus palabras a favor del hombre. Y no es como si fuera, ¡es que lo es! Es entrañable observar cómo no pocas de sus promesas terminan con una especie de juramento: “…porque Yahvé ha hablado”: “Preparará Dios para todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, un convite de buenos vinos… Consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y la cobertura que cubre a todas las gentes; consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahvé las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque Yahvé ha hablado” (Is 25,6-8).

Otro rasgo con el que Dios se da a conocer al hombre es el hecho de que para Él no existen los imposibles que traumatizan nuestra existencia. Imposible, fuera de toda lógica, le parece a Zacarías el anuncio que le hace de que Jerusalén recobrará el esplendor que tenía antes de ser arrasada por Nabucodonosor y echara por tierra su Templo santo. Irrealizable le parece al profeta una promesa así, ya que lo único que ven sus ojos es opresión, destrucción y miseria. De acuerdo, eso es lo que alcanzan a ver los ojos del hombre. Los de Dios alcanzan a ver su obra de salvación. De ahí que mueva al espíritu del profeta a hablar de esta manera: “Así dice Yahvé Sebaot: Si ello parece imposible a los ojos del Resto de este pueblo, en aquellos días, ¿también a mis ojos va a ser imposible? Así dice el Señor nuestro Dios: He aquí que yo salvo a mi pueblo del país del oriente y del país donde se pone el sol: voy a traerlos…” (Za 8,6-8).

Déjame verte, dime quién eres, háblame de ti. He ahí el clamor de la humanidad que llega hasta Dios. Y Dios empezó a hablar de sí mismo: quién es, cómo actúa, su volcarse hacia el hombre. Israel siente el vértigo devorador de conocer más y más a Dios. Cuanto más Él se le da a conocer, tanto más el pueblo se va apropiando de su Misterio, más hambre y sed tiene de Él. Ninguna faceta conocida se convierte en meta de llegada. Cada fin de etapa le abre nuevos horizontes. No hay duda, Israel está “sufriendo” la embriaguez de Dios. Éste es el Israel místico que Dios nos ha querido mostrar.

Israel, como quien siente la apremiante necesidad de respirar, se arroja al vértigo de continuar desnudando el Rostro de Dios de los velos que le cubren. Llega un momento en el que considera tan arduo, y a veces tan inútil, su esfuerzo, se encuentra tan a medio camino entre los deseos que siente y lo que conoce, que le grita: “¡Baja, desciende entre nosotros!” (Is 63,19). Ven con nosotros porque no hay desazón mayor que el conocerte deficientemente, echar mano de la imaginación y el ingenio para que al final nuestras manos solamente recojan lo deforme. Desciende y date a conocer a nuestros pobres corazones y mentes.

Dios escuchó. Si grandes eran los deseos del pueblo por conocerle, mayor eran los suyos por manifestarse y entablar una relación de amor divino-dimensional con todos y cada uno de los seres humanos. Relación de plenitud y de gozo que Él mismo, para hacerse entender, compara a la alegría que siente el esposo cuando se encuentra con su amada (Is 62,5). Como podemos ver, no es que Israel por su naturaleza sea un pueblo de místicos, sino que fue Dios quien hizo místico a su pueblo. Se avino al clamor de su pueblo y se hizo uno con él y con todos nosotros: Emmanuel. Fue a partir de entonces cuando ya, sin mediaciones humanas –su propio pueblo-, nos habló del Padre, de Dios, qué, quién y cómo es.

El Prólogo del Evangelio de Juan es todo él una declaración de las intenciones de Dios: se define a sí mismo como Palabra (Jn 1,1). Ella, la Palabra, es como una partitura con infinidad de notas musicales. Cada una de ellas nos revela quién es Dios; o mejor dicho, en cada una de ellas Dios presenta sus credenciales, la inmensidad de su Misterio, de su Belleza, de su Amor, y sobre todo de su Hogareño corazón. Reparemos en cómo termina Juan el Prólogo: “A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él nos lo ha revelado” (Jn 1,18).

Seguimos de la mano del Evangelio y vemos que Dios responde a todos los Moisés del mundo que quieren saber de Él, diciendo acerca de su Hijo: ¡Escuchadle, escuchadle a Él! (Lc 9,35). Él es el Rostro por el cual suspiraron los ojos de vuestros padres… Él es todo lo que Yo soy. Por su boca os hablo de mí. Escuchadle, Él es mi Palabra.

El Señor Jesús habló sin cesar del Padre a lo largo del Evangelio. Es más, a veces se estremecía de gozo cuando hablaba con Él. Recordemos, por ejemplo: “En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Lc 10,21). ¿A qué pequeños se refería Jesús? A aquellos setenta y dos discípulos que habían vuelto de la misión a la que les había enviado (Lc 10,1-20).

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