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Sucedió en… calle de Santa Clara 

Hay una parroquia en Madrid, de las pocas que ostentan el título de Real Iglesia, dedicada a Santiago y San Juan Bautista, sita en la plaza de Santiago, en el llamado y conocido Barrio de los Austrias; muy cerca de la esquina con la calle de Santa Clara se accede a la antigua cripta, célebre por lo que recordaré brevemente a continuación

Cuando la alegría terrena se vuelve tristeza y el sufrimiento en alegría eterna

En dicha parroquia hay un grupo de unas cuatrocientas personas, en gran parte matrimonios con sus hijos, que viven su fe profundamente desde hace treinta y tantos años. Al frente de ellos, junto con el párroco, hay un equipo de catequistas de adultos, uno de cuyos miembros había fallecido el 25 del pasado mes de marzo. Se llamaba Ramón, padre de cuatro hijos ya mayores y abuelo de varios nietos: se había quedado ciego, con el rostro y un brazo desfigurados, por efectos de una bomba en un infortunado accidente en sus años jóvenes.

En la segunda planta del número 3 de la calle de Santa Clara, en la misma manzana de casas que hacen bloque con esa parroquia, había vivido Mariano José de Larra (conocido también por “Fígaro”, uno de sus pseudónimos), aquel joven periodista, más depresivo que romántico, que a sus 28 años de edad se quitó la vida de un tiro en la sien. Sus descompuestos restos fueron velados al día siguiente, el 14 de febrero de 1837, por la juventud literaria de la época, precisamente en la cripta de esta parroquia. Sucedió en… la calle de Santa Clara.

El 26 de marzo de 2008, este anciano catequista, Ramón, era velado igualmente en la misma cripta. Justamente ese día el Círculo de Bellas Artes había organizado, dentro del marco del Día Mundial del Teatro, la XI edición de “La Noche de Max Estrella”, como homenaje en esta ocasión a un actor, dramaturgo y literato, fallecido a finales del año pasado; entre los actos, hacia las siete y media de la tarde, se visitaba la casa donde se suicidó Larra, como lo recuerda una placa conmemorativa, y se pronunciaría un par de peroratas a cargo de dos ilustres teatreros que recordarían aquel triste acontecimiento que conmocionó la villa y corte. Sucedió en… la calle Santa Clara.

Un ciego con la vida iluminada y una vida sin luz que vuelve ciego

Ocurrió, pues, que a la misma hora —¡oh!, paradojas de la vida— concurrían dos eventos tan contradictorios, con dos multitudes de gentes igualmente tan diversas: una, la de aquellos que conmemoraban el suicidio de un escritor y, otra, la que acudía en muchísimo mayor número a celebrar una eucaristía pascual (porque era precisamente durante la octava de Pascua) movida por el paso de la muerte a la vida de este querido catequista.

Quien conoce los avatares de la vida de Larra, sabe los sinsabores y amargas decepciones que hubo de sufrir, por empeñarse en la conquista de otra mujer casada, después de romper él con la suya, que lo empujaron a aquella depresión que acabó con su vida. Esa misma mañana, al mediodía, había departido amigablemente con Mesonero Romanos y, a la caída de la tarde, después de recibir la visita y últimas calabazas de la persona con quien había iniciado una relación adúltera, entró en picado en la frustración del agujero negro de la muerte. Sucedió en… la calle de Santa Clara.

Quien conoció, sin embargo, a Ramón, tuvo no pocas ocasiones de apreciar que era un hombre que se mantuvo en el callado silencio de quien no desea hacerse notar, tal vez por su ceguera sobrevenida en la flor de la vida: siempre en segunda fila. Quienes hablábamos a veces con él, percibíamos el eco de eso que San Pablo llamaba “la vida escondida en Cristo” y que los castizos reconocemos con la expresión más aguda de “la procesión va por dentro”.

La gente, cuando pasaba a su alrededor —recordaba su esposa que estrenaba públicamente su viudez al empezar aquella Eucaristía—, se compadecía de él: “Pobrecito, está ciego”. “Sí, pobrecito —decía que pensaba él—; pero no por ser ciego, sino por ser un pecador”: su ceguera le había llevado a ver la luz y a reconocer el amor de Dios en su vida, con ojos o sin ellos, por encima de sus pecados; y, si es verdad, que los ciegos tienen un sexto sentido, él tenía ese sentido de más para hablarnos, muy rara vez, de Dios como Luz.

“Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás”

Ramón era otro ciego, como aquellos del Evangelio, que habían descubierto que la luz no es el sol, la luna y las estrellas, luz que él mismo había “visto” y conocido antes de su accidente, sino que la Luz es Dios, Luz increada que nada tiene que ver con la luz o las luces de este mundo. Se cumplía así aquella palabra tajante y desconcertadora, que en él, además, se hacía visible: “He venido a este mundo para un juicio: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos” (Jn 9,39). Ramón tenía la vida iluminada, a diferencia de aquellos que, para huir de la luz, son capaces de quitarse la vida, totalmente ciegos, por dentro y por fuera. Muchos de nosotros nos sentíamos honrados de poder servirle ocasionalmente de lazarillo en algunos pequeños servicios.

Esa luz se hacía presente en la bella vestidura blanca, la túnica de los bautizados que renacen a la nueva Luz, y que envolvía su cuerpo maltratado por la enfermedad que había acabado con sus días, precisamente en una fecha en que la Iglesia conmemora la Anunciación de la Virgen María: el Verbo de Dios se encarnaba hacía dos mil años en el seno de la Virgen Madre, el mismo día en que, ahora, a Ramón el bendito Ángel de la Muerte le anunciaba la entrada en el Reino de la Luz y en él se hacía carne una nueva vida, eterna. Esa túnica blanca la había adquirido superando tantos tropezones que le había procurado su andadura por este mundo, no la ceguera. En su ataúd le acompañaba la palma del martirio, es decir, del testimonio y de la confesión diaria de que Dios había sido el eje cotidiano de su vida. Sucedió en… la calle de Santa Clara.

Mientras el mundo de la farándula evocaba la “proeza” de aquel infeliz que cortó de aquella manera el hilo de su malaventurada vida, en el templo adyacente resonaban las fuertes y serenas voces del ¡Aleluya! pascual, porque Cristo había roto las puertas de la muerte y había adquirido para todos —también para Larra— el rango de Señor de vivos y muertos (nadie canoniza a Ramón ni condena a Larra). En aquel entonces (1837), el rostro de “Fígaro”, totalmente desfigurado, revelaba la tragedia de aquel suicidio, paso de la vida a la muerte sin sentido; ese miércoles de Pascua (26 de marzo de 2008), el rostro desfigurado de Ramón, cubierto con sus gafas oscuras de ciego, veía la luz de Cristo Resucitado, acompañado por un séquito de medio millar de personas que, sin ocultar el dolor de la pérdida de un ser querido, cantaban la victoria de Jesucristo sobre la muerte. Sucedió en… la calle de Santa Clara.

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