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¿También vosotros os habéis dejado embaucar? 
1 de Abril
Por Ramón Domínguez

 

En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían:

«Este es de verdad el profeta».

Otros decían:

«Este es el Mesías».

Pero otros decían:

«¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?».

Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.

Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.

Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron:

«¿Por qué no lo habéis traído?».

Los guardias respondieron:

«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».

Los fariseos les replicaron;

«¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos».

Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:

«¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?».

Ellos le replicaron:

«¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas».

Y se volvieron cada uno a su casa. (Juan 7, 40-53)

Estamos en el marco de la fiesta de las Tiendas, que conmemora la manifestación del Señor en el Sinaí al pueblo de Israel. Jesús ha subido a la fiesta y allí se ha mostrado ante el pueblo. Todos quedan intrigados por la figura de Jesús y tanto pueblo como dirigentes se preguntan sobre su origen. ¿No será éste el Mesías? Pero están desconcertados porque creen saber que proviene de Galilea, ignorantes del verdadero origen de Jesús.

Jesús les hace ver que él tiene una misión que ha de cumplir antes de regresar a aquel que le ha enviado. Los guardias que habían sido mandados a prenderle vuelven con las manos vacías, en parte porque todavía no había llegado su hora, pues antes había de completar su misión, en parte porque quedaron fascinados por sus palabras.

La gente sencilla escucha a Jesús, los jefes y fariseos, por el contrario, están predispuestos contra él, por lo que ninguno ha creído ni ha aceptado su persona, como ellos mismos se lo hacen ver a los guardias.

Se trata de la diferente actitud con la que la gente recibe a Jesús. Los Sinópticos constatan este mismo hecho al decir que mientras los publicanos y prostitutas escuchan a Cristo, los fariseos murmuran de él. La razón de esta aparente contradicción entre la postura de los supuestamente cumplidores de la ley y temerosos de Dios y los que están alejados de Él, tiene su explicación. Los primeros está pagados de sí mismos, cumplen y se consideran justos, por lo que no necesitan de nadie que venga a enseñarles, pues “saben muy bien lo que deben hacer”: Pero están llenos de orgullo que les impide ver la verdad sin apasionamientos y, no contentos con ello, juzgan a los que no cumplen como ellos. Pero con esta actitud incumplen la ley que dicen guardar, pues dice la Palabra: “No juzgarás”. Los segundos, por el contrario, saben que son pecadores y que no tienen justificación para sus obras, por ello, acogen esperanzados las palabras de misericordia que brotan de los labios de Jesús. Unos, creyéndose sin pecados, no necesitan la misericordia ni aceptan la salvación, por lo que, rechazando el remedio que se les ofrecen permanecen en sus pecados. Otros, conscientes de su miseria, se beben las palabras de misericordia de Jesús, por lo que sus pecados quedan perdonados.

Son muy pocos entre los fariseos, los que de buena fe, como Nicodemo, quedan interrogados por la persona de Jesús y, aunque a tientas y de noche, le buscan y van a visitarlo. Nicodemo empieza a creer en Jesús, aunque su fe no es todavía plena. De momento se muestra receloso y mantiene sus reservas. Cuando llegue el momento de la prueba, paradójicamente, se mostrará abiertamente como discípulo de Jesús. Entonces, llegará a su plenitud la fe en Nicodemo, una vez haya confesado públicamente a Cristo, pues la fe no es tal hasta que es confesada.

En estos tiempos de prueba, cuando la manifestación pública de la fe en Cristo no goza de buena reputación, es el momento de confesar a Cristo con entera claridad, pues Él y sólo Él da al hombre su razón de ser y es la salvación del mundo. Son en estos momentos de oscuridad, cuando tantos reniegan de su Señor, cuando con mayor decisión estamos llamados a mostrar la luz de Cristo, y cuando la mentira se enseñorea de los hombres hemos de proclamar con mayor rotundidad la Verdad que nos hace libres.

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