Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, marzo 24, 2019
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Te basta mi gracia 

“Te basta mi gracia”, dijo Jesús a Pablo cuando un sinnúmero de tribulaciones, pruebas y sufrimientos a causa de su misión se abatían sobre todo su ser, dejándole al filo del desmayo. No fueron pocas las veces que el apóstol se sintió al límite de sus fuerzas o, como diría el salmista, “a punto de resbalar” (Sal 38,18). Tantas otras veces el Señor le habló, lo confortó y, sobre todo, lo levantó de sus tristezas y debilidades.

Partimos de la confesión de su llamada, la misión recibida para anunciar el Evangelio a los gentiles y que le llevó a romper todas sus fronteras, no solo las geográficas sino también las culturales y étnicas; ninguna frontera fue lo suficientemente inexpugnable como para frenar su impulso misionero. “…Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase a los gentiles… me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco…” (Ga 1,15-17).

El apóstol testifica que Dios se fijó en él y le llamó por su gracia. Pablo ha hallado gracia a los ojos de Dios. Esta no es un don estático: lleva consigo la revelación progresiva del misterio del Hijo de Dios. El verbo revelar, en su más genuino sentido, apunta a un manifestar, hacer partícipe a otro, desvelar, un secreto. Por lo tanto, es Dios quien se revela, es decir, quien manifiesta, hace partícipe o desvela a alguien su secreto: ¡su Misterio! En realidad estamos hablando de Dios-Palabra que se confidencia con los suyos abriendo sus oídos interiores, sembrando en sus corazones su Sabiduría, a fin de que puedan anunciar, como pastores que son, “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1Co 2,9).

Juan, en el Prólogo de su Evangelio, nos dice que el Hijo de Dios es la plenitud de la gracia y la verdad (Jn 1,14b). Plenitud que se vierte en nosotros “gracia tras gracia” (Jn 1,16); así es como Pablo fue creciendo como discípulo y como apóstol. “Por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí” (1Co 15,10a).

fuertes en el Señor

 

Esta vivencia de Pablo no es una excepción, sino lo realmente normal en todo discípulo del Señor Jesús. La relación entre gracia y misión-pastoreo en Pablo no fue, en absoluto, algo teórico. Lo suyo fue una relación vital, a veces trágicamente existencial, y que llegó a adquirir tintes dramáticos. Algo que, por otra parte, no nos tiene que extrañar en absoluto: la gracia implica al mismo Dios; le implica llevándole a sostener a sus pastores, fortaleciéndoles, consolándoles y amándoles, ya que no hay pastor ni apóstol sin persecución y odio por parte del mundo.

Numerosos son los pasajes en que el apóstol nos hace confidentes de sus sufrimientos a causa del Evangelio que anuncia. Sufrimientos, humillaciones, penalidades de todo tipo, son barreras que se interponen en su actividad misionera. Sin embargo, nuestro amigo puede con todo, evidentemente, no por sí mismo sino fortalecido por su Señor: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13). Entre tantas penalidades que acompañan su anuncio evangélico, nos detenemos en un pasaje; en él nos da la impresión de que el apóstol está al límite de sus fuerzas. Sus gemidos al Señor nos estremecen. El hombre, altivo cuando actuaba como doctor —en realidad esclavo— de la Ley, se nos muestra ahora extremadamente vulnerable, necesitado de fuerza y de cariño; está como hundido, se siente abofeteado por Satanás que es quien mueve a sus perseguidores: “… para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría” (2Co 12,7).

Pablo utiliza el término abofetear con la connotación humillante que tenía, tiene y tendrá siempre. Un hombre abofeteado, sobre todo si es en público, es alguien que queda de por vida estigmatizado ante la sociedad y, sobre todo, ante los más cercanos: familia, hijos, amigos, vecinos, etc. Un hombre así abofeteado ya ni es persona, ha sido despojado de su dignidad; en realidad ha llegado a ser lo que se dice un don nadie. A esto quedó reducido el Hijo de Dios inmediatamente después de ser condenado a muerte por el Sanedrín; fue objeto de burlas sin cuento y reiteradamente abofeteado: “Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y otros a golpearle, diciendo: Adivina, Cristo. ¿Quién es el que te ha pegado?” (Mt 26,67-68).

Así es como se siente Pablo: abofeteado por unos y por otros en público y en privado, por gentiles, por los judíos —su propio pueblo con todo lo que esto significa— y hasta, como él mismo señala, por falsos hermanos. Él, que lo ha sido todo en Jerusalén, se ve reducido a la más absoluta indignidad, como si fuera un apestado. No nos parece que inventemos nada si dijéramos que más de una vez tendría la tentación de abandonar la misión, de renunciar a ser la voz que hace resonar la Palabra, en definitiva, renunciar a ser pastor según el corazón de su Maestro y Señor. Solo que, ¿cómo intentar apagar la Voz? Porque esa es la cuestión: que no era su voz sino la del Hijo de Dios la que resonaba atravesando fronteras en búsqueda de hombres que quieran volver a la vida: “En verdad, en verdad digo: llega la hora, ya estamos en ella, en que los muertos oirán la voz de Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán” (Jn 5,25).

Además, en el caso más que improbable de que renunciase al anuncio del Evangelio, ¿qué haría con su corazón y su alma, tan irresistiblemente atraídos y enamorados de Jesús, el que le amó hasta el extremo, hasta el punto de entregar su vida por él? “…y no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a así mismo por mí” (Ga 2,20).

te presento mi súplica

 

Pablo se encuentra entre la espada y la pared. Por una parte, está al límite de sus fuerzas; y por la otra, no puede dejar de anunciar lo que a él mismo le da la vida. Está en la misma situación en la que su propio pueblo se encontró al salir de Egipto: con el ejército del faraón a sus espaldas, y por delante el mar Rojo cerrándole el paso (Ex 14). Bien sabe que, así como la salida que se le abrió a Israel fue obra de Dios, el mismo Dios se la abrirá a él. A Él, pues, recurre como única posibilidad de mantener la fidelidad a su llamada. “Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase —el Satanás que le abofeteaba— de mí. Pero él me dijo: Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo” (2Co 12,8-9).

En la cultura de Israel tres es un número simbólico que indica pluralidad. No se está, pues, refiriendo a tres ocasiones concretas, sino a unas súplicas constantes y habituales, como habitual y constante es también la respuesta de Dios. Pablo recurre, ora, gime, suplica al Señor, por quien está recibiendo en las mejillas de su alma las bofetadas ininterrumpidas del odio del mundo. Jesús, su Señor y Maestro, le oye —de hecho había profetizado este odio— (Jn 15,18-19); recoge en su espíritu su dolor y consuela su corazón asegurándole: “¡Te basta mi gracia!”. La misma que hice descender sobre ti y con la que te envié a los gentiles para que, con tu predicación, les abrieses los ojos y se convirtieran de las tinieblas a la luz (Hch 26,1-18). La misma gracia que se hizo voz y te dijo: “No tengas miedo, sigue hablando, no te calles, porque yo estoy contigo” (Hch 18,9). Así, con estas palabras, le confortó Jesús cuando los judíos de Corinto quisieron obstaculizar su anuncio del Evangelio.

Así fue cómo Pablo fue comprendiendo que su fe y su amor solo podían crecer bajo la gracia. Gracia que se hace más patente y fuerte cuanto más las fuerzas del mal se confabulan contra él y, por supuesto, contra su misión. Tanto y tan bien lo entendió que nos dejó este legado de incalculable valor para todo aquel que haya sido o sea llamado al pastoreo: “Por eso me complazco en mis debilidades, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Co 12,10).

Antonio Pavía

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