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EL SEGUIMIENTO 
30 de Junio
Por Antonio Segoviano

Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él.
Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?».
Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo: «Sígueme».
El respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios» (San Lucas 9, 51-59).

COMENTARIO

En este domingo, el Evangelio nos presenta un tema central del cristianismo: el seguimiento de Jesús. Algo que nos atañe a todos, porque ser cristiano no es, simplemente, estar bautizado, ni practicar determinados ritos religiosos, ni siquiera tener, en la vida, una cierta moral. Ser cristiano es, básicamente, seguir las huellas de Jesús en el día a día: andar por donde El anduvo, avanzar por la vida mirándole a El, teniendo como única referencia sus criterios y sus actitudes. Así lo hicieron los apóstoles, a pesar de todas sus debilidades y miserias.

Este seguimiento no se parece en nada al de un líder político o religioso al uso. Menos aún al de un ídolo de masas, sea un artista, un cantante o un astro deportivo: al final todo ello es alienación y deja un gran vacío en el interior.

 El seguimiento de Jesús se distingue de cualquier otro por ciertas características, que quedan bien reflejadas en el texto que hoy comentamos.

-En primer lugar: seguir a Jesús implica aceptar el rechazo del mundo. En este Evangelio vemos cómo Jesús es rechazado en un pueblo de Samaria, por ir a Jerusalem, y El tiene que asumirlo. Será rechazado cantidad de veces, por motivos varios. El seguidor de Jesús será igualmente rechazado, pues no es el discípulo más que su maestro.

-Segundo: nadie puede seguir a Jesús por propia iniciativa. Pues Jesús camina hacia la cruz, es alguien que va perdiendo la vida día a día, sin éxito, sin buscar objetivos personales, haciendo siempre la voluntad de Otro. Seguir sus pasos sólo puede hacerlo quien sea llamado por El. En esa llamada se capta un amor personal, gratuito e incondicional, que es el único motivo por el que se puede, y se debe, arriesgar la vida.

-Tercero: la llamada de Jesús a seguirle tiene prioridad sobre cualquier otro deber u obligación. Nos introduce en una vida nueva, que es participar de la suya, y así nos libera de todo compromiso anterior. ¿Qué deber más sagrado que ir a enterrar al padre, que acaba de morir? Pues la llamada de Jesús prevalece también sobre éste.

-Y cuarto: el seguimiento de Jesús sólo puede ser incondicional. Supone una ruptura con el pasado, un partir de cero. Quien quiera poner condiciones previas, no ha roto aún con su vida anterior. Es una llamada a la libertad total, y la respuesta ha de darse desde la libertad.

Las condiciones son, sin duda, exigentes. Pero quien se ha encontrado con Cristo, y escuchado su llamada, se ha sentido, en lo más íntimo, tocado por su amor; y encuentra en esa llamada la fuerza suficiente para seguirle.

¿O es que hay alguien que no desee en su corazón esa entrega, esa donación de sí mismo, sin límites, a fondo perdido, que ofrece Jesús?

Quien lo ha encontrado, ha hallado la perla preciosa, el tesoro escondido, por el cual vale la pena dejarlo todo. Porque la vida tiene ya un sólo sentido: caminar tras El, mirándole a El, para encontrarse cada día con su amor.

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