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Teresa de Calcuta – El día de la inspiración 

La llamada dentro de la llamada

Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, lo que permitió a la comunidad de la Madre Teresa regresar al convento de Entally, se produjo en Calcuta el estallido de la violencia entre hindúes y musulmanes. El 16 de agosto de 1946, llamado “Día de la Acción Directa” por la Liga Musulmana, las calles de la ciudad se convirtieron en escenario de un dantesco baño de sangre que se saldó con cinco mil muertos y quince mil heridos.

Aquel episodio, antecedente de la división e independencia de la India —por la que Mahatma Gandhi había iniciado en la década de los treinta su movimiento de no violencia— será presenciado en primera línea por la Madre Teresa, quien en busca de alimentos para sus alumnas hambrientas, se lanzó a la calle; en sus propias palabras “Vi los cuerpos en las calles, apuñalados, golpeados, yaciendo en su sangre seca.” Las duras experiencias vividas llevaron a la joven religiosa al agotamiento. Ante el temor de que pudiera enfermar de tuberculosis, se le impuso descanso, lo cual constituyó para ella un auténtico sacrificio.

Además, y con el objetivo de alejarla de su duro entorno, fue enviada a Darjeeling, en la montaña, a fin de pasar allí unos días de retiro que le permitieran la recuperación física y la renovación espiritual. La mañana del 10 de septiembre de 1946, la Madre Teresa partió de la estación de Howrah, en Calcuta, para dirigirse a Siliguri, donde habría de tomar otro tren rumbo a Darjeeling. Sin embargo, aquel segundo tren, llamado “de juguete” por sus pequeñas dimensiones, la conduciría, de manera insospechada, a un destino mucho más profundo y trascendente que el esperado.

Lo que sucedió en aquel viaje realmente no lo conocemos aún hoy con el detalle que desearíamos, pero sí podemos decir, observando la vida de Madre Teresa, que quien tomó aquel tren no fue la misma persona que lo abandonó. Tras vivir el hecho que dominaría el resto de su existencia, el alma de Madre Teresa fue indeleblemente transformada. Aquel día, en aquel tren, comenzaría esa obra mundial de amor llamada Misioneras de la Caridad. Pero ¿qué fue lo que sucedió?, ¿cuál fue la experiencia cumbre de la vida de esta santa?

Nuestra curiosidad no podrá ser nunca plenamente satisfecha por dos motivos. El primero, la inefabilidad de la experiencia. No hay palabras capaces de describir a Dios y lo que Teresa vivió en aquel tren fue un encuentro profundo y único con Dios. El segundo, su deseo de proteger su más preciado tesoro con el silencio y, como hiciera María, guardarlo en su corazón.

Únicamente al final de su vida, conmovida por una carta cuaresmal escrita por Juan Pablo II acerca de la sed de Jesús, se siente llevada a hablar de forma más explícita sobre su vivencia del 10 de septiembre, día al que ella siempre se refirió como “de la Inspiración.” Así, eligiendo la fecha del 25 de marzo de 1993, festividad de la Anunciación, la Madre Teresa escribe la llamada “Carta de Varanasi” donde, desde esta ciudad a orillas del Ganges, revela la buena nueva que, muchos años antes, en aquel tren, le fuera anunciada. La carta comienza así:

 “Mis queridísimos hijos:

Jesús quiere que os diga una vez más cuánto es el amor que Él tiene para cada uno de vosotros —más allá de todo lo que podáis imaginar— (…). No solo os ama; aún más, Él os anhela. Él tiene sed de vosotros.”

Y continúa diciendo:

 “Hasta que no sepáis profundamente en vuestro interior que Jesús tiene sed de vosotros, no podéis empezar a saber quién quiere ser Él para vosotros. O quién quiere que seáis vosotros para Él.”

Aquella mañana del 10 de septiembre de 1946, en algún punto de su viaje, Teresa fue visitada. Sorprendida por una inmensa cantidad de Luz y Amor que anegaron su alma y su corazón recibe una gracia de la que, en su humildad, se siente inmerecedora. E inmersa en esa Luz y en ese Amor, le es revelado el significado más profundo de las palabras de Cristo en la cruz: “Tengo sed”. Dos palabras que resumirán desde ese instante su vida y que concentran el carisma de las Misioneras de la Caridad.

“Tengo sed”, las palabras que Jesús pronuncia en un momento de dolor infinito. Ha sido humillado, golpeado, crucificado en la más absoluta injusticia tras ser abandonado; “traspasado por nuestras iniquidades y triturado por nuestros pecados” (Is 53,5), según anunció el profeta.

Y en la cruz suplica: “Tengo sed”

Su sed es reflejo, no de su necesidad literal de agua, sino de su profundo anhelo por nuestro amor. Amar nos hace vulnerables ante aquellos a quienes amamos. Él nos ha amado hasta el extremo, hasta entregar Su vida por nosotros — “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13)—; y, en la misma medida, necesita nuestro amor. Esta revelación nos sitúa ante un abismo, ante un insondable y maravilloso misterio anclado en la dimensión más humana de Dios. El ser humano experimenta la necesidad de amor de aquellos a quienes ama y Dios hecho hombre clama por nuestro amor. O, como San Agustín escribió, Deus sitit sitiri (“Dios tiene sed de que tengamos sed de Él”).

Y este es el hondo significado de estas dos palabras que, invariablemente, podemos encontrar escritas en multitud de idiomas junto a la cruz de todas las capillas de las Misioneras de la Caridad.

Pero la Madre Teresa también se referirá al 10 de septiembre como el día en que recibió “la llamada dentro de la llamada” pues, en aquel tren, Dios le pide que abandone su convento y entregue su vida a los más pobres de entre los pobres. Pero ¿cuál es el vínculo de unión entre las dos palabras que conformarían la nueva vocación de la Madre Teresa y el servicio a los más pobres?

La respuesta a esta pregunta la encontramos en el capítulo veinticinco del Evangelio de San Mateo: “Entonces dirá el Rey a los que están a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregriné y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis (…). Y le responderán los justos: Señor, ¿cuándo (…)? Y el Rey les dirá: “ En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos, a mí me lo hicisteis.”

Así, la Madre Teresa junto a sus Misioneras de la Caridad dedicarán sus vidas a saciar la sed de amor de Cristo a través de su reconocimiento en los más pobres de entre los pobres. Es Dios mismo quien le pide que lleve su luz y su amor a los oscuros agujeros de los más necesitados.

Por ello, a partir de ese instante, el deseo de Teresa será, más que nunca, transformarse en un reflejo fiel del Señor para que todos y, en especial los desheredados, puedan —como expresaría con sus palabras­— “mirar y ya no verla a ella”, sino a Jesús en ella.

Y es verdad que la miseria en Calcuta es tan evidente que encontrar a los pobres es tarea sencilla; pero será años más tarde, cuando la Madre Teresa viaje a los países ricos, cuando descubra la que para ella constituye la peor de las pobrezas, la afectiva, la de las personas olvidadas, la de aquellos que no son nada para nadie.

Ella misma explicará: “La pobreza no solo consiste en tener hambre de pan, sino que más bien es un hambre tremenda de dignidad humana. Necesitamos amar y ser alguien para otra persona.” Por ello, para dar respuesta a la llamada de Dios, Teresa abrirá casas por todo el mundo, también en Estados Unidos, también en Europa.

Ciertamente, si miramos nuestro corazón a la luz de la humildad, todos podemos reconocer en él muchas pobrezas: la del orgullo, la de la envidia, la del egoísmo, la de la soberbia… Por ello, la misión de la Madre Teresa es universal. Cuando aquel día, en el tren, Dios le pide que lleve su luz y su amor a los más pobres de entre los pobres, está pensando, en algún momento, en todos y cada uno de nosotros. Aquel día, en aquel tren, en la mente de Dios estábamos todos. Por eso, la Madre Teresa creará una orden en la que todos tenemos un lugar.

Y este es, en esencia, el mensaje que le es anunciado el “Día de la Inspiración” y que ella guardará celosamente en su interior durante tantos años. Explicará así su decisión: “La llamada de Dios para ser Misionera de la Caridad es, para mí, como un tesoro escondido que, para poder comprarlo, lo vendí todo. Recuerde lo que dice el Evangelio sobre lo que hizo el hombre cuando encontró el tesoro escondido: lo escondió. Eso es lo que yo quiero hacer por Dios.”

Durante los meses siguientes a su experiencia en el tren, Dios permanecerá en íntima unión con Teresa, quien, a través de las locuciones y visiones que emergen de su oración, comprende de manera inequívoca el anhelo de Dios por llegar a través de ella a los pobres y la forma en que ella debería acercarlo: a través de una nueva congregación de religiosas indias revestidas con la pobreza y la caridad de la cruz.

Los temores se agolpan en el alma de Teresa que se siente débil, indigna y pecadora; pero que, consciente de su promesa de “no negarle nunca nada a Él”, acepta finalmente la voluntad de Dios. Su respuesta será firme: “Sabes, Jesús, estoy lista para ir en cualquier momento.”

Victoria Escudero

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