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Teresa de Calcuta. Los años de Loreto (II) 

Servir al mundo pero sin ser del mundo. Este fue el deseo de Mary Ward, fundadora de la Orden de Loreto, para su congregación. Y reflejo del mismo son los altos muros que delimitan el complejo de Loreto Entally en Calcuta y que expresan físicamente el espíritu de la regla de San Ignacio de Loyola, adoptada por la congregación y resumida en el preámbulo con que se abren las Constituciones de la Orden: “Todas se esfuercen en tener presente constantemente el ejemplo de Cristo y en copiarlo lo mejor que sean capaces, y por consiguiente han de aborrecer del todo y no en parte cuanto el mundo ama y abraza, y admitir y desear con todas las fuerzas posibles cuanto Cristo nuestro Señor ha amado y abrazado…”

Y en esta misma dirección se orientaba la educación de las alumnas de Loreto, cuya formación intelectual se realizaba de forma paralela a una exigente formación espiritual. En palabras de una de sus alumnas: “La Madre Teresa no era solo nuestra maestra, sino que nos conducía constantemente a Cristo”.

El complejo Entally, al que la entonces Hermana Teresa había sido destinada, estaba realmente integrado por dos colegios diferentes: el St. Mary’s y el Loreto Entally. Al primero acudían las hijas de las familias más adineradas de Calcuta, bengalíes o angloindias, cuyas aportaciones económicas permitían sostener no solo este centro sino también el de Loreto Entally, dedicado a la formación de niñas pobres.

La vocación de las monjas de Loreto se centró siempre en abordar el problema de la pobreza desde la educación; sin embargo, para erradicar esta lacra no solo es necesario educar y formar a las clases más desfavorecidas, sino también a las ricas, en las que hay que crear una conciencia solidaria que permita descubrir en el otro no a un rival sino a un hermano.

Además de los dos colegios, en el complejo se encontraba el convento de las Hermanas, un colegio universitario y otro centro en el que se desarrollaban distintas actividades asistenciales. Y dentro de él, la Hermana Teresa fue asignada al colegio de St. Mary’s donde impartía a sus alumnas clases de geografía y catecismo en bengalí.

Como alguien advirtió, un profesor trabaja para la eternidad, pues nadie puede predecir dónde acabará su influencia. Y así sucedía sobremanera con la Hermana Teresa. Debido a su gran talento pedagógico y al magnífico ejemplo que ofrecía a sus alumnas dejó una profunda y, en algunos casos, decisiva huella sobre sus vidas. “En Loreto estuve dedicada a la enseñanza y la enseñanza es lo que más me gusta”, dijo en varias ocasiones.

No solo sus alumnas, también sus hermanas la admiraban: “Creo que Jesús ama mucho a la Hermana Teresa. Observo que cada día ella trata de agradar a Jesús en todo. Es muy exigente consigo misma. Es muy humilde. Creo que Dios la eligió para grandes cosas. Sus obras son absolutamente simples, pero la perfección con que las hace es exactamente lo que Jesús nos pide”.

Durante las vacaciones escolares, Teresa colabora en un dispensario regido por las Hermanas de Loreto y allí acerca a Jesús a los desconsolados y afligidos: “Mi corazón late de gozo: se me permite imitarlo, mi buen Jesús… Reconforto y curo; digo algunas palabras sobre el mejor Amigo de las almas”. En 1935 es asignada además a la escuela primaria St. Teresa en Lower Circular Road.

María, Madre del sí, tu ejemplo me admira

El 24 de mayo de 1937, coincidiendo con la festividad de María Auxiliadora, la Hermana Teresa profesa sus votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia durante una misa oficiada por el arzobispo de Calcuta, el jesuita belga Ferdinand Perier, que tan decisivo papel desempeñaría en el cambio de rumbo que la vida de la joven monja experimentaría en años posteriores. Y es que el deseo de Teresa de entregarse al Señor es infinito. “La medida del amor es amar sin medida”, escribió San Agustín, y en ella este anhelo es profundo, inagotable y esencial, pues forma parte de su ser. En sus propias palabras: “Quiero ser toda para Jesús, verdaderamente y no solo de nombre y vestido… Daría todo, incluso la vida misma por Él.”

Su inquietud la lleva a dar un paso más. En 1942 hace un voto personal: “Bajo pena de pecado mortal, no negarle a Él nada”. Y este hecho, ausente en las biografías sobre Teresa de Calcuta es quizá el más crucial de toda su vida. No sabemos cómo sucedió pero sí sabemos que no era la primera vez que algo así tenía lugar. Muchos años antes, una joven hebrea de nombre María había profesado el mismo voto. Ella lo hizo con otras palabras: “He aquí la esclava del Señor”; otras palabras que significaban exactamente lo mismo que las de Teresa y que María pronunció tras conocer la voluntad de Dios que le era revelada por un ángel. No negarle a Él nada significaba para Teresa reconocerse Su esclava. Pero cuando ella decide entregarse así, sin condición ni medida, no conoce aún lo que el Señor le pedirá. María acepta la voluntad de Dios a la luz de las palabras del ángel. Teresa entrega su voluntad en la oscuridad. Y las dos dicen: “Hágase en mí”.

Seguramente nada conmueva más a Dios que esta ofrenda infinita e incondicional que convierte a los hombres en santos. Pues, invariablemente, sucede que Dios conduce a quien la realiza a la santidad, que lo eleva a lo más alto, que lo alza sobre sí mismo para encumbrarlo de forma también infinita. Y así, este voto de Teresa será la piedra sobre la que Dios construya su gran obra en ella.

Él toma su palabra y la guarda. Acepta su cheque en blanco. Recoge su deseo declarado de santidad. Y unos años después, exactamente el 10 de septiembre de 1946, le revelará su voluntad. El “sí” ya está dado. La vida ya está entregada. Confiar y esperar. Eso es todo lo que queda.

dar hasta que duela y cuando duela dar todavía más

Falta mucho tiempo aún para ser mundialmente conocida, para extender su obra por medio mundo, para recibir el Premio Nobel; y, sin embargo, aquel día lo hizo todo. Aceptó el designio de Dios antes de serle revelado para convertirse en un reflejo de Él. Aquel día Agnes desapareció definitivamente.

Hasta ese momento el sacrificio había sido inmenso: había dejado su tierra natal, sus raíces, sus hermanos, sus amigos. Había afrontado la separación definitiva de su madre. A través de sus votos, había renunciado a las posesiones materiales, a su voluntad y a los apegos humanos. Pero todo esto no era aún suficiente para Teresa, quien deseaba entregarse, fundirse con el Señor hasta renunciar a lo más hondo de sí.

Alguien que vive en tan estrecha comunión con Dios debe irradiar Su luz de forma incomparable. Su sola presencia debe ser un regalo para quien la recibe. Por ello, no es difícil imaginar el enorme cariño que la Madre Teresa despertaba tanto entre sus alumnas como entre sus compañeras. En 1944 fue nombrada directora de la escuela St. Mary’s. Tras el nombramiento escribe a su madre para compartir con ella su alegría: “Esta es una nueva vida. Nuestro centro es maravilloso. Soy maestra y me gusta mi trabajo. También soy directora de la escuela y todo el mundo me quiere”

La respuesta de Drana la devuelve a las enseñanzas primeras que recibió en casa: “Querida hija, no olvides que fuiste a la India para ocuparte de los pobres”. Y si en algún lugar la pobreza extendía sus devastadoras garras con especial ensañamiento era en la India. La compleja situación política de este país, sometido a dominación y explotación extranjera, le lleva a participar en contra de su voluntad en la segunda guerra mundial (1939-1945) como parte integrante del Imperio Británico. Queda así convertido en escenario de encarnizados enfrentamientos como los que tuvieron lugar, justamente, en Bengala contra el ejército japonés.

En 1942 la escuela St. Mary’s es requisada por el ejército británico y transformada en hospital militar. Las alumnas del centro fueron acogidas temporalmente en la localidad de Morapai. Los desastres de la guerra no hicieron sino agravar la situación económica de una región ya duramente castigada por la miseria. En 1943 la denominada hambruna bengalí causó la muerte de, al menos, dos millones de personas. Y cientos de miles se trasladaron a Calcuta en busca de alimento y refugio. Numerosos “niños de guerra” fueron abandonados a las puertas del convento de Loreto Entally. Las imágenes más crueles se sucedieron en las calles de una ciudad convertida en infierno: madres llorando desconsoladas al contemplar la muerte de sus pequeños por inanición, los heridos en busca de asistencia, la indefensión del ser humano ante la guerra.

La Madre Teresa, testigo doliente de toda esta terrible realidad, siente en su interior un incontenible deseo de dar más. Es el desasosiego de quien, abrumada por la desesperación que la rodea, necesita unirse de forma absoluta con el que sufre en quien, una y otra vez, reconoce el rostro de Cristo, Aquel a quien ya se ha entregado. Su inquietud, desconocida por sus hermanas de Loreto, irá arraigándose de manera fuerte e irreversible en su alma. Dios la está preparando para revelarle su voluntad. Pero eso sucederá el 10 de septiembre de 1946, el llamado “Día de la Inspiración”.

Victoria Escudero
Voluntaria de las Misioneras de la Caridad

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