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Teresa de Calcuta, madre de los pobres. Infancia y primera vocación 

Buenanueva inicia desde este número una nueva sección de la mano de una voluntaria de las Misioneras de la Caridad, sobre la emocionante vida y obra de la beata Teresa de Calcuta, para quien el amor a Cristo en los más pobres de los pobres se convirtió en su fuerza motriz.

Teresa de Calcuta es la inmensa y maravillosa obra que Dios realizó en Agnes Gonxha Bojaxhiu a través de la entrega silenciosa que ella hizo de su voluntad, su vida y todo su ser en manos del Padre. Envuelta en la más alta confianza, fue a lo largo de su camino despojándose de sí misma, hasta diluirse de forma absoluta en la inmensidad de Dios. Como todos los santos, Teresa de Calcuta emerge cuando la última esencia de Agnes desaparece. Solo entonces se transforma en el más fiel reflejo de Dios.

“Cuando uno lee una carta, no piensa en la pluma que la ha escrito; lo único que quiere saber es cómo es la persona que la ha escrito. Esto es lo que soy exactamente en manos de Dios, solo un lápiz insignificante”. Así se definía Teresa de Calcuta, quien solo permitía escribir sobre ella “para gloria de Dios”; quien solo deseaba reconocer su nombre en relatos acerca del espíritu y la alegría de amar a Jesús, o sobre la vida profunda del que reza, el único capaz de hacer posible este amor.

Por tanto, es Agnes Gonxha la semilla que dará lugar a la santa. Nace el 26 de agosto de 1910 en Skopje, entonces capital de Kosovo, provincia del Imperio Otomano, siendo bautizada al día siguiente en la Iglesia del Sagrado Corazón de la ciudad. Sin embargo, ella dirá: “De sangre y origen soy todo albanesa”, y es que, como algunas otras familias de Skopje, la de Agnes era originaria de esta región. Sus padres, Nikola y Dranafile Bojaxhiu, eran ambos albaneses.

Nikola y Drana tuvieron cinco hijos: en 1903 nació Ágatha (Aga), en 1908 Lazar y en 1910 Agnes. Otros dos niños murieron en la infancia. “La mía fue una familia feliz. Tenía un hermano y una hermana, pero no me gusta hablar de esto. Ahora ya no importa. Lo importante es seguir el camino de Dios y su manera de impulsarnos a hacer algo hermoso para él”. Así se fueron desdibujando, en la memoria de la santa, sus primeros recuerdos, aquellos que conforman los pilares de nuestra identidad y que, como todo lo suyo, ofrece a Dios para fundirse con Él.

Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno

Sin embargo, es inevitable la curiosidad por conocer la infancia de aquella pequeña que ya, desde muy niña, descubre el dolor de la muerte y el Amor más absoluto. Ella misma recordará siempre los diferentes caracteres de sus padres y, a pesar de todo, su profundo amor: “Mi padre tenía un temperamento explosivo; a veces decía algunas palabras fuertes a mi madre. Podían disentir, pero regresaban juntos como si nada hubiera sucedido, día tras día. Siempre tuvieron ese amor tierno como si se encontraran por primera vez”.

Su padre, Nikola, muy disciplinado y exigente con sus hijos, era un exitoso comerciante con gran talento para los idiomas y la música. Hablaba albanés, serbocroata, turco, italiano y francés. La música, en sus diferentes facetas, interpretación, canto e incluso composición, siempre ocupó un destacado lugar en su casa. Propietario inmobiliario, creó una empresa junto a un rico socio italiano y ocupó un cargo en el ayuntamiento de Skopje, de cuya vida cívica se convertiría en una notable personalidad.

Pero su gran pasión fue la política y esta llegaría a costarle la vida. Entregado a la causa nacional de Albania, cuya independencia celebraría con euforia y entusiasmo en 1912, ofreció apoyo económico y hospitalidad a los principales líderes políticos del momento, cuyas reuniones compartía. Y es tras una de estas reuniones, celebrada en Belgrado con el fin de conseguir la anexión de Kosovo al territorio albanés, cuando la muerte le sorprende. Tras declarársele un súbito e irreversible cuadro hemorrágico debido al envenenamiento perpetrado por un opositor político, Nikola muere en 1919 a la edad de cuarenta y cinco años.

Agnes tiene entonces ocho años, tierna edad para conocer en toda su intensidad el desgarrador zarpazo de la separación definitiva. La inesperada muerte de Nikola significó un drástico vuelco no solo en la dimensión afectiva de la familia Bojaxhiu, sino también en la económica, pues la empresa familiar quedará íntegramente en manos del socio italiano.

el amor empieza en casa

Drana, su madre, completamente sola, tendrá que afrontar el cuidado de Aga, Lazar y Agnes. Mujer amorosa y firme, de profunda fe, exaltará al máximo sus capacidades de sacrificio y entrega a los más necesitados para, desde el ejemplo, inculcar a sus hijos los valores más altos. En su dolor, Drana queda sustentada por Dios y desde Él, y en una situación de austeridad y humildad nuevas, bordará ropa de hogar de tradición albanesa que irá vendiendo por las casas para dar respuesta no solo a las necesidades de su familia, sino también a las de los pobres, a los que siempre ha otorgado un espacio privilegiado en su corazón. Así como ha hecho en los años de prosperidad y bonanza económicas, ella seguirá asistiendo e invitando a su mesa a los más necesitados, en quienes enseña a sus hijos el don de la generosidad profunda y sincera: “No comáis un solo bocado sin compartirlo con los pobres”, les insiste.

Con gran afecto y ternura, visita semanalmente a una anciana que vive sola y a la que lleva comida y limpia la casa; y atiende a File, una alcohólica cuyo degradado cuerpo se ha convertido en una gran llaga, o cuida de los seis hijos de una viuda que, tras vivir la muerte de su madre, quedan completamente huérfanos.

Drana, entregada a los desamparados, siembra en el alma de Agnes algo que, años más tarde, alcanzará la máxima expresión en un ser humano: la compasión por el pobre, el reconocimiento de nuestra hermandad con los más desdichados. Quizá no sería equivocado pensar que la primera de las Misioneras de la Caridad, las religiosas que muchos años más tarde fundara su hija, fue Drana. El ejemplo de una madre permanece en sus hijos por siempre y así se observa en la vida de Agnes, en cuya alma Drana deposita las simientes que luego Dios hará germinar para convertirla en Teresa de Calcuta: la fe y la caridad a través de la entrega a los más pobres de entre los pobres.

“El amor empieza en casa” escribirá Teresa muchos años más tarde; “solo cuando hay amor en casa podemos compartirlo con nuestros vecinos. Desde el principio debemos enseñar a nuestros hijos a amarse mutuamente”. Y este amor, que ella conocería en su casa, fue el que, a pesar del dolor por la pérdida de su padre, salvaguardó los felices recuerdos de una infancia que se desarrolla en un contexto histórico turbulento y conflictivo. Recordemos que en 1912 se desencadena la primera guerra de los Balcanes, antecedente bélico de la Primera Guerra Mundial que se desata en 1914.
mi vocación es vivir para los demás
Hay un lugar ineludible, por su importancia, al repasar los primeros años de la vida de Agnes, la iglesia del Sagrado Corazón de Skopje, que reunía a la minoría católica de esta ciudad multirreligiosa y multiétnica. En ella, la pequeña Agnes, de comportamiento ejemplar, inteligente, reflexiva, alegre y sociable participó de manera entusiasta en los ritos religiosos y numerosas actividades parroquiales. En ella, con cinco años y medio, recibió la Primera Comunión. Años más tarde, escribiría sobre ese momento: “Desde entonces, el amor por las almas ha estado dentro de mí”. Y allí, también y junto a su madre, formó parte de la congregación del Sagrado Corazón y, junto a su hermana Aga, del coro de la iglesia.

A la edad de doce años, experimenta en su interior la llamada. En sus propias palabras, lo describirá así: “Yo solo tenía doce años. Fue entonces cuando supe, por primera vez, que tenía vocación hacia los pobres; quería ser misionera; quería salir y dar la vida de Cristo a la gente en los países de misión”. Esta primera vocación es acariciada por Agnes durante seis largos años hasta verse finalmente realizada. En ellos, la joven rezará, pensará y se debatirá en dudas para llegar siempre a la certeza de pertenecer completamente a Dios.

Es la Virgen de Letnice, en la montaña Negra de Skopje, y en cuya capilla Agnes se entrega en profunda oración, quien arroja luz a su vocación: la Virgen, y el Padre Franjo Jambrekovic, jesuita croata que en 1925 es destinado a la iglesia del Sagrado Corazón. La llegada de quien se convertiría en padre espiritual de Agnes significa una ráfaga de aire fresco para la parroquia. Comparte con sus jóvenes la inquietud por las más diversas áreas del conocimiento: ciencias, poesía, música, teatro y funda la Cofradía de Hijas de María, que introduce a Agnes en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Así, en la inquietud de Agnes por discernir si realmente Dios la llama, el Padre Jambrekovic le explica cómo la profunda alegría que siente es la confirmación que tanto anhela.

La orientación final para su vocación la encontraría en los relatos y testimonios que, de los jesuitas yugoslavos destinados en misiones en la India, llegaban a Skopje. Con inmensa ilusión decide, finalmente, solicitar el ingreso en la orden de las Hermanas de Loreto, rama irlandesa del Instituto de la Bienaventurada Virgen María, cuya labor misionera en Bengala había despertado su entusiasmo.

Esta decisión implicará, sin embargo, una inmensa renuncia, la separación definitiva de su familia, sus amigos y su patria, dolor que será atenuado por la infinita alegría de entregarse a Dios. Agnes tiene entonces dieciocho años.

Victoria Escudero

Responder a Teresa de Calcuta, madre de los pobres. Infancia y primera vocación

  1. lazarte luciana

    me gusto la informacion

     

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