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Teresa de Calcuta. Madre de los pobres 

Un paso a lo desconocido

“Dejar Loreto fue el sacrificio más grande de mi vida, lo más difícil que he hecho. Fue mucho más duro que dejar a mi familia y mi país cuando abracé la vida religiosa. Loreto, mi preparación espiritual, la labor que allí desarrollaba, lo eran todo para mí”. Con estas palabras describía Teresa el profundo desgarro que para ella supuso la separación de lo que, durante casi veinte años, había constituido su vida. Y, sin embargo, su determinación por cumplir la voluntad de Dios le hizo desear con auténtica sinceridad emprender su nuevo camino lo antes posible.

Ella, que al recorrer con sus alumnas el pasaje de la Visitación de la Virgen María, les explicaba que “Nuestra Señora tuvo prisa porque la caridad no puede esperar”, tampoco pudo esperar sin sufrir. Sin embargo, el Padre Celeste Van Exem, su director y padre espiritual, le exigía que esperase. Este jesuita belga, que en su día llegaría a Calcuta con la intención de realizar un apostolado intelectual, había conocido a la Madre Teresa unos años antes, en julio de 1944. Aunque, en principio, había aceptado la dirección espiritual de la joven monja en contra de su voluntad, pronto quedó sorprendido por la intensidad de su unión con Dios.

Fue él quien primero tuvo conocimiento de lo que Teresa había denominado “la llamada dentro de la llamada”. Y desde el primer momento confió en sus palabras. El Padre Van Exem, guiado por la oración, descubrió en ellas la voluntad de Dios y los elementos fundamentales sobre los cuales esta se consolidaría: “La Madre Teresa debía abandonar Loreto sin renunciar a los votos. Además debía fundar una nueva congregación dedicada a los más pobres de los pobres, con espíritu de pobreza y alegría, a los que se consagraría a través de un voto especial de caridad. No habría institución alguna, ni hospitales ni grandes dispensarios.”

es momento de discernir

Aunque la Madre Teresa se sentía preparada para emprender su nueva vida, necesitaba la aprobación de las autoridades religiosas. Durante unos meses, el Padre Van Exem buscó en la oración la fuerza que necesitaba para afrontar un asunto que, por su magnitud, le sobrepasaba. En enero de 1947 aconsejó a Teresa que escribiera al arzobispo de Calcuta, Monseñor Ferdinand Perier, mientras él lo visitaba personalmente.

La respuesta del arzobispo al Padre Van Exem fue tajante: “Acaba usted de llegar a Calcuta y ya está pidiendo a las monjas que dejen los conventos… Asegura que se trata de la voluntad de Dios, ni más ni menos que esto. Yo soy obispo y nunca he dicho que supiera cuál es la voluntad de Dios”. Comenzaba así una etapa, la de discernimiento de la Iglesia, que se prolongaría durante casi dos años.

Pero para poder entender la escena desde una perspectiva amplia, debemos situarla en su contexto histórico. Ahora mismo todos conocemos a Teresa de Calcuta. No necesita presentaciones. Al instante, a su solo nombre asociamos su inmensa y maravillosa obra de amor extendida a medio mundo. Junto a ella pensamos en las miles de misioneras de la caridad que diariamente realizan su altísima misión en las condiciones más difíciles. Sin embargo, en aquel momento, nada de esto existía. Teresa de Calcuta era una sencilla y humilde religiosa que pretendía abandonar su convento y el colegio donde formaba a sus alumnas para lanzarse, sola y sin ningún tipo de asistencia ni ayuda, a los barrios más míseros de una ciudad devastada por la guerra.

Nadie que hubiera apreciado lo más mínimo a aquella pequeña mujer le habría permitido lanzarse a lo que, con gran probabilidad, habría significado su ruina personal o su muerte. La inseguridad, el hambre, las enfermedades, la miseria acechaban en ese momento a todos los que malvivían en las calles de una ciudad que, aún hoy, resulta en muchos de sus parajes, inhumana. Además, si hoy día la consideración que la sociedad india otorga a la mujer la hace vulnerable, mucho más entonces. Convencer a las autoridades religiosas de que aquella quimera respondía a la voluntad de Dios no podía resultar fácil.

en Dios vivimos, nos movemos y existimos

La luz de la fe es la única que nos puede iluminar cuando la razón desfallece en el intento de comprender lo que humanamente es inalcanzable. Y es esa luz la que alienta a Teresa en su espera, la que guía sus pasos en un camino que tendrá que recorrer casi sola. En Loreto aún se desconoce lo que sucede en el alma de Teresa. No comparte con nadie sus anhelos e inquietudes, a excepción del Padre Van Exem, quien será el único al que revele los detalles de su “inspiración”.

Años más tarde ella misma escribirá: “Quiero que la obra permanezca solo suya. Cuando se conozcan los inicios, la gente pensará más en mí y menos en Jesús”. Se trata de ser un lápiz en Sus manos. Nadie se pregunta cuál fue la pluma con la que se escribió una obra maestra; lo importarte es quién la escribió. Se trata de ser Su más fiel reflejo para que, a través de ella, todos lo conozcan sin quedar extraviados en la mensajera.

Con el permiso del Padre Van Exem, la Madre Teresa se entrevista con el arzobispo Perier, a quien se dirige en estos términos: “A una sola palabra que Su Excelencia diga, estoy dispuesta a no considerar nunca más mis pensamientos. Le toca a usted decir sí o no. Dejo todo el asunto en sus manos”. A lo que el arzobispo responde: “Este es un asunto demasiado importante para resolver de inmediato. Requerirá mucha oración, mucha reflexión.”

Durante los meses siguientes, Teresa es trasladada al convento de Loreto en Asansol, situado a tres horas en tren desde Calcuta. Allí regresa a su actividad docente impartiendo clases de geografía y catequesis. Fueron, dentro de la espera, unos meses tranquilos y felices para ella. Sin saberlo, se encontraba entonces en el lugar en el que, muchos años más tarde, realizaría una de sus más preciosas obras: Shanti Nagar, la “ciudad de la paz” para sus leprosos.

Regresa a Calcuta a petición de Monseñor Perier, al que apremia para que avance en su resolución: “No demore, Su Excelencia. Se están perdiendo almas por falta de cuidado, por falta de amor”. Pero Teresa tendrá aún que esperar.

la caridad de Cristo nos apremia  

Finalmente, en enero de 1948, le es concedido el permiso para solicitar a la Madre General su salida de la Orden de Loreto. La respuesta de la madre Gertrude M. Kennedy, fechada el 2 de febrero, reflejaba el aprecio que sentía por Teresa: “Aunque considero su cambio una verdadera pérdida para nuestro Instituto, me ha dado tantas razones para creer que su llamada es de Dios, que no puedo rechazar su petición”.

El paso siguiente sería cursar la solicitud a Roma. En su carta a la Santa Sede, la Madre Teresa expresaba así su deseo: “Quiero reunir a otras almas a mi alrededor para servir a los pobres en sus más humildes y más abatidos y despreciados miembros. Les llevaremos a Cristo y Cristo a ellos”.

Finalmente, el 12 de abril de 1948 le fue concedido lo que tanto había ansiado: el indulto de exclaustración por el que se le permitía abandonar su convento manteniendo sus votos y su estatus de religiosa. Sin embargo, el comunicado quedó demorado en la nunciatura de Delhi, por lo que Teresa no lo recibió hasta el 8 de agosto. Se lo entregó el Padre Van Exem en un sobre, cuyo gran tamaño revelaba la importancia crucial del contenido. Antes de abrirlo, Teresa se retiró a la capilla. Tras su oración, al conocer la noticia, preguntó: “Padre, ¿puedo ir ahora mismo a los barrios pobres?”. Y es que Teresa vivió para cumplir su voluntad. En aquel momento en que lo abandonaría todo, hizo de ella su refugio. La voluntad de Dios es la única posesión de los santos. La hacen suya hasta el extremo, hasta perderse definitivamente en ella.

Al conocerse la noticia, la conmoción llega inevitablemente al convento de Entally, donde aparece un mensaje destinado a todas las monjas: “No critiquen, no alaben, no hablen. Recen”. Teresa escribe en sus últimos días allí: “El martes por la tarde partiré. Todo está muy oscuro, muchas lágrimas, pero me voy por mi libre elección con la bendición de la obediencia.”

La noche del 16 de agosto, Teresa cambia el que hasta entonces había sido su hábito religioso por el que lo sería a partir de ese momento, un sari blanco de algodón ribeteado con tres franjas azules. Aquella tela, la más barata que encontró, había sido bendecida por el Padre Van Exem, a quien pide: “Por favor, rece por mí para que tenga el valor suficiente de completar mi sacrificio”.

Amparada en la oscuridad para evitar a sus alumnas el dolor de la despedida, cruza la puerta del convento. En la mano, tan solo un billete de tren y cinco rupias. Atrás quedaban veinte de años de su vida y todas las certezas y seguridades. Ante ella se abría un abismo infinito que solo se salva de la mano de Dios. La caridad no podía esperar.

Victoria Escudero
Voluntaria de las Misioneras de la Caridad

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