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Teresa de Calcuta 

La pobreza absoluta: los leprosos 

«La lepra es una enfermedad muy difícil, cierto, pero no es tan dolorosa como el hecho de ser rechazado por la gente, de ser indeseado, descuidado o simplemente abandonado». Así expresaba la Madre Teresa la terrible realidad de los más indeseados de la India, los leprosos, en quienes acababa confluyendo todo tipo de pobreza.  La enfermedad significaba en este país una especie de condena a muerte en la soledad originada por la más absoluta exclusión social. Los leprosos no solo perdían su salud, sino también, y de forma irremediable, su trabajo, su familia y el reconocimiento de su dignidad humana. Todo ello los convertía, de manera inequívoca, en los más pobres de entre los pobres.

Hacia 1959 había censados en Calcuta más de treinta mil leprosos, que constituían un auténtico pesar en el alma de Madre Teresa: «Las condiciones en que viven los leprosos son terribles. Me gustaría darle mejores hogares, elevarlos cerca del Sagrado Corazón; hacerles saber que ellos son también los hijos amados de Dios y darles así un motivo para vivir.»

reza, trabaja y confía 

Las Misioneras de la Caridad comenzaron su labor asistencial con los leprosos en Gobra, barrio situado a las afueras de Calcuta. Allí las hermanas atendían a unos ciento cincuenta enfermos. Sin embargo, los terrenos de Gobra fueron pronto expropiados, y las misioneras hubieron de abandonar la zona. La búsqueda de una nueva ubicación no fue fácil. El rechazo social que causaba la enfermedad dificultaba la tarea. Ante la complejidad de la situación, Madre Teresa decidió refugiarse unos meses en la oración, en el ánimo de comprender la voluntad de Dios. En este tiempo, una empresa de electricidad realizó una donación de diez mil rupias a la Madre, quien también recibió de Estados Unidos el regalo de una ambulancia. Y, lo que fue aún más decisivo, el doctor Sen, prestigioso especialista en el tratamiento de la lepra, decidió renunciar a su puesto en el hospital en el que trabajaba para pasar el resto de su vida laboral junto a ella. De esta forma tan providencial se habían sentado los cimientos de la primera leprosería móvil fundada por Madre Teresa, que sería inaugurada por el arzobispo Perier en septiembre de 1957. Con ella se realizaría una asistencia ambulatoria a más de seiscientos enfermos que podían ser tratados en sus propias casas.

Sin embargo, la grave situación de algunos de ellos requería una atención permanente, que solo sería posible en un enclave fijo. Así, en enero de 1959, y gracias a las cesión de un terreno por parte del Ayuntamiento y a la donación de fondos por parte de una fundación, Madre Teresa abrió un centro para leprosos en Titaghar bajo la bendición del arzobispo de Calcuta. En él se les daba asistencia médica a través de tratamientos farmacológicos, quirúrgicos y de rehabilitación, pero sobre todo, y según la mayor preocupación de Madre Teresa, se trabajaba para restaurar la dignidad y autonomía de quienes padecían una enfermedad que causa aún más heridas en el alma que en el cuerpo. Y con este fin se desarrollaron diversos proyectos, algunos de los cuales perduran actualmente, como el del telar, en el que los propios leprosos hilan desde entonces los saris blancos orlados de azul de las misioneras de la caridad.

«Ciudad de la Paz», pueblo de la esperanza 

Pero el anhelo más profundo de la Madre Teresa era la creación de un lugar que, a modo de pueblo, reuniera las condiciones necesarias para que la vida de los afectados por esta enfermedad fuera lo más plena posible; un entorno donde reconstruyeran su vida personal y familiar, mientras se recuperaban de su enfermedad. La materialización de este sueño surgió en 1969 con el nombre de Shanti Nagar (Ciudad de la Paz).

El proyecto se realizó gracias a la donación del Gobierno indio de un extenso terreno localizado a unos doscientos kilómetros de Calcuta, en la localidad de Asansol, y a los fondos procedentes de un concierto benéfico de un coro de niños alemanes. La rifa del coche utilizado por el papa Pablo VI durante su visita a la India en 1964, proporcionó, asimismo, los medios materiales para construir un hospital en el poblado, integrado inicialmente por treinta viviendas y al que posteriormente se unieron un convento y una capilla.

La Madre Teresa preveía la instalación de unas cuatrocientas familias afectadas por la lepra en este lugar, en el que podrían comenzar una vida nueva. En Shanti Nagar cultivarían sus propios arrozales, criarían su ganado y aprenderían a construir más viviendas para ampliar el poblado. Confeccionarían cestas para las minas de carbón e, incluso, llegarían a poner en marcha una imprenta. Aquella Ciudad de la Paz significaría una nueva esperanza para muchos.

Shanti Nagar fue mi destino como voluntaria de las Misioneras de la Caridad de Calcuta. Allí tuve el privilegio de conocer personalmente a la hermana María Ruah, una médico española a quien el Señor llamó para entregar su vida a los más pobres de entre los pobres. Si la Madre Teresa decía que para estar entre los leprosos debía emplear toda su voluntad y hacer un nuevo acto de fe y de sacrificio, la hermana María Ruah vive entre ellos como una más, descubriendo en sus cuerpos desfigurados por la enfermedad al mismo Cristo crucificado.» Actualmente en Shanti Nagar viven unos trescientos enfermos, a los que la hermana asiste con ayuda de otras misioneras de la caridad indias. Ella es la única extranjera, pero habla perfectamente las lenguas de la zona, hindi y bengolí.

Ella misma me explicó cómo los terrenos cedidos por el gobierno a Madre Teresa no disponían, en un principio, ni siquiera de agua: «Eran una jungla, una selva y los leprosos, en cuarenta años, han construido un paraíso. Esto es el paraíso en la tierra. Allí está el grito del Señor tan fuerte.»

el amor abre puertas donde no las hay 

María Ruah comparte con ellos las tareas diarias: la limpieza de todas las salas (las de cirugía, las de los pacientes en fase infecciosa, las de los crónicos), su trabajo en el dispensario, en el que pasa consulta a los casos ambulatorios, las actividades de rehabilitación y otra tareas más lúdicas, como el cultivo de las flores o la siembra del arroz.

Debido a que el resto de las misioneras de Shanti Nagar no disponen de conocimientos médicos, María Ruah ha ido formando a sus colaboradores sanitarios entre los leprosos recuperados, que han aprendido a poner sueros, inyecciones, tomar la tensión, hacer análisis de glucosa o, incluso, realizar el test de diagnóstico de la lepra. Asignándoles responsabilidades, esta misionera ha conseguido que todos ellos, relegados a la última de las castas de la jerarquía social india por su enfermedad, se sientan dignificados y reconocidos. Estos, los llamados «intocables», son los auténticos hermanos de María Ruah, quien, a través de su propia vida, les ha mostrado el amor del Señor.

En mi estancia en Shanti Nagar, que con tanto cariño guardo en mi memoria, conocí de cerca a muchos leprosos. De entre todos ellos, recuerdo especialmente a Vinod, un joven de treinta y dos años, que antes de llegar a la Ciudad de la Paz se había intentado suicidar en tres ocasiones debido al terrible sufrimiento de verse solo y abandonado por su enfermedad. Vinod fue acogido por María Ruah, a quien después de un tiempo explicó: «El Señor me ha traído aquí y he descubierto quién es. Ya sé lo que significa amar. El mejor regalo que me ha dado Dios has sido tú, que me has enseñado a amar. El mismo Señor es un regalo».

Conocí a Vinod después de que, por deseo propio, hubiera recibido el bautismo, la comunión y la confirmación. Se había casado con una joven india cristiana llamada María y habían tenido dos preciosos niños. Una tarde me invitaron a su casa, tan sencilla y humilde que, en algunos momentos me pareció imaginar en ella el hogar de la Virgen María y San José en Belén. Nada más entrar, pude ver en una de las blancas paredes una imagen enmarcada y adornada con una guirnalda de flores amarillas. Era la Madre Teresa. Todos sus desvelos por los leprosos estaban allí reconocidos. Allí y en la sonrisa permanente de Vinod y María, y en la felicidad que reina en su casa.

La hermana María Ruah, prosiguiendo la labor de Madre Teresa, es hoy el corazón abierto de par en par que acoge día tras día a los nuevos leprosos que, después de largos trayectos en muchas ocasiones, llegan a Shanti Nagar. Allí sus úlceras y sus almas serán sanadas. La entrega absoluta de esta misionera que dejó en su país de origen todo lo que tenía es la forma en la que el amor del Señor llega a los más necesitados. Y ella, que en el costado de Cristo encontró un día el símbolo de una alianza de Amor, sigue con sus ojos fijos en esa herida tras la cual se esconde un corazón traspasado y el sentido de su vida.

Victoria Escudero
Voluntaria de las Misioneras de la Caridad

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