Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, septiembre 20, 2019
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Tiempo de escucha 

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. (Mt 6,19ss)

Surge la crisis y el hombre tiembla. Los que tienen bienes recogen velas, los políticos mienten y los del vértice superior discurren dónde y cómo iniciar una guerra purificadora. Amanece el tiempo de la escucha.

Con el bolsillo hemos topado y eso es lo peor, porque ahora, ¿qué nos va a quedar?, ¿dónde apoyar la esperanza? Todo nuestro afán se diluye como la cera, el esfuerzo claudica y los que llegaron a trabajar al final de la jornada reciben el mismo salario que los que estuvieron de sol a sol. A Marta se le caen los brazos y mira a su hermana a los pies de Jesús y piensa que tal vez María ha elegido lo mejor…: escucha.

La casa de adobe se viene abajo: no hay piedra, el sustento solo es arena y aparecen los vientos de la crisis y la sepultan. En vano se madruga para conseguir el pan y en vano se afanan los constructores. Ya no es posible seguir edificando la Babel que nos iba a reportar dinero, fama y prestigio; faltan ladrillos, argamasa; los trabajadores huyen; el miedo se envenena y nos sentimos solos. “…Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Llega el tiempo de la escucha.

Recordamos los ajos y las cebollas… ¡Es posible que añoremos la esclavitud…! Y después viene el dueño de la viña y no hay fruto, tampoco en la higuera…; y ¿qué hará? La tormenta arrecia sobre la amura de babor y el barco se escora mientras el maestro duerme en la toldilla de cubierta… Si la cosa se pone fea, tal vez lleguemos a despertarlo y escuchemos su voz.

La verdad, no sé qué hago aquí robando algarrobas a los puercos mientras los jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia. Pero la intransigencia y la presunción nos hacen pensar que es la burra de Balaán la que está confusa, y nos preguntamos por qué no sigue el camino habitual. ¿Somos tan necios que hasta una burra nos tiene que marcar el camino? “No es por ahí”, nos avisa. Pero no atendemos: ¡cómo obedecer a una burra!

Parece más bien que es el hombre el que está en crisis…, quizá porque ha dejado de escuchar y de mirar a Dios, y sólo oye y mira al suelo, donde pisa. Y al cabo de girar en la noria sobre sí mismo ya solo divisa su propia senda.

Cuentan que Moisés le pidió a Dios que le dejara ver su rostro y Dios le dijo que nadie podía verlo y seguir vivo; pero le introdujo en la hendidura de una roca, pasó por delante y tapó con su mano la oquedad para que no pudiera ver su rostro; Moisés se asomó y pudo contemplar su espalda.

El rostro de Dios es la justicia y todos somos culpables ante Él, pero su espalda…, su espalda es la misericordia, y ahí si podemos mirar, porque no tiene fin.

“…echaste sobre tus espaldas todos mis pecados” (Is 38,17).

¡Cómo quisiera ansiar tu celo!, tus perdones

y tu espada,

derivar mi canto en tus pupilas,

descansar mi rebeldía en tu obediencia, mi vanidad

en tu fracaso, mi duda en tu voluntad y mis

grietas en tu madero.

                                                                                                                                                                                                Jorge Santana

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