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Tiempo de espera y alegría 
1 de diciembre
Por Juan Sánchez

«En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Jesús le contestó: “Voy yo a curarlo”. Pero el centurión le replicó: “Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: ‘Ve’, y va; al otro: ‘Ven’, y viene; a mi criado: ‘Haz esto’, y lo hace”. Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos”». (Mt 8,5-11)


Y ya estamos en Adviento. Tiempo para renovar nuestro encuentro con Cristo, desde dos actitudes necesarias: vigilancia y esperanza. Que no nos pueda la rutina: estamos necesitados de conversión, de mirar a Cristo, de cambiar el camino del pecado por el de buscar la regeneración de la gracia y el perdón. Este evangelio representa una luz para nosotros: los cristianos hemos de estar atentos a la Palabra de Dios, y específicamente a este evangelio de san Mateo, porque nuestra pertenencia a la Iglesia no nos debe hacer sentirnos mejores que los demás. Por pura misericordia del Señor estamos en su Iglesia y somos sus hijos, pero Él desea que seamos signos de ese Amor e instrumentos para el encuentro de otros con Dios, para que puedan descubrir su Amor infinito.

Sabemos que tenemos un tesoro: el anuncio del Amor de Dios, la buena noticia de Cristo resucitado; y que nosotros somos una pobre vasija de barro que contiene ese impresionante tesoro. Nosotros somos colaboradores necesarios en la evangelización, en comunicar, en hacer posible que ese tesoro llegue a otros. Pero siempre con fidelidad a Cristo y a la Iglesia.

El mensaje de Jesús es universal, para todas las personas y naciones. Y la maravilla es ver cómo actúa el Señor en quienes parece que están al margen de la Iglesia, fuera de la fe. El centurión de este evangelio es un ejemplo muy significativo: un pagano, que además formaba parte de los “opresores” del tiempo de Cristo, cree en Jesús y en su Salvación. Cuando Cristo está dispuesto a ir a curar a su criado, le dice que no es preciso, que no es digno de que entre en su casa, y con firmeza expresa: “Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.” De este modo, el centurión representa un modelo de creyente. El propio Jesús proclama: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe.”  Y termina el texto con una frase muy contundente  y expresiva de Jesús: “Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.”

Resulta sorprendente la fe de este pagano y su confianza en Jesús como Salvación. Y esta es la certeza que nos debe de mantener en esperanza cada día: que seguimos a Cristo, que tiene el poder de curar y de regenerar;  que es Camino, Verdad y Vida; que desea que todas las personas, sin excepción, puedan disfrutar el modelo de sociedad que nos propone.  En este Adviento estamos invitados a abrir nuestro corazón a Cristo y a participar en la misión de que otras personas puedan descubrir en su historia la Buena Noticia.

Esta evangelización lleva también a ofrecer el rostro de Cristo pleno de misericordia. Y un Cristo Salvador que es alegría y esperanza para todos los que sufren. Frente al mal, frente a los criterios del mundo, Cristo es fuente que sacia la sed y nos ayuda a caminar.

Juan Sánchez Sánchez 

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