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Tiempo de misericordia 
24 de noviembre
Por Hijas del Amor Misericordioso

«En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?”. Él contestó: “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: ‘Yo soy’, o bien ‘El momento está cerca’; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida”. Luego les dijo: “Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo”». (Lc 21,5-11)


El Evangelista san Lucas sitúa la escena en el Templo de Jerusalén. La segunda reconstrucción del Templo a la vuelta del destierro de Babilonia fue enriquecida a lo largo del tiempo, y el Templo, en tiempos de Jesucristo, realmente era digno de admiración. Los apóstoles y los que seguían a Jesús están ponderando, es decir valorando con todo su peso, esta obra de arte patriótico y religioso.

Para los judíos el Templo no solo era el lugar de culto, sino que también representaba el poderío y la excelencia del pueblo elegido por Dios, que se vanagloriaba de su elección con tamaño edificio. Pero el Señor va más allá de las apariencias. El templo como lugar de culto es solo la ocasión para que las personas que allí se congregan ofrezcan la verdadera oblación espiritual, la de la propia entrega del corazón. Las piedras no significan gran cosa si falta el amor de Dios en las piedras vivas del edificio, que son las personas. Con esto corrige nuestro afán fariseo por quedarnos en las apariencias, los medios e instrumentos y descuidar lo interior.

El Señor recuerda que este mundo es lugar de paso, llegará el gran Día predicho por los profetas en el que el Señor volverá con toda su gloria, y lo que antes era motivo de orgullo se convertirá en polvo y escombros. El Señor volverá a hacer justicia a los pueblos de la tierra, y todo lo escondido saldrá a la luz, y el bien vencerá sobre todo mal, consolando a los fieles que se han mantenido en vela esperando este retorno glorioso. Los primeros cristianos tenían esto muy presentes, lo deseaban ardientemente e incluso esperaban que ellos estuvieran presentes cuando el Señor volviera con gloria. (Así se hace eco san Pablo en 2Tes 2,1-4).

En este texto de San Lucas, el escritor sagrado está manejando dos sentidos de este final del templo. Por un lado está el fin histórico, y por otro está el fin profético. Efectivamente, después de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 no quedó “piedra sobre piedra”, pero la destrucción del templo significa asimismo para san Lucas el comienzo de una nueva época inaugurada con la muerte y resurrección de Jesucristo, época que será culminada con su retorno en gloria. Esta época, siguiendo la tradición de los profetas y de los escritos apocalípticos judíos, es anticipada por una serie de catástrofes naturales y de guerras. Será un momento de confusión y de falsos salvadores. Y el Señor alerta para que no perdamos la calma ni la confianza en Él.

¿Quién no reconoce este tiempo cada vez que nuestro mundo es sacudido por desgracias desmedidas, cada vez que el mal parece triunfar en nuestro mundo, cada vez que las muertes inocentes claman al cielo por justicia, cada vez que se toma el nombre sagrado de Dios en vano y su honra parece pisoteada por nuestra insensatez? Por eso este tiempo es también tiempo de misericordia que hemos de acoger para poder salir victoriosos al encuentro del Dios justo.

Hijas del Amor Misericordioso

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