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Tiempos de Paz-cua 

La liturgia de Pascua, tiene un inconfundible olor a limpio, a blanco, a música alegre, a noticia que relaja, frente a la tensión que producen el dolor y la muerte de Cuaresma, la tuya, Señor de la Paz y de la vida, la nuestra, y la que vemos cada día en el mundo que vivimos. Fue tu saludo para siempre, «Pax vobis». No solo aquella noche, sino todas las noches del sufrimiento y del dolor del hombre que te busca. No solo para los discípulos reunidos, encerrados, sino para todos los que, por su palabra, con el miedo y de admiración que produce lo nuevo, creemos en ti. Fue tu primer regalo a la Iglesia, en lo que sería noche de bodas eternas. Con el regalo, la noche del miedo y el temblor, amaneció para siempre en tu día de luz: LA PAZ, MI PAZ, os la doy y os la dejo… No fue como nuestro saludo, que la mayoría de veces es vacuo, mproductivo, y solo expresa un deseo que pasa y no deja huella.

El tuyo fue y sigue siendo sacramento y signo de presencia. Tu paz es inimitable. Lo sabe el corazón del hombre, que está hecho para ella. Como el ojo sabe para lo que está hecho, cuando ve la luz, o la lengua sedienta, cuando le dan agua limpia y fresca, o el estómago herido de hambre, cuando le dan pan… la paz de tu boca resucitada, –lo sabe bien el corazón creyente– no es solo un saludo, es nuestra salud. Además de todo lo que el hombre transmite saludando a otro hombre, tu soplo de pascua, transmitió el misterio
total de la existencia nueva, la “saluación”, la salvación. Les proclamaste paz y les soplaste, dice Juan, (Jn 20,22), y Lucas completa el sentido de tu soplo:«Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Ahí terminó todo, y empezó todo. Termino lo suyo, y empezó lo tuyo,
Jesús del conocimiento, Señor de la fe, Ungido de Palabra que salva, esencia de Evangelio, que te dices a ti mismo, y creas vida.

Tu Paz de la Pascua, no es un deseo, es un mandato. Su resultado es
nuestra alegría. La Presencia inmediata, directa, donde termina la conciencia cierta de lo aprendido por los sentidos, o por las reflexiones propias y ajenas, incluyendo músicas, escritos, inciensos, miradas y abrazos de pascua, es la orilla incitante del misterio que supone la alegría de pascua. Como el mar que llama, sin saber ni cómo, pero llama. Y lo siente el hombre como su cuna, su lugar de origen, que encierra los secretos no solo de la tierra y de su vida, sino del cielo y su esperanza, así el misterio de tu presencia, que hace cognoscible tu mano de gracia, nos deja tu paz, porque resuelve la ecuación oscura de toda pregunta por la vida. Todo lo incógnito se aclara, cuando amanece el amor. Y comienza otro universo, en el que cada pensamiento, cada detalle, es como una estrella nueva, un astro en la galaxia infinita de la vida que se nos regala. Las personas que se aman, en tu nombre, Jesús resucitado, viven una fuerza de atracción, una realidad gravitatoria, una ‘vis atractiva’, que nos arrastra a todos hacia ti. Esa galaxia nueva que aún se está creando, se llama Iglesia.
                                                                                                                     Manuel Requena

2 Respuestas a Tiempos de Paz-cua

  1. bertaqr18

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  2. Antonio Fernández Benayas

    Para llegar a esa paz que nos ofrece el Divino Maestro no hay mejor camino que el que roturan y siguen las personas de buena voluntad.

     

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