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TOCAR Y QUEDAR SANO 
08 de Febrero
Por Manuel Requena

«Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron.

Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que él estaba.

Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados» (San Marcos 6, 53-56).

COMENTARIO

El Evangelio de Marcos ¡qué buena guía nemotécnica de toda la obra de Jesús! Comienza con un “arje,” que no es solo ‘el principio’, sino estructura fina de la Noticia con la que el Espíritu del Padre ha querido transmitirnos la vida de Jesús en los sacramentos de su Iglesia.

Ayer nos decía Marcos que Jesús bendijo cinco panes que se multiplicaron para alimentar a más de cinco mil hombres. Después, y tras orar en soledad, caminó sobre las aguas asustando a los apóstoles, porque en la Iglesia siempre habrá sustos admirables, cosas que no entendemos, capaces de cambiar el mundo, como cambiaron aquellos pescadores su rumbo.

Hoy al atracar encontraron esperándolos otra multitud, pero esta vez de gente que sufría. El sacramento para los enfermos estaba germinando junto a la Eucaristía. Salud y alimento son necesidades básicas de la carne y del Reino.

El encuentro con Jesús se produce en un gesto sensible: Tocar y curarse. ¡Hasta la orla de su manto desbordaba salud! “Y cuantos la tocaron quedaban curados”. ¿Dónde tocar hoy a Jesús? Nos hace mucha falta aquella energía suya curativa. Un hombre así atraería a millones de afectados y atemorizados por la enfermedad mortal o por el hambre.

Marcos lo proclama, aunque hoy nos dé casi vergüenza decirlo, porque confiamos más en la ciencia que en la entrega de las personas que tienen la ciencia del amor. Las dos unidas, ciencia y amor, producen efectividad cercana y curativa. Ahí están los aplausos que desde los balcones y sin que hubiese nadie físicamente delante, pero con una presencia inmensa en el corazón, se les han dado a sanitarios y ayudantes en algún pico de la pandemia que nos criba.

La orla del manto de Jesús es la Iglesia y sus sacramentos. Son como el ropaje donde ‘tocamos’ a Jesús sintiendo su presencia. La gente sencilla acudirá con todos sus enfermos y necesidades, pero dice Marcos que antes de acudir, habían “oído que Él estaba allí”. ¿Y cómo oirán hoy si no se les predica? La evangelización sigue siendo llave de la puerta del encuentro con Dios, porque él ha querido hacer de la Palabra su vehículo y lugar del encuentro, de experiencia. Es el tacto que proclama S. Marcos. La gente que sufre espera siempre que alguien le hable de un ‘Salvador’ para ir y hacer lo que él diga. A veces algún arrogante se atribuye el carácter de líder salvador y la gente engañada va, pero sigue enferma. La Iglesia no es milagrera populista, pero sí sabe estar cerca del  pueblo con todos los medios de salvación  que tiene.

Usa Marcos un tiempo del verbo SER, que tiene mucha enjundia. Dice “esozonto” curados. En el sentido místico y cósmico de Marcos, aquí significaría que el tacto de Jesús, incluso de la orla de su manto, — ¿la Iglesia? — “divinizaba”. Los dejaba salvados, salvados, con salud, ‘con Dios siendo en ellos’. Ya no era solo Yahvé, “Yo Soy” en el cielo, sino Emmanuel, “Soy Dios con nosotros”.

¿Por qué escoge Marcos hoy el tacto, sin palabra alguna de Jesús o los enfermos? En otros episodios están los dos instrumentos, su tacto y su palabra, pero hoy solo es el tacto, aunque sea de su manto, porque lo que quiere resaltar San Marcos es la multitud de gentes en un movimiento espontáneo hacia Él. La gente silenciosa, movida por el Espíritu del Padre y presente con su dolor ante Él, es el gran protagonista de su Evangelio. La fama de Jesús convoca a la gente hasta Él. Pero la fama requiere Palabra. Es la Gloria Dios, la luz del Espíritu Santo que llama a sus pequeños necesitados, y los lleva a Jesús. Es la fuerza atractiva del Evangelio. El alma de la gente sencilla que, con necesidad de pan, de salud y de Vida, intuye dónde está el remedio y camina imparable hacia Él. «Atraeré a todos hacia mí».

En la actual epidemia nos aconsejan no acercarnos unos a otros más de dos metros. Somos como leprosos de aquellos tiempos o peor. Pero Jesús tocaba, imponía las manos y quedaban limpios. Solo con tocar la orla de su manto volvía la salud. ¡Qué tiempos tan buenos para la fe, aquellos y estos!

El mismo Marcos, al final de su Evangelio, proclama un fruto de la fe: «impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.» (Mc 18.18) ¿Hemos dejado de ser cristianos? ¿Tocamos con amor a los enfermos? Conozco profesionales que lo hacen, ¡Y siguen siendo los mejores! El don de curaciones que depende de Dios y nuestra fe, no siempre actúa curando el cuerpo. En tiempo de Jesús había muchos leprosos, y solo se curaron por sus manos unos cuantos.  ¡Y podía haberlos curado a todos son una sola palabra! O haber erradicado la enfermedad para siempre. Pero no lo hizo. Dejó la enfermedad, la muerte, la pobreza o el hambre como estímulo y campo de ejercicio de nuestra caridad. El cristiano que ama, tanto el sano como el enfermo, actuará como Él ante cualquier debilidad con todos los medios que tenga a su alcance. Estar cerca, orar con él, y aportar todo conocimiento humano para la salud, es imprescindible. Después Dios dirá, No podemos obviar la compasión para ser cristianos. Esencia y medida de nuestra fe será compadecer.

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