Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, octubre 23, 2019
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¿Todavía no me conoces? 

«Dijo Jesús a Tomás: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí.. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”»  (Juan 14, 6-14)

 


La Iglesia celebra a dos Apóstoles: Felipe y Santiago.  Dos hombres de profunda Fe que testimoniaron con su vida de servicio y de martirio su Fe. Jesucristo llamó personalmente a cada uno para que le siguieran. “Sígueme”, dijo un día a Felipe. Esa palabra, la voz de Jesucristo al pronunciarla, habrá estado viva en el corazón del Apóstol hasta su último latido, ya anciano, al dejarse clavar en una cruz en Hierápolis, actual Turquía. Felipe siguió a Cristo hasta la Cruz; Cristo le acompañó  en la Resurrección.

En el diálogo que recoge el Evangelio, Felipe expresa en voz alta el anhelo escondido, y a la vez latente, en el corazón de toda criatura, de todo ser humano: el deseo de conocer a Dios, de verlo un día cara a cara. Ese Dios Padre que en prenda de su Amor nos ha dado a su Hijo. “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”.

Jesús les anunció poco antes: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mi”. Felipe no aprecia todo el significado de las palabras de Jesucristo, como tantas veces nos sucede a nosotros. Jesucristo no es un sencillo maestro que da consejos para actuar bien, o que indica el camino para llegar a un pueblo. No. Él es el Camino, la Verdad, la Vida. Es el Hijo de Dios hecho hombre; el Hijo de Dios encarnado. “Hace tanto tiempo que estoy con vosotros ¿y todavía no me conoces, Felipe?”.

¿Cómo responderíamos cada uno de nosotros si Jesucristo personalmente nos hiciera  esta misma pregunta? ¿Qué conocemos nosotros del Señor? ¿Leemos con pausa y atención los hechos corrientes de la vida de Jesús en la tierra, sus milagros, sus enseñanzas, sus reacciones que narran los Evangelios?

Los Apóstoles le han oído, le han visto hacer milagros, caminar sobre las aguas, retirarse a meditar; han estado con Él cuando calma los vientos y el mar. Felipe entrega su vida empeñado en la tarea que Cristo les ha encargado: transmitir su Nombre a todas las gentes.  Que él nos ayude a aumentar nuestra Fe, que nos haga descubrir en Cristo el Rostro de Dios. ”Quien me ve a Mi, ve al Padre”.

Santiago muere también mártir. No en Asia Menor, como Felipe, sino en la propia ciudad de Jerusalén, de la que fue el primer obispo, años antes de que fuera arrasada por los ejércitos romanos. Acusado por el Sanedrín de haber violado la ley fue condenado a la lapidación. Mártir de la Fe; ejemplo vivo para todos los cristianos y muy especialmente para los Obispos, que han de estar dispuestos a dar su vida para defender la Fe de los fieles que les ha encomendado Cristo.

El mandato que en su día recibieron Felipe y Santiago para ir a predicar en el “nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, lo recibimos también cada hombre y cada mujer bautizado. Hay muchas personas en todos los rincones del mundo que todavía esperan oír las palabras de apóstoles que les anuncien la Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, que murió en la Cruz por todos nosotros y que resucitó al tercer día para nuestra salvación. Muchos hombres y mujeres de todos los continentes esperan ver el testimonio vivo de hombres y mujeres que con su amor, su amistad, sacrificio —hasta el martirio si fuera necesario— les manifiesten que Cristo sigue vivo en la tierra.

Benedicto XVI nos ha recordado recientemente el “afán apostólico” que todos los cristianos debemos vivir. Felipe, apenas recibió la llamada del Señor (“Sígueme”) se dirigió a su amigo Natanael y le habló de Cristo, del Mesías.  La vida del cristiano es un encuentro personal con Nuestro Señor Jesucristo; no solo con sus enseñanzas sino, y muy especialmente, con su persona, como fue la vida de Felipe y de Santiago el Menor.

Al final del Evangelio que leemos hoy, el Señor abre a Felipe —y con él a todos nosotros— un camino claro de esperanza: “Os aseguro, el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores. Porque yo me voy al Padre y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, Yo lo haré”. El Señor quiere colmar nuestra Fe y nos regala la firme esperanza de la vida eterna, que gozan ya hoy Felipe y Santiago. Ellos ya “ven” al Padre.

Ernesto Juliá Díaz

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