Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, septiembre 16, 2019
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Todo está consumado 

Ya decían los antiguos escolásticos que el obrar sigue al ser, es decir, que cada uno actúa según aquello que es, de modo que el actuar revela el ser de la persona. De modo semejante podríamos decir que Dios se manifiesta en su ser a través de su actuar. Es una constante de la Historia de la salvación y que ha sido grabado a fuego en Israel con la perentoria orden dada a Moisés: “No te harás ninguna imagen de mí”. De hecho, cuando el profeta pregunta su nombre al Dios que lo envía a sacar al pueblo de la esclavitud, recibe esta respuesta: “Yo soy el que soy”, es como si dijera: ya lo sabrás a medida en que yo me manifieste por medio de mis obras delante de ti y del pueblo. El hombre no puede ni debe forjarse una imagen de Dios según sus ideas, porque Dios no es como el hombre piensa o imagina, sino como Él es y su ser lo irá mostrando en su actuar, pues tal como es Dios en sí mismo, así mismo se muestra en su actuar hacia lo que no es Él.

Las obras de Dios las podemos resumir en dos: la creación de todo y la redención del todo, y en ambas se muestra tal como es: amor y don al otro. Que la creación es un acto de amor lo demuestra el hecho de que es totalmente innecesaria y gratuita: innecesaria porque Dios no tiene necesidad alguna de crear ya que es todo, y gratuita porque se trata de un acto benevolente de Dios que quiere donarse a lo que crea. Que la redención es acto de amor lo demuestra la absoluta iniciativa divina en toda la obra redentora sin que haya necesitado de ningún reclamo ni ningún mérito de nuestra parte que mereciera, de algún modo, la entrega de Dios al hombre pecador.

En toda la obra de la salvación se da una constante: Dios actúa siempre a través de intermediarios: llama a Abraham para que inicie el camino de la fe, como se sirve de los Patriarcas para mantener viva la seguridad de las promesas; de Moisés, para liberar a su pueblo; de los Jueces para sacarlos de los apuros; de los Profetas para llamar al pueblo a conversión y, finalmente ha habitado entre los hombres, no ya en figura, como antaño, sino tomando personalmente nuestra misma naturaleza. Podía habernos salvado directamente pero no lo ha hecho, ha querido que también el hombre colaborara en la obra de la redención porque nos ama con delicadeza y quiere que seamos coprotagonistas de nuestra salvación. Pide nuestra acogida y respuesta, pues la obra de la salvación no está completa hasta que es asimilada y encarnada en cada uno de nosotros, hasta el punto que Pablo se atreverá a decir: “No soy yo quien vivo sino que es Cristo quien vive en mí”.

Pero, ¿cómo puede ser encarnado Cristo en mí? Cuenta Juan en su evangelio que viendo Jesús junto a su cruz a su madre y al discípulo amado, confía el discípulo a la madre y la madre al discípulo, después de lo cual exclamará: “Todo está consumado”. Es decir, que la obra de Cristo no queda cumplida hasta el momento en que el discípulo acoge a la madre en su casa. Sin embargo, el texto griego no utiliza la palabra oikía (casa) sino eidía que viene a indicar algo propio, de la misma persona. La traducción más adecuada del texto podría ser: “Desde aquel día el discípulo la acogió en sí mismo”, como algo perteneciente a la persona, pues este es el significado del término griego eidía. Quiere esto decir que la salvación obrada por Cristo ha de ser asumida por cada persona como algo que le pertenece y que hace suyo. Como dice el poeta: Si Cristo naciese cien veces en Belén y no nace en ti, tú permaneces perdido para siempre… La cruz del Gólgota no te puede salvar si no es erguida también en ti. En estas cosas no cabe simulación, pues se es cristiano o no se es. O bien la fe impregna todo nuestro tejido interior de modo que podemos actuar según lo que somos verdaderamente, o no es así, sino que el cristianismo queda como un barniz superficial que a la primera exposición a la intemperie desaparece sin dejar apenas rastro.

Resulta, por otro lado, significativo el hecho de que la obra de Cristo quede consumada sólo después de que el discípulo acoge a la madre en sí mismo, ya que Cristo, fiel al obrar de Dios, actúa siempre por medio de otros: la Iglesia, en este caso. En efecto, nadie puede tener al hijo si la madre no lo entrega; nadie puede tener a Cristo si la Iglesia no lo da, pues es ella la que lo gesta, después de haber sido fecundada por el Espíritu; ella la que lo da a luz, la que lo predica y la que lo entrega a los hombres. Cristo viene al encuentro del hombre a través de la Iglesia que lo presenta, como María a Isabel para que sea acogido y la alegría visite nuestra casa. ¿De qué otro modo podría ser si este es el actuar de Dios, salvo raras excepciones? Incluso el encuentro de Jesús perseguido con Saulo el perseguidor tuvo por referencia la mediación de Esteban, el cual, con su muerte semejante a Cristo, llamó a la conversión al joven fariseo que, si bien se resistió durante algún tiempo, acabó por ceder, ya que el impacto de la muerte de Esteban estaba desmoronando por dentro sus fanáticas convicciones fariseas.

Sin la mediación de la Iglesia no se puede tener a Cristo, puesto que es la Iglesia la que lo ha gestado y dado a luz, la que lo predica y lo presenta a los hombres a fin de que pueda ser acogido e irrumpa en nosotros la Vida. La fe tiene necesariamente una dimensión eclesial porque la recibimos de la Iglesia y porque nos introduce en el Pueblo de Dios y nos inserta en el Cuerpo de Cristo que es la misma Iglesia. En ella y por ella podemos hacer nuestra la salvación obrada por Cristo y acoger a Cristo en nosotros mismos de modo que nuestra vida sea la de Cristo, nuestros deseos, los suyos; su muerte, la nuestra; su resurrección, nuestra resurrección y nuestra también su glorificación. De este modo queda consumada en nosotros su obra de salvación, desde el momento en que somos constituidos hermanos con Él, partícipes de su misma suerte porque, entre otras cosas, hemos sido engendrados por el mismo Padre: el Espíritu santo y nacido de la misma madre: la Iglesia.

No podía ser de otro modo pues el don del Amor, que es Dios, lleva consigo la respuesta del hombre. Se trata de la respuesta de la esposa que, movida por la gracia llama con el Espíritu y grita: “¡Ven!”. La esposa que ante el ofrecimiento de Dios por medio del ángel responde: “Hágase en mí según tu palabra”, imagen de la fe que movida por el amor acepta pacientemente que la obra de Dios se realice en ella. La respuesta de María en la anunciación representa el sí del hombre a la alianza, un sí predestinado por Dios desde antes de la fundación del mundo y preparado a lo largo de toda la historia de Israel. Por ello, María está plenamente inserta en la historia de la salvación y en el misterio de la Iglesia, como la respuesta modélica del hombre a Dios en la fe y el amor. María está, pues, en el corazón mismo de la cristología ya que Cristo no se entiende sin María. Si el Amor de Dios no hubiese sido derramado en el vientre de María no hubiese podido llegar hasta nosotros ya que a la acción de Dios debe corresponder un dejarse hacer de la criatura. Lo podemos ver en el conjunto de la historia de la salvación que nos relata la Biblia; en ella se da una constante entrega de Dios por su palabra y la respuesta del hombre por medio de la fe; una fe como fiat servicial que deja obrar a Dios, que acoge el misterio del amor que se derrama en nuestra historia. Desde Abraham hasta María al ofrecimiento de Dios ha seguido la respuesta de la criatura. Hay una mutua ordenación de la Biblia y de la Iglesia. La Biblia no es sino la respuesta de Israel-Iglesia a la iniciativa del don libre de Dios. No se puede entender una sin la otra. La criatura humana ha sido pensada y amasada por Dios con vistas a poder responder al amor, al hacerla consciente y libre para poder acoger y responder al amor. El ser humano es en cuanto que ha sido llamado por el Amor y se realiza a sí mismo en tanto en cuanto responde aceptando la llamada. Así pues, la obra de salvación del Padre, realizada por Cristo y culminada por el Espíritu se consuma en el momento en el que el discípulo acoge dentro de su espíritu a la madre que nos entrega a Cristo.

Ramón Domínguez

Para las reflexiones de este último apartado cf. HANS URS VON BALTHASAR, Sólo el amor es digno de fe, Salamanca 2004, 79-84.

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