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Tomás Moro, un árbol plantado junto a corrientes de agua 

Santo Tomás Moro es un modelo creíble e imitable, un estímulo para todos; su ejemplo nos puede ayudar en la fascinante tarea de construir esta sociedad de la que somos protagonistas. Mostró con su vida y, muy particularmente, con su trágica muerte, su fidelidad a la Iglesia, la obediencia a su propia conciencia, y la lucha de la libertad individual frente al poder organizado.

Patrono de los políticos, el mensaje fundamental de Tomás Moro a los hombres de gobierno es la lección de la huída del éxito y del consenso fáciles cuando ponen en entredicho la fidelidad a los principios irrenunciables, de los que dependen la dignidad del hombre y la justicia.

Moro es el hombre del que decía Erasmo -su gran amigo- que había sido “creado para la amistad”, de lo cual dio amplias muestras de cariño por su mujer y sus hijos. Estuvo casado dos veces; conoció el amor apasionado de Jane, la primera mujer, o el más reposado de Alice, la segunda. Y en una época en la que se hablaba menos que ahora de la igualdad y la dignidad de la mujer.

Su influencia social y política es enorme. Considerado como uno de los fundadores de la ciencia jurídica de la Common Law inglesa, en 1504 fue elegido por primera vez para el Parlamento. Enrique VIII lo nombró representante de la corona en la capital, abriéndole así una brillante carrera en la administración pública. En 1523 llegó a ser presidente de la Cámara de los Comunes. En 1529, en un momento de crisis política y económica del país, el rey le nombró Canciller del Reino. Fue el primer laico en ocupar este puesto en varios siglos. Su labor hubiera sido más grata si el príncipe a quien tuvo que servir no hubiera sido Enrique VIII.

“buen servidor del rey, pero primero de Dios”

Enrique VIII había sido nombrado por el Papa Clemente VII “Defensor de la fe” por haber escrito un libro en defensa de los sacramentos y en contra de Lutero, pero al enamorarse y encapricharse de Ana Bolena, el Rey solicitó al Pontífice la anulación de su matrimonio con la hija de los Reyes Católicos, Catalina de Aragón, con la que, además, no había logrado tener descendencia. Al no obtener esta anulación, Enrique VIII impone a los Comunes y a la jerarquía de la Iglesia la separación de Roma y el origen de la Iglesia Anglicana, declarándose a sí mismo cabeza de esta Iglesia.

Los felices días de la familia de Santo Tomás terminaron con estos hechos. Así pues, Moro se vio prácticamente solo frente al poder y frente a la actividad de las doctrinas protestantes. Tras un juicio inicuo, fue encarcelado en la Torre de Londres el año 1534. Durante sus quince meses de prisión fue sometido a diversas formas de presión psicológica, pero no se dejó vencer, convencido que prestar el juramento que se le exigía, hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno al despotismo.
Se ha dicho que a Moro le condenó la tiranía de un rey, a pesar de que, como el mejor abogado de la Inglaterra de su tiempo, hizo todo lo políticamente posible para no ser mártir; todo menos sacrificar su conciencia y poner al Rey por encima de Dios. Otros dirigentes europeos, como el Papa o el rey Carlos I de España y V de Alemania, quien veía en él al mejor pensador del momento, presionaron para que se le perdonara la vida y se la conmutara por cadena perpetua o destierro, pero no lograron esos fines. Antes de subir al patíbulo, como finalmente haría con tranquila resignación el 6 de julio de 1535, escribió a su hija desde la cárcel: “Aunque estoy convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes de prestar juramento en contra de mi conciencia”.
Hasta sus últimos instantes mantuvo su sentido del humor, confiando plenamente en el Dios misericordioso que le recibiría al cruzar el umbral de la muerte. Mientras subía al cadalso le dijo al verdugo que si le podía ayudar a subir porque para bajar ya sabría valérselas él mismo. Finalmente, dirigiéndose a los presentes dijo que moría siendo el buen siervo del Rey, pero primero de Dios. Nada más rodar su cabeza, el pueblo lo aclamó como santo.

la integridad moral por encima de la convenciencia política

La fascinante personalidad del santo inglés explica que creyentes y no creyentes suscribieran la petición, acogida por Juan Pablo II, para proclamarlo Patrono de los Gobernantes y políticos, hecho llevado a cabo en el año 2000. Un párrafo de la carta enviada a Su Santidad con esta petición dice lo siguiente: “… por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana”.

La personalidad de Moro armoniza la flexibilidad de su pensamiento junto a la intransigencia santa a lo que no es opinable; algo propio de un hombre culto atravesado por el deseo de dar gloria a Dios. Cumplió con ejemplaridad los deberes que llevaba consigo la virtud de la piedad hacia la patria, sin ceder ni un ápice en los derechos de Dios. Peter Berglar ha comparado la obra de Moro y, en concreto, “Utopía”, con el mundo misterioso de los relatos de Tolkien, en especial, “El Señor de los Anillos”, con toda su carga de símbolos de contenido cristiano que abren al lector un amplio abanico de sugerencias.

La confrontación entre conciencia y ley es una batalla que no ha terminado, incluso podríamos afirmar que se ha agudizado en la época actual, de tal modo que es evidente que los parlamentos legislan cada vez más sobre cuestiones implicadas en la conciencia individual. Parece que hay que adaptarse a una moral de Estado, incluso a la ideología de un gobierno, y su observancia se exige con la coacción de lo jurídico.

De ahí la necesidad y la posibilidad de que exista y se respete la objeción de conciencia. La objeción presupone que el Estado reconoce instancias normativas que el ordenamiento jurídico debe respetar, son distintas y, en cierto modo, superiores al derecho estatal. En el fondo, el Estado moderno quiere transformarse, en feliz expresión de Bertolino, de Estado de derecho en Estado de derechos. La figura de Santo Tomás Moro es y será siempre reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana.

una película para todas las épocas

La película “Un hombre para la eternidad” de Fred Zinnemann que se estrenó en 1966, recibió seis premios Oscar y en ella se narra los acontecimientos finales de la vida de Santo Tomás. Se retrata la corte británica de la mitad del siglo XVI, el factor económico desde el trono, la angustiosa envidia desde Cromwell; las causas y condiciones de la escisión de la Iglesia Católica de ese reino y el nacimiento del anglicanismo.

Aparece la realidad y las consecuencias de temas decisivos como el soborno, la autoestima, la fidelidad a uno mismo, la traición, la mentira, la corrupción del poder totalitario, la defensa de la verdad, la intromisión de las leyes en la intimidad del ser humano, la libertad, la renuncia libre de los honores por ago más valioso, la objeción de conciencia, del derecho al silencio. De esa red de contrastes destaca un auténtico canto al honor, a la gallardía y a la coherencia encarnado en el personaje de Sir Thomas Moro, que Paul Scofield refleja a la perfección; son excelentes los actores secundarios, sobre todo Robert Shaw como Enrique VIII.

Junto con la ambientación histórica, la fotografía y el vestuario son elogiables.
Hay una sobriedad narrativa y visual que despejan de lo secundario y muestran al protagonista tal como fue: destacado personaje, hombre muy próximo al corazón, a la sensibilidad y al intelecto de un monarca a cuya formación había contribuido decisivamente.

Además, toda la película está salpicada de réplicas muy interesantes. Así, se recoge la escena en que a la pregunta de su esposa de por qué se opone al Rey, Moro responde: “Porque no puedo hacer otra cosa”. O, también, cuando el duque de Norfolk intenta convencer al protagonista alegando que corresponde a la aristocracia ser arrogante y no a un sencillo abogado. Moro le responde: “La nobleza de Inglaterra se hubiera puesto a roncar al oír el Sermón de la Montaña. En cambio, trabaja con incansable ahínco por el pedigree de un bulldog”.

Con el paso de los años, la película, quizás haya perdido el ritmo, la cadencia, pero aún así, vale la pena recordarla, verla de nuevo o, incluso, descubrirla.

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