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Trabajamos para que nuestro mundo sea generoso 
14 de Enero
Por Miguel Iborra Viciana

En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea (San Marcos 1, 21-28).

COMENTARIO

Rodeado ya de unos discípulos, Jesús emprende una intensa actividad, entrando en relación con la muchedumbre.

En la sinagoga la enseñanza de Jesús se ve ratificada por su acción. Ambos aspectos de su ministerio, indisolublemente unidos, llevan una marca inconfundible, autoridad. Jesús posee la autoridad y el poder de quien, anunciando la llegada del reino de Dios, la hace realidad.

Su predicación es diferente, no repite lo que otros han dicho, por ello aquel espíritu al que Jesús ordena que se vaya, aunque se resiste al principio termina por abandonar y dejar que entre la luz en aquel hombre alejado de Dios.    ¿Cuántas personas vivimos hoy como aquel hombre poseído? Alejados de la palabra de Dios, dejando que habite en nosotros la oscuridad, la falta de amor, el desapego a la verdad… Apegados a mil cosas que nos atan y no nos hacen felices sino esclavos.

Pero cuando conocemos a Jesús, descubrimos en Él su poder curativo, nos dejamos invadir  por su amor y nos liberamos de todas las ataduras superfluas que nos buscamos para sentir seguridad. El poder y el amor que Jesús nos demuestra hacen que nos liberemos de todo aquello que nos oprime y no nos deja crecer como hijos de Dios libres y responsables.  Nos sentimos curados vivimos de otra forma,  más humana, más acogedora, más cercana, nos hacemos más bondadosos, perdonamos con amor y trabajamos para que nuestro entorno, nuestro mundo sea más solidario, más generoso. Dejamos que la Luz inunde cada rincón, para que no haya ninguna persona que viva la esclavitud de la oscuridad.

El estilo de Jesús, que no se basa en la fuerza sino en el carisma, debe ser nuestro modelo de acción.

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