Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, julio 15, 2019
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Transmitir la fe, nuestra fe 

El Decreto Ad Gentes (Sobre la actividad misionera de la Iglesia) firmado por Pablo VI el 7 de diciembre de 1965, en el marco del Concilio Vaticano II, dice que “La razón de esta actividad misional se basa en la voluntad de Dios, que “quiere que todos los hombres sean salvos y vengas al conocimiento de la verdad, porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos”, “y en ningún otro hay salvación”. Es, pues, necesario que todos se conviertan a Él, una vez conocido por la predicación del Evangelio, y a Él y a la Iglesia, que es su Cuerpo, se incorporen por el bautismo”  (Ad Gentes, 7). De aquí que propagar la Fe sea, es, en esencia, el mandato dado por Dios a través de Cristo cuando éste envió a sus apóstoles a difundir la Buena Noticia por el mundo entonces conocido. Desde entonces esa propagación ha devenido hermoso fruto de amor y de esperanza para muchos pueblos que ignoraban, siquiera, la existencia de Cristo, la verdad de Dios y lo que, en realidad, podían alcanzar con ese conocimiento para sus vidas.

No debemos olvidar que la especial misión encomendada por Cristo sigue, aún, en vigor y, por lo tanto, no cabe desmayar en ese mensaje de difusión de la doctrina de Cristo que es, por eso mismo, voluntad de Dios. Por eso cabe recordar que hoy día, teniendo en cuenta la difusión de ideologías tendentes a hacer olvidar la Fe, todas ellas de carácter relativista y nihilista, nuestra obligación es no olvidar, so pena de caer en la desesperación más grande, que la obligación primera de todo católico es dar ejemplo de que lo es. Ese ejemplo también se extiende, mundialmente hablando, aunque sin olvidar nuestro inmediato entorno (familia, conocidos, trabajo, etc.) ese propagar, ese decir, con los medios de hoy (recordar, aquí, las palabras del Padre Alberione, fundador de la familia Paulina ha de ser importante:  “Hay que acercar el Evangelio a los hombres de hoy con los medios de hoy”)  que Dios está aquí y que no nos olvida ha de ser, así mismo dicho, un gran apoyo ante la desesperación, a veces, del vivir.

Recordar, por otra parte, a San Francisco Javier y a Teresita del Niño Jesús (Patronos de las Misiones, desde que en 1927 Pio XI les otorgara tal título) es acentuar la fuerza espiritual que tiene la transmisión de la fe que Cristo nos entregó. Seguir el  “caminito” de Teresa o la gran ruta de Javier, ambos sostenidos por el amor a Dios y al prójimo, es posibilitar que la Palabra de Dios llegue donde, hasta ahora, es desconocida o, ¡Ay!, donde ha sido olvidada (tan cerca de nosotros mismos…) atrapada por la mundanidad y por las ganas de tener antes que de ser.

Es ahora, ahora mismo, cuando se reclama de nosotros, de la forma que sea más apropiada y adecuada para cada cual, en las circunstancias ordinarias de nuestra vida de hijos de Dios, que arrimemos el hombro en la tarea evangelizadora; es ahora, en el hoy de hoy mismo, cuando se trata de arrebatar a Dios del mundo para sustituirlo por el vacío; es ahora, ahora, cuando se nos pide que demos un paso adelante para que pueda decirse de nosotros que, incluso en las inclemencias espirituales del mundo del siglo XXI, que no tenemos miedo, como muy bien dijera el recién elegido Papa y ahora santo Juan Pablo II.

Al fin y al cabo no se nos reclama nada extraordinario sino, al contrario, algo que debería ser común, lógico, esperable: dar fe de la Fe, aquí y allí. Y a esto bien lo podemos llamar Nueva Evangelización.

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