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Tras las huellas de José 

En medio de un mundo que ha perdido el oriente y se encuentra dividido y confuso en un mar de tinieblas, se hace más necesaria que nunca la luz de los testigos de la fe. De entre todos ellos, sobresale la figura de José de Nazaret, un joven ilusionado y estudioso de las Escrituras que colaboró con María para que llegasen a buen término los planes redentores de Dios. Su gesta, de hondo calado, supera con creces la de su antecesor José de Egipto.

Fue un prodigio salido de las manos de Dios: célibe y, a la vez, casado; virgen y también padre; rey como David y no llevó corona; transmisor de la fe y siempre estuvo callado; siendo el último, llegó a ser el primero; de siervo se convirtió en señor de su Señor; sin derramar simiente, dio el mayor de los frutos. Su casa fue la tierra silvestre donde creció la buena semilla y dio el ciento por uno. No conoció a la Iglesia y, sin embargo, es considerado el primer creyente y su protector universal. Amó en vida con locura a una mujer sin dejar, por ello, de amar a todos. Murió sin descendencia y fue padre de una multitud de pueblos. Ignorado en vida, hoy todos invocan su nombre. Su mismo Hijo hizo de él el mejor de los elogios: “José es el primer hombre de la historia que se hizo eunuco por el Reino de Dios”. Si Jesús hizo de su padre este cumplido, es justo y necesario que dicha alabanza resuene como un memorial perpetuo en toda la Iglesia de generación en generación. El retorno a José es trascendental. Así como antiguamente el Faraón, en un momento crucial de la historia, dio a su pueblo el mandato de “id a José y haced lo que él os diga” (Gn 41,55), de la misma manera, hoy, ante la enorme tragedia por la supervivencia física y moral del Occidente cristiano, se impone una vuelta a José de Nazaret; pues nadie mejor que él, en un mundo donde se enfría la caridad y se agotan los recursos espirituales, brillará como “una lámpara que guíe nuestros pasos, una luz en nuestro sendero” (Sal 118,105). José es el hombre para nuestro tiempo. Ha habido un Concilio, promovido por el Espíritu Santo que ha sido una fuerza de salvación en la casa de Pedro. Gracias a él, la Iglesia de Cristo está viviendo una nueva primavera. Paralelamente, el príncipe de este mundo ha convocado a sus demonios para hacer el contrapeso. Si del primero han salido orientaciones, normas y documentos escritos por el Dedo de la mano de Dios, que vivifican a las comunidades cristianas, del anticoncilio, organizado por los agentes de iniquidad y sus falsos profetas, ha surgido la “cultura de la muerte” que, como nuevos jinetes del Apocalipsis devastan a la humanidad y hacen la guerra a los hijos de Dios. Uno de sus objetivos más definidos ha sido envenenar las fuentes de la vida. Los efectos de la oleada del pansexualismo reductor que nos invade están siendo demoledores. Allí donde llega, no deja piedra sobre piedra. Cuando alcanza al corazón humano, lo desertiza, arrancando cuanto de bueno y santo se ha sembrado en él. Nadie sabe mejor que el diablo que el desorden sexual aleja a los pueblos de Dios.

El retorno a José de Nazaret es trascendental. Su castidad, vivida como un don del cielo, fue en la aurora del Nuevo Testamento una puerta precisa y providencial para la Redención. Hoy día, su presencia y su testimonio se hacen más necesarios que nunca con vista a salvar la civilización cristiana, amenazada seriamente por la cultura de la muerte.

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