Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, junio 26, 2019
  • Siguenos!

Treinta mil jinetes árabes en el horizonte 

San Juan de Acre, Tierra Santa,  1291 d.C.

A pesar de encontrarnos en un recinto insuficiente para albergar a los más de seiscientos caballeros que allí quedábamos, el silencio era total y absoluto. Tan sólo, y muy de vez en cuando, unos ligeros carraspeos, casi mudos, rompían el ambiente de tensa espera. Algún que otro ruido metálico al chocar entre sí alguna de las armas, o el simple roce de éstas con la pesada armadura que portaban todos y cada uno de mis hermanos, hacía que se miraran entre sí, mezcla de miedo y enfado, como si pudieran ser escuchados por un enemigo al que no veían, pero que sentían y sabían muy cercano. Todos sin excepción, como si de un único cuerpo se tratara, esperábamos con ansiedad la entrada del Gran Maestre, Jacques de Molay, para darnos las últimas instrucciones. Quizá el concepto de últimas, ahora mejor que nunca, tenía todo el significado claro de que nuestras vidas estaban pendientes de una última acción. Yo, Xacobo de Griñón, doy fe de ello.

El calor era sofocante. Las bocas secas, la humedad del recinto y el miedo, hacían que las gargantas de los templarios fueran brasas encendidas, aunque mucho peor era la quemazón que sentíamos en nuestros ojos. El ambiente irrespirable por momentos no era motivo para que no persistiéramos en la concentración. Con los músculos tensos, abrazados a lanzas, o sujetando con firmeza la espada, los caballeros parecían ni sentir ni padecer la escasez de agua que refrigerara sus secas gargantas y animara  los miembros  sudorosos, cansados y repletos de heridas ya cicatrizadas, herencia de más de cien batallas en tierra extranjera, la soñada Tierra Santa…

A escasos tiros de piedra de las murallas de la fortaleza Templaria de Acre, último bastión cristiano en tierras de “outremere”, cerca de cien mil infantes y otros treinta mil jinetes árabes se mantenían firmes, a la espera de la señal de ataque frontal contra la muralla más dañada del castillo infiel. Expertos ingenieros, mandados por la mano firme del sultán Al-Ashraf, fueron minando como efectivas termitas los cimientos de las cuatro torres, antes imponentes y aparentemente indestructibles, que coronaban cada esquina de la fortaleza. Cayó cual castillo de naipes sin que se pudiera hacer nada por evitarlo.

Dentro del recinto aún amurallado esperaban mil caballeros templarios, junto a poco más de mil soldados, incluidos jóvenes, y también niños, a los que se les había instruido en una elemental táctica de guerra defensiva cuerpo a cuerpo. El noble francés Pierre de Sivry, junto conmigo, nos ocupamos de darles las instrucciones y las armas suficientes para que, al menos, pudieran matar a uno de los sarracenos antes de caer abatidos de muerte. Cuando el templario Pierre dio una última palmada de ánimo a cada mozalbete, no pudo menos de dejar caer unas sinceras lágrimas, más por impotencia que por tristeza. Les estaban guiando a una muerte segura.

Pocos días antes pudieron enviar todos los barcos disponibles a la cercana isla de Chipre. Barcos repletos de mujeres, ancianos y niños, con la confianza de que pudieran llegar sanos y salvos al puerto chipriota de Limassol. La disposición de la fortaleza con dos lados orientados al mar y el tercero de frente al desierto, proporcionaba la posibilidad de poder acercarse, de momento, sin problemas a los barcos que atracaban a la vera del castillo templario.

Otros cuatrocientos caballeros, repartidos por lo poco que quedaba en pie de las murallas, observaban con claro estupor y, por qué no,  miedo el paisaje que tenían delante de sus ojos: una verdadera alfombra compuesta por decenas de miles de sarracenos dispuestos al ataque. Comprobaron cómo iban preparando las catapultas para poder arrojarles el fuego griego, pedruscos y cualquier material que consiguiera erosionar aún más los, hasta hace unos escasos días, inexpugnables muros.

Todos y cada uno de los nobles templarios éramos conscientes de que nosotros, y nadie ni nada más,  éramos el último obstáculo que impedía a los musulmanes ser los amos de toda Tierra Santa. Cuando apenas tres semanas antes nos llegó un correo, en manos de un sargento templario herido de muerte, con las últimas noticias sobre la suerte de la fortaleza de los hermanos Hospitalarios de Krak de los Caballeros, en el interior de Palestina, justo entre Tortosa y Trípoli, también vecinas al mar, comprendimos que el siguiente objetivo de la todopoderosa fuerza del nuevo sultán éramos nosotros, en San Juan de Acre. No nos sorprendió saber que no había habido supervivientes entre las filas hospitalarias. Todos fueron cayendo salvajemente atacados y ejecutados, cual si de animales de corral se tratara. Una breve oración por sus almas y, de forma automática, toda la maquinaria organizativa templaria se puso manos a la obra para esperar el más que seguro inminente ataque.

Los seiscientos caballeros del interior seguíamos esperando, por instrucciones directas del Gran Maestre, encerrados dentro del Templo; armados y listos para soportar el definitivo asalto sarraceno. La intención no era otra que tratar de conseguir que el ataque fuera lo más lineal posible. Los caballeros del exterior, dispuestos en forma de cuña invertida, deberían hacer que la línea imaginaria del ataque se fuera reduciendo en su parte más adelantada para que, conforme avanzara, se fuera estrechando la línea de ataque enemigo. De esa forma los caballeros encerrados  podrían aplacar el empujón sarraceno y conseguir que cada templario pudiera abatir al menos a quince enemigos antes de caer al suelo.

Hasta ahora, no hubo jamás la intentona por parte musulmana de atacar ningún enclave templario si no era con una superioridad de cien a uno. Ni si quiera en su época, Saladino, enemigo, y la vez gran admirador de la fuerza y organización del Temple, osó no cumplir a rajatabla esa premisa previa a cualquier ataque.

Unos metros más allá de donde permanecíamos encerrados los nobles caballeros, Jacques de Molay estaba sentado apoyando sus brazos en la mesa de madera de roble repleta de pergaminos y mapas. Su mirada estaba fija en el comendador de Chipre, el noble de origen inglés, según se decía,  Luth Fertinac, del condado de York. El Gran Maestre no daba crédito a lo que estaba oyendo. Sir Luth le trataba de animar y convencer  diciendo que la mejor manera de salir con éxito y evitar una masacre era ceder todas las riquezas y tesoros del Temple al rey de Francia Felipe el Hermoso. Con esa riqueza estaba dispuesto a crear la última y definitiva cruzada que salvara para siempre  Tierra Santa de las manos de los enemigos de la Iglesia Católica. De hecho ya había conseguido los contactos suficientes con los reinos de Aragón e Inglaterra. Tan sólo bastaba una firma del Gran Maestre en el pergamino que tenía delante para que todo se pusiese en marcha.

De Molay dudaba en su interior. Sabía que por muy rápido que pudiera actuar el comendador, cuando llegaran no habría más que cadáveres por todo San Juan de Acre. Todo dependía de él, del Gran Maestre. Tantos y tantos años de lucha, de oración, de organización, de batallas entabladas por los templarios dependían de que con una simple firma todo fuera a parar a manos ajenas al Temple. Su mente dudaba, mientras su mano derecha acariciaba la empuñadura de su espada. Intentaba rezar, pedir a Dios que le diera luces, pero sin saber por qué, sentía que Dios había abandonado esa habitación. Sólo estaban él, Sir Luth y la decisión que debía tomar de inmediato.

Un ruido de tambores empezó a sonar de forma rítmica, haciendo que los corazones de todos los habitantes de Acre dieran un fuerte vuelco dentro de sus pechos. Mis hermanos caballeros dispuestos en el exterior vieron como la alfombra humana empezaba a tomar vida, acercándose lentamente hacia las murallas.

Añadir comentario