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Tu carne y sangre son nuestras (II) 

Y así vivimos: en una tienda de campaña, de camino hacia la conquista de un anhelo que nos es especial; somos ese deseo dentro de una carne y sangre concretas: cada uno vivimos dentro de nosotros, siendo el envoltorio sustancia nuestra. ¡Qué cosas!

Itinera la humanidad entera por el desierto de la Historia, subiendo y bajando dunas, buscando un último y definitivo oasis.

Leemos en 2Co 5,1-2 que, teniendo una mansión terrena que se deshace, Dios nos tiene preparada “una sólida casa, no hecha por mano de hombre, eterna, en los cielos”. Un poco antes había escrito San Pablo que nuestros cuerpos son vasos de barro en los que porteamos un tesoro incalculable de gracia y de gloria (cfr. 2Co 4,7). Curiosamente, esta tienda (“skene”, en el texto griego) es a la vez vestido que cubre nuestras desnudeces (cfr. 2Co 5,3-4). Y bien que quisiéramos nosotros, oprimidos y agobiados como caminamos, que dicha tienda o vestido no hubieran de ser destruidos totalmente al final, sino transformados, “absorbidos por la vida” (v. 4).

Una vez más la paradoja vive asentada en nosotros, no circunstancialmente: deseamos de todo corazón una casa y un vestido de verdad consistentes, a la par que vemos cómo nos desgastamos y nos raemos.

Algo dentro de nosotros nos advierte que esta confrontación entre anhelo y experiencia van para largo. Lo que, en el orden moral, ocurre con la ley de los miembros, ocurre ahora en el ontológico y se manifiesta emocional y psíquicamente. Seguro que la raíz del sentimiento de agobio profundo y de la desesperanza profunda es esto mismo: el ser paradójicos no podemos evitarlo.

Pero ¿de verdad no podemos? ¿No tiene este callejón una salida, una escapatoria?

“Dios mismo nos ha dado las armas del Espíritu”, con las que podemos tener confianza y la osadía de acabar finalmente cabe el Señor, que es como no acabar nunca (“endemesai proston kirion”) (2Co 5,5.8). En la Carta a los Hebreos hay una expresión de extraordinaria fuerza en orden a lo que estamos tratando: “Cristo es Hijo sobre su propia casa —no como lo fue Moisés sobre la suya, de la que no era más que un criado—; esta casa somos nosotros” (Hb 3, 6a; conviene ver desde el 1 al 6).

¡Nosotros somos la casa de Cristo; es decir, el Templo del Espíritu Santo, cuyas arras tenemos! Y añade el texto a los Hebreos: “con tal que mantengamos hasta el fin la confianza y el orgullo de la esperanza” (v. 6b). Y esto es así porque “hemos sido salvados por la esperanza” (Rm 8,24), la cual sabemos “que no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5). De modo que si nuestra carne nos mete en un callejón sin salida, si esta casa en que vivimos, al mismo tiempo que se desmorona grita su deseo de eternidad, Dios fabricante de todas las cosas, nos ha dado en Cristo Jesús un restaurador y arreglador de casas. Y las arregla de tal manera que ya perdurarán para siempre.

Jesús es el Hijo de Dios, en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad (Col 2,9). Y era carpintero. Marcos dice “tékton”, esto es, uno que trabaja con sus manos la madera, el hierro y la piedra; quizá fuera un artesano muy completo (cfr. Mc 6,3). Por estas dos cosas que Jesús era, sus mismos paisanos de Nazaret se preguntaba acerca de Él: “¿De dónde saca ‘tales poderes’ (milagros) obrados por sus manos?” (Mc 6,2).

Aquí está la respuesta de Dios a la situación de paradoja sin escapatoria: un hombre que repara con sus propias manos nuestra casa, nuestra raída tienda. Jesús tallaba o labraba piedras, reparaba muros, puertas, ventanas, hoces, etc. antes de poner las manos sobre los enfermos y sanarlos (Lc 4,40). ¡Aquellas manos!

Hoy también pone el Señor sus manos en nuestra carne: por su Espíritu Santo y por su cuerpo que es la Iglesia.

El punto capital de cuanto llevamos dicho es que “tenemos un Sumo Sacerdote tal que se sentó a la diestra del trono de la Majestad de los Cielos, al servicio del Santuario y de la Tienda verdadera, erigida por el Señor, no por el hombre” (Hb 8,1-2).

Tal tienda es el cielo, nuestra casa definitiva, nuestra carne resucitada por la de Jesús, que no conoció la corrupción del sepulcro (Hch 2,22-36) y sí ofreció al Padre “para hacer su voluntad” en lugar de los sacrificios y holocaustos, que Dios ya no aceptaba (Sal 40,8ss). Ahora, en la encarnadura temporal de su Cuerpo, la Iglesia, sigue a su través tocándonos y sanándonos.

Nosotros sabemos bien por nuestro diario vivir que la carne tiende a las cosas carnales, como espíritu busca las espirituales (Rm 7,5). ¿Quién no confirmaría con la suya propia la experiencia de Pablo de que el apetito de la carne deja un sedimento de muerte, que es enemistad con Dios y rebeldía frente a su Ley, así como la apetencia del espíritu es vida y paz?

El mismo Señor soportó, en algún modo, esta contradicción para que nosotros no desfallezcamos en el combate contra el pecado, aun en el caso de que nos cueste la sangre (Hb 12,3-4).

Jesús sí dio su sangre. Y también nos dio su testamento en Rm 8,1-13. Desde que Dios envió a su Hijo en una carne semejante a la del pecado y condenó el pecado en la carne, ya no estamos sometidos a la tiránica necesidad de obrar según la carne, sino que estamos habitados por el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, y vivimos seguros con la esperanza de que Aquel mismo dará vida a nuestros cuerpos mortales por su Espíritu.

¿Qué queda, pues, por decir?

Dos cosas se me ocurren. La primera repetir con Job y el Salmista que nuestro Redentor está vivo, y que al final se levantará del polvo; después con nuestra piel nos cubrirá de nuevo, y con nuestra carne veremos a Dios (cfr. Jb 19,25-26), porque sobre nuestros huesos pelados y quebrantados (cfr. Sal 50, 10), que son la “entera casa de la humanidad”, será infundido el Espíritu de Dios, venido de los cuatro vientos y los vivificará (cfr. Ez 37,9-14). Y la segunda: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron” (Lc 11,27).

“María, tú sí que has elegido la parte buena” (Lc 10,12), dándonos la Vida en carne y sangre como las nuestras. Mirándote a ti, toda belleza y pureza en un cuerpo inmaculado, nuestro ser entero respira con alivio y nos atrevemos a decir al Señor: “Míranos, Señor Jesús, que hueso tuyo y carne tuya somos nosotros” (2S 5,1).

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