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“Tú das alegría a mi corazón” 

Ser cristiano no es cumplir unas leyes morales concretas, sino tener una forma de ser, de obrar y de manifestarse en el mundo que está determinada por la fe, la esperanza y el amor, las tres virtudes que lo definen. ¡Ay, si comprendiésemos bien lo que significa tener fe en la palabra de Dios, esperar en sus promesas y orientar la vida en el amor al prójimo…! El hecho de que el mismo Dios se haya hecho hombre, haya muerto en la cruz y resucitado por el hombre nos capacita para creer en la Verdad, esperar en el Bien y amar en el Amor. Nadie puede presentar tan fuertes razones para una visión positiva de la vida.
Sin embargo, el drama de nuestra sociedad es haber perdido el sentido de la vida al perder la fe religiosa, y precisamente ese vacío existencial se encuentra en el fondo de las tendencias negativas y destructivas que vemos en nuestro tiempo. Los cristianos, puesto que formamos parte de esta sociedad, también podemos acusar las consecuencias de este mal: la enfermedad de la tristeza y de la depresión es una especie de epidemia que nos afecta a todos. Los “hijos de la luz” ( Lc 16, 8 ) se sienten como extranjeros en “el reino de las tinieblas” ( Lc 22, 53 ), y es fácil caer en la tentación del pesimismo y del desánimo.
Pero es la fe, la vida de fe, la que debe impedir que sucumbamos a esta tentación para elevar nuestra mirada. No cabe esperar que triunfe la Verdad sobre las tinieblas del mundo – la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la han reconocido (Jn 1, 5)-, pero sí debemos tener el convencimiento y la seguridad de que esa Luz nunca desaparecerá; continuará brillando, por encima de las tinieblas, como respuesta a nuestras dudas y guía de nuestro caminar. Conocer la Verdad que ilumina, que consuela y que salva es la mayor gracia. Por eso, la fe es una vivencia esencialmente positiva. Los grandes convertidos son el ejemplo: la inefable alegría de conocer la Verdad – como Pablo, Agustín, Pascal, entre otros – transformó en positivo sus vidas.
Si la fe nos hace superar el mal de la mentira adhiriéndonos a la Verdad, la esperanza nos hace superar los desánimos de la vida poniendo nuestra mirada en el horizonte luminoso del Bien final. La vida se vive siempre hacia delante, hacia el futuro que deseamos y que preparamos, y en esto consiste la ilusión. El hombre es el ser de las ilusiones, sin ellas no podría vivir, y en este sentido cabe decir que es positivo por naturaleza; la esperanza de conseguir determinados objetivos le hace superar las dificultades y los problemas, le da fuerzas y energías en sus trabajos, le sostiene el corazón.
El cristiano tiene las ilusiones propias de los hombres, pero hoy corre un serio peligro de caer en la tentación de la desesperanza cuando reflexiona sobre el mal moral en el mundo y la situación de la Iglesia en él. El progreso en el bienestar material y en los derechos humanos, que es innegable, es paralelo al progreso en la decadencia moral de las costumbres. Y algo parecido sucede con la Iglesia. Humanamente hablando, el Reino de Dios encuentra cada vez más dificultades para progresar en el reino de este mundo. Desgraciadamente, Dios no es una cuestión que interesa a la mayoría de los hombres de hoy, que viven como si no existiera.
Pero tenemos activa nuestra esperanza: Cristo ha resucitado. Los dos grandes males del hombre, el pecado y la muerte, han sido vencidos por el mismo Dios hecho hombre. En los momentos de desánimo debemos escuchar al Señor, que nos dice: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe ?” (Mt 8, 26). Estamos convencidos de que la semilla del bien siempre fructifica, y de que Dios, que es el Bien, está presente en medio del mal. Pues así nos lo recuerda San Pablo, en virtud de la gracia que le es dada: “No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” ( Rom 12, 21 ).

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