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Tú eres el Hijo de Dios 
5 de Septiembre
Por Ramón Domínguez

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. El, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban:
–Tú eres el Hijo de Dios.
Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
Al hacerse de día, salió a un lugar solitario.
La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese.
Pero él les dijo:
–También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado. 
Y predicaba en las sinagogas de Judea (San Lucas 4,38-44).

COMENTARIO

Comienza Jesús la vida pública anunciando a todas las gentes el advenimiento del Reino de Dios y la salvación para cuantos acojan su palabra de vida. Este anuncio viene acompañado por una serie de signos que muestran su eficacia salvífica.

Aquel sábado, al salir de la sinagoga y llegar a casa de Simón, cura a su suegra, postrada en cama con fiebre, y hace lo propio con cuantos enfermos acuden o son llevados a su presencia. La enfermedad es signo de nuestra debilidad, así como de nuestra condición pecadora, por lo que su curación a través de la palabra de Jesús, manifiesta al mismo tiempo, la sanación del cuerpo y la recuperación del espíritu.

Pero llama la atención el trato que tiene Jesús con los demonios. Los expulsa y no les deja hablar. En verdad la acción del demonio consiste en hablar tergiversando la palabra de Dios, como hizo ya con Eva, e intento con Jesus en el desierto. Es su especialidad. Dios habla constantemente con el hombre a través de los acontecimientos de la vida. Todo es gracia y está en función de nuestra salvación, aunque, a veces, algunos acontecimientos no son de nuestro agrado, por ello, el demonio tomando ocasión de los mismos nos los interpreta haciéndonos creer que en la enfermedad, el fracaso, las injusticias recibidas, etc…, Dios no se acuerda de nosotros; siembra la duda en nuestro corazón para que no experimentemos el amor de Dios y nos revelemos contra la historia que nos ha preparado. Pero Jesús sabe que todo es para bien, por ello, la única postura válida ante la locuacidad del demonio es hacerle callar. No se pueden prestar oídos al mentiroso, sino, como hace Jesús, conminarle y hacerle callar. Es lo que hizo con el endemoniado de la sinagoga: “¡cállate y sal de él!” Y podemos estar seguros, el demonio se calla.

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