Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, agosto 19, 2019
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Tú eres Pedro 

Me imagino a Pedro como un hombre rudo, de pocas palabras pero auténtico; un hombre, como se suele decir, de una pieza, sin fisuras. Andrés, su hermano, encontró primero a Jesús y enseguida se lo presentó. Jesús leyó dentro de Pedro como en un libro abierto y contempló toda su debilidad, su cobardía, pero también vio un corazón como el del rey David, grato a Dios.

Jesús le puso un nombre nuevo: Cefas o Piedra, sobre la cual edificaría su Iglesia. Un nombre nuevo para una creación nueva. Pedro fue puesto a prueba, en las negaciones, para conocerse a sí mismo y experimentar su debilidad, pero no tiró la toalla, se levantó de sus cenizas arrepentido hasta la médula, lloró, y al sentirse perdonado se aquilató su fe. Jesús, que ha venido a llamar a los pecadores se fía de un hombre débil y canaliza sus impulsos para confirmarlo en la verdad.

Pedro-Piedra será la cabeza de la Iglesia naciente. Pedro es como un diamante en bruto, que se irá puliendo hasta sacar todo el brillo de sus distintas facetas. Cuando Jesús les hace esta pregunta a los discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mt 16,15), aparece el hombre que se deja guiar dócilmente por el Espíritu y reconoce en la humanidad de Cristo la divinidad: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo” (Mt 16,16). Ante esta rotunda afirmación que ningún otro discípulo ha sido capaz de proclamar, Jesús se rinde. Sabe que puede fiarse de él. Será la cabeza visible de la Iglesia, esposa de Cristo, que aunque envuelta en debilidades se irá purificando hasta llegar a ser la esposa sin mancha ni arruga que nos muestra el libro del Apocalipsis.

Pedro será consecuente con el honor recibido de ser el primero entre los apóstoles y sufrirá el martirio en la cruz como su amado Maestro. Sobre esta insigne piedra estamos edificados los cristianos. Somos herederos de tan rico patrimonio.

Isabel Rodríguez de Vera

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