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Tu fe te ha salvado 
Por Alfonso V. Carrascosa

«Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Al verlos, les dijo: “ld a presentaros a los sacerdotes”. Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”. Y le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”». (Lc 17,11-19)


Es muy difícil no sentirse retratado por el Evangelio de hoy. Cristo va en camino a Jerusalén —siendo Él el Camino—, ciudad santa que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados, rodeada de mendigos, de enfermos, de leprosos que no deben acercarse, ni entrar, por impuros, para no ensuciar la ciudad y su templo.

Recuerdo a San José María Escrivá que decía: “Cuando escuches el Evangelio, contempla la escena e intenta identificarte con alguno de sus personajes”. En el de hoy me identifico con los leprosos; soy uno de la Iglesia de toda la vida… que tuvo su primer encuentro con Dios en el lugar más magnífico que se imagine: en casa, en la  familia, con los padres. Desde entonces a acá, diría que el segundo encuentro fuerte fue al recibir la predicación del kerygma.  Yo que pensaba sabérmelo todo, resulta que no conocía lo fundamental; lo había oído pero no escuchado: “Dios te ama y ha enviado a su hijo Jesucristo para tu salvación, que ha entrado en la muerte para que tú no la padezcas, y ha resucitado, subido al cielo y enviándote el Espíritu Santo”. A partir de aquí descubrí la relación de mi vida con el Antiguo Testamento —Cristo, Palabra de Dios— y pude así entender el Nuevo, y conocer a Dios como Abbá (Papá), porque “…nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo..”..

Por eso sé que soy leproso, y que mi persona se pudre por el pecado que habita en mí: mi criterio, mis conceptos, mis concupiscencias… Y grito con estos diez leprosos: ¡Jesús, Hijo de David, ten  piedad de mí!, y Él se para, y me besa, y me cura, porque Él me quiere… y me manda ir a los sacerdotes. ¿Quiénes son hoy para mí los sacerdotes? Aquellos que no conocen que el Reino de Dios ha llegado en Jesucristo, que tiene Poder sobre el pecado del mundo.

Me manda evangelizar en el Año de la Fe. ¿Iré? ¿Dejaré que el Espíritu habite en mí? ¿Querré ser curado de mi lepra? ¿Diré a otros quién es el que puede curarles, porque me ha curado a mí? Tal vez sí, si es que reconozco mi condición de samaritano, de no merecer ser curado, de pertenecer al grupo de aquellos tenidos por idólatras por lo que verdaderamente son, y no como yo, que me creo alguien.

Finalmente es el samaritano, contra todo pronóstico, el que devuelve la Gloria a Dios. “¡Shemá Israel…!” ocupa el primer lugar. Y Dios mismo le habla, y le dice que su fe le ha salvado. Que también nos salve la nuestra en este Año de la Fe,  y dando Gloria a Dios, digamos todo lo que su Amor ha hecho en nosotros.

Alfonso V. Carrascosa
Científico en el CSIC 

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