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Tú me haces tocar el cielo 
24 de febrero
Por Ángel Pérez Martín

«En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se calan de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabia lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle”. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que hablan visto». (Lc 9, 28b-36)


Bueno, pues vamos a intentar hacer doméstico este acontecimiento que nos puede parecer tan extraordinario que se nos aleje de nuestro día a día. Todos aquellos al que el Señor llama, comenzando por los apóstoles, vivimos con la duda, como una espada encima de nuestra cabeza. Hasta Juan, estando en la cárcel, envía a sus discípulos a averiguar si verdaderamente Jesús era el Mesías. Esta es una palabra que viene a confirmarnos que Jesús es el Hijo de Dios. Que Él es la puerta del cielo. Que ha venido a confirmar toda tu historia y la mía, y a demostrar que, como dice el Génesis: “Todo está bien hecho”

Pero adentrémonos en la sabiduría profunda que contiene esta Palabra. Fijaos una cosa, el Señor, para encontrarse contigo necesita dos cosas principales: que subas a la montaña y la oración. ¿Por qué el Señor siempre emplaza al hombre a encontrarse con Él en un monte? Subir implica hacer un esfuerzo, significa inseguridad por el peligro que implica la altura, significa incertidumbre porque no tienes asegurado el camino, ni controlas los cambios meteorológicos. El hombre de la carne busca la llanura, la comodidad, la vida burguesa, para construir una torre y asegurarse el futuro, en definitiva, el control de su vida. El Señor siempre llama al hombre para encontrarse con él en un monte: el Sinaí, el monte Moria, el Horeb, Tabor, el Gólgota, etc. Todos ellos representan acontecimientos históricos importantes de encuentro de Dios con el hombre.  La oración, la meditación, el silencio, la profundización, la entrega, el reconocimiento de Dios como único Señor de nuestra vida son necesarios para que este encuentro nos convierta de tal forma, que nuestro rostro sea un reflejo de la resurrección de Cristo. Jesús, cada vez que tenía que realizar alguna obra importante, o cada vez que intentaban hacerle rey o convertirle en un personaje social o político, inmediatamente se retiraba a orar.

Pues bien, decía,  que necesitamos obedecer a la Palabra del Señor que nos llama a salir de nuestra comodidad y allevar una vida de oración, para que tengamos esa seguridad que buscamos tantas veces de que Jesús es laVerdad que necesitamos para vivir. Y si hacemos esto ¿qué obtendremos? Tocar el cielo y desearlo. San Pablo no ha tenido exteriormente esta experiencia de la Transfiguración, pero sí la ha vivido, y por eso dirá:

“Conforme a lo que aguardo y espero, que en modo alguno seré confundido; antes bien, que con plena seguridad, ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger… Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor”.

Esta es la experiencia de aquel que sigue a Jesucristo al monte y vive de la oración: llenarse de Él, que es uno con el Padre; porque Moisés y Elías, que representan toda la historia del pueblo de Israel, también tuvieron línea directa con el Todopoderoso, y Jesús es declarado el verdadero Hijo, el escogido. Ese “Escucha” que le fue regalado al pueblo de Israel en el Sinaí al recibir la ley, se nos concede a nosotros en Jesucristo. Escucha a Jesucristo y vivirás, porque Él es la ley y los profetas, que se da de forma gratuita a todo hombre que tenga una disposición de escucha, de aceptación de su persona como Señor de su vida.

Pero el Señor nos concede esta experiencia en medio de la nube, en medio del sueño, para que el demonio no interprete los acontecimientos y caigamos en la mentira de que tenemos todo conseguido, que somos buenos, que nos lo merecemos. Era la actitud de los fariseos; habían hecho suya la ley que Dios les había regalado como un don maravilloso. Ellos la habían convertido en una obligación, en su verdad, en una moral obligatoria conseguida con esfuerzo. Todo esto se convirtió en una venda que no les permitió reconocer al Mesías.

Necesitamos tener esta experiencia de la transfiguración en otro monte, en el Gólgota. Es decir, experimentar con Jesucristo, en la cruz, que es el elegido para destruir la muerte; que tiene poder de liberarnos de nuestra muerte de cada día, de nuestros miedos y devolvernos así la libertad que nos ha arrebatado el demonio.

Jesús va con nosotros a ese monte al que solos no podemos ir, que es nuestra vida, en oración, en marcha, en obediencia, en constante disposición de salir de nosotros mismos, porque caminamos hacia la Pascua, para mí el tiempo más difícil, porque se vive si tienes la experiencia de Jesús resucitado dentro de ti. Y esta experiencia se tiene o no se tiene; no se puede simular ni comprar, porque es un don. Preparémonos para recibirlo; luchemos por conseguirlo, para poder tener la seguridad, como Pablo, que absolutamente nada nos podrá apartar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Ángel Pérez Martín

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