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Tu palabra es mi pan de hoy 
13 de enero
Por Antonio Pavía

 

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: -«Todo el mundo te busca.» Él les respondió: – «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios. (Mc 1, 29-39)

Esta forma de actuar de Jesús, su ir de un pueblo a otro encarnando la Palabra del Padre, da cumplimiento a la intuición profética del salmista: “Dios envía su mensaje a la tierra, su palabra corre veloz” (Sl 147,15). Así es como vemos a Jesús a lo largo del Evangelio; diríamos que no tiene tiempo para perder, y cuando llega a un nuevo lugar no se pierde en banalidades, sabe perfectamente lo que es prioritario para sanar al hombre: el pan de su Palabra. Esta fue la respuesta que dio a Satanás cuando éste tuvo la audacia de tentarle en el desierto. A partir de esta prioridad, todo lo que concierne al hombre y que, indudablemente, concierne también a Dios, tendrá paulatinamente su cumplimiento. Eso sí, como Él mismo dice, hay que buscar primero el Reino de Dios y su Justicia (Mt 6,33). Sí, buscar…, buscar a Dios en ti.

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