Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, junio 20, 2019
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Tú, que eres justo, escúchame 

Señor, escucha mi oración;

tú, que eres fiel, atiende a mi súplica;

tú, que eres justo, escúchame.

No llames a juicio a tu siervo,

pues ningún hombre vivo

es inocente frente a ti.

 

El enemigo me persigue a muerte,

empuja mi vida al sepulcro,

me confina a las tinieblas

como a los muertos ya olvidados.

Mi aliento desfallece,

mi corazón dentro de mí está yerto.

 

Recuerdo los tiempos antiguos,

medito todas tus acciones,

considero las obras de tus manos

y extiendo mis brazos hacia ti:

tengo sed de ti como tierra reseca.

 

Escúchame en seguida, Señor,

que me falta el aliento.

No me escondas tu rostro,

igual que a los que bajan a la fosa.

 

En la mañana hazme escuchar tu gracia,

ya que confío en ti.

Indícame el camino que he de seguir,

pues levanto mi alma a ti.

 

Líbrame del enemigo, Señor,

que me refugio en ti.

Enséñame a cumplir tu voluntad,

ya que tú eres mi Dios.

Tu espíritu, que es bueno,

me guíe por tierra llana.

 

Por tu nombre, Señor, consérvame vivo;

por tu clemencia, sácame de la angustia.

Por tu gracia, destruye a mis enemigos,

aniquila a todos los que me acosan,

que siervo tuyo soy.

En este salmo el salmista hace una súplica y un ruego al Señor, ya que está angustiado por la vida, por la historia que está viviendo. Lo primero que pide a Dios es que escuche su oración. De esto se deduce una cosa muy sencilla, y es que reza y quiere que su oración sea escuchada. ¡Cuántas veces, nosotros estamos angustiados y no se nos ocurre rezar! Estamos tristes, con problemas, y lo primero que hacemos es distraernos con la TV, con un libro, saliendo de juerga, para ver si se nos pasa, sin darnos cuenta que esa actitud no nos lleva a ningún sitio; al contrario, cada vez nos sentimos peor, ya que acudimos a donde no puede darnos la vida. Sin embargo, el cristiano en el momento de tristeza, de angustia, de vacío interior, sabe que, recurriendo a la oración, su espíritu trasciende. Entonces se pone en manos de Dios, que es Padre y que se preocupa de los problemas de sus hijos; que no está ajeno en el cielo, sentado en un sillón de orejas riéndose de los problemas de los hombres. El salmista también apela a la fidelidad de Dios para que le escuche, ya que Dios siempre es fiel con nosotros. Él se ha comprometido contigo y conmigo, con todo hombre, con su amor. Nos ha creado por amor y para amar, con lo cual ese amor permanece para siempre a pesar de nuestras infidelidades, de nuestros pecados, de nuestros desamores. Este amor incondicional hace que Dios esté deseando escucharnos cuando oramos para sacarnos de la angustia y la desolación. También el salmista habla de la justicia divina: ¿Cómo, si Dios es justo, podemos salir impunes de todos nuestros pecados, de todas nuestras transgresiones? La justicia de Dios se ha manifestado en Cristo Jesús, que ha pagado por todas nuestras culpas. Él en la cruz se ha hecho culpable para que nosotros seamos inocentes y así nuestra oración sea aceptada. Es, pues, la nuestra una plegaria que debe salir de lo hondo de nuestro corazón, como un grito de necesidad hecho desde la humildad. Puesto que cierto es que somos la nada frente a Él, es decir, que somos pecadores, la oración ha de ser insistente, oportuna e inoportuna, pero sin exigir que Dios sea como el genio de una lámpara, presto a atender los deseos del amo. También debe estar acompañada de ayuno y limosna. En definitiva, como dice el Evangelio, debe ser una oración confiada en que el Señor ya la ha escuchado y quiere concedernos lo que pedimos, que no es otra cosa al final que hacer su voluntad por encima de nuestros deseos, como hizo Jesús en Getsemaní: “Pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39). ¿Qué le sucede al salmista? ¿Por qué está angustiado, rezando? En este caso porque le persigue a muerte su enemigo y se siente ya sin fuerzas, a punto de arrojar la toalla. Sin duda esta situación nos es muy cercana. Nosotros también somos perseguidos continuamente por muchos enemigos. Si bien, no seamos tan simples de intentar poner cara a los que desean nuestra muerte y pensar que son personas de carne y hueso como pudiera ser el jefe que no me valora, mi suegra que se entromete en todo, mi mujer que no me quiere como antes, mi hijo que no me obedece, mi vecino que me molesta, etc., ya que esto nos llevaría a sentirnos víctimas de los otros y por tanto inocentes, pudiendo pensar que el otro es el culpable, que es el otro quien tiene que cambiar y no yo, puesto que yo soy bueno, perfecto: “yo soy dios y no necesito rezar”. El enemigo del que habla el salmo, el que desea acabar con nosotros porque nos odia y envidia el amor que Dios nos tiene, es el Maligno, el Demonio, Satanás, el padre de la mentira, cuya primera victoria en esta generación es que ya nadie habla de Él. Parece que no existe y que, si nombras al Demonio, estás loco o eres un fanático. Pero es el Maligno precisamente quien quiere que nos sintamos heridos por los demás, maltratados, menospreciados. Se aprovecha de nuestras debilidades, de nuestras afectividades, de nuestro orgullo, en definitiva, de nuestros pecados, para que odiemos nuestra historia. Nos tiende trampas con el fin de que pensemos que nada nos sale bien, que Dios no es bueno, que no me quiere porque, si así fuera, no estaría enfermo o en el paro, sería más guapo, más inteligente, en una palabra, cumpliría mis deseos. Como padre de la mentira que es, nos reinterpreta toda nuestra historia y especialmente la cruz. No duda en hacernos ver cuán horrible es Dios, que permite el sufrimiento, las guerras, el hambre, la enfermedad, la muerte, etc., al mismo tiempo que nos ofrece sus recompensas, tan gratificantes en un primer momento para nosotros, como pudiera ser que se nos haga justicia, que se imponga nuestra voluntad, no sufrir, tener dinero, divertirse, etc. Y nosotros, como débiles que somos, pensamos que en esto está la vida, la felicidad, olvidando que se trata de un fruto dulce por fuera, pero emponzoñado por dentro. Un fruto que no nos da la vida, sino que nos conduce a la muerte, ya que tú y yo hemos sido hechos para amar y sólo seremos felices amando, dándonos a los otros sin exigirles que nos amen, que es lo que quiere el Maligno. Esto nos lleva a la frustración y depresión profunda, ya que el hombre no consigue realizarse ni descansar hasta que no ama como Cristo nos ha amado, en la dimensión de la cruz. La alegría del Demonio es nuestra propia muerte. Disfruta cuando estamos en tinieblas, deprimidos, sin salida, dudando del amor de Dios, pensando que la vida no merece la pena, en definitiva, incapacitados para amar. El salmista ha caído en la trampa de Satanás y está en la muerte, angustiado, acompañado por sus pecados. Pero recuerda que en otro tiempo Dios le ayudó y se sentía amado por Él. Ahora sabe que ha sido engañado por el demonio, puesto que hay uno que le ama: el Señor, quien permanece fiel. Con sólo pronunciar su nombre, da la vida, ya que ha sacado al hombre del abismo, a su Hijo de la muerte, y lo ha resucitado y está a su diestra, abriéndonos un camino para que lo podamos recorrer y ser resucitados con Él y gozar de la vida eterna. Ése es el camino que hemos de seguir; pero únicamente podremos hacerlo siguiendo las huellas luminosas de Cristo, de tal manera que, aunque esté lleno de sufrimientos, somos guiados por una tierra llana en el Señor. Las dificultades junto a Él son sencillas de superar, pues su Espíritu nos conforta y consuela. Con Él experimentamos el ser llevados sobre alas de águila, como fue llevado el pueblo de Israel por Dios en el desierto. El salmista, reconociéndose débil, le pide al Señor que le enseñe a hacer su voluntad, ya que ha comprobado que es lo mejor para él. Puesto que Dios es santo, es bueno, es Padre, su voluntad es una delicia para nosotros. El designio de nuestra vida es un diseño de arte inefable, que, a pesar de nuestras infidelidades y pecados, no se logra emborronar, ya que el Amor es más fuerte que la Muerte.

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