Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, noviembre 20, 2019
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Tu Rostro buscaré, Señor… 

El deseo de todo discípulo que busca al Señor es ver su Rostro. Ya nos lo recuerda el Salmo 26 cuando dice: “…Una cosa pido a Yahvé, es lo que ando buscando; admirar la belleza de Yahvé contemplando su Templo” (Sal 26,4).

Y más adelante clama a Yahvé diciendo para sus adentros: “…Busca su Rostro. Sí, Yahvé, tu Rostro busco, no me ocultes tu Rostro…” (Sal 26, 8).

Ya Moisés le pide a Yahvé: “Déjame ver tu Gloria”. Él le contestó: Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahvé, pues concedo mi favor a quien quiero y tengo misericordia con quien quiero. Y añadió: Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida. Yahvé añadió: Aquí hay un sitio junto a mí; ponte sobre la roca. Al pasar mi Gloria, te meteré en la hendidura de la Roca y te cubriré con mi Mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi Mano, para que veas mis espaldas; pero mi Rostro no lo verás.” (Ex 33, 18-23)

Maravillosa profecía de Dios que anuncia la Roca: Jesucristo. Dice textualmente que hay un sitio junto a Mí, es decir, que está junto a Dios, su Palabra: es la misma expresión del Prólogo del Evangelio de san Juan: “…la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios…”

Y a continuación dice “meterle en la hendidura de la Roca”. Otra profecía que nos recuerda el costado abierto de Cristo en la Cruz. Dicen los santos Padres de la Iglesia que, de esa hendidura, salieron sangre y agua, símbolo del agua bautismal, gracia purificadora de Dios en Jesucristo; y la sangre derramada por la redención de nuestros pecados.

El libro del Apocalipsis, en el capítulo 22 versículo 4 dice, hablando de los elegidos:”…Verán a Dios cara a cara y llevarán su Nombre en la frente; ya no habrá más noche, ni necesitarán luz de lámpara o del sol, porque el Señor Dios irradiará Luz sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 22,4)

Tanto amó Dios al hombre que se hizo hombre como nosotros; y tanto le amó, que, lo que ocultó a Moisés, se lo reveló a sus discípulos. Veamos el episodio de la Transfiguración.

Jesucristo tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y subió al monte a orar. Y mientras oraba, el aspecto de su Rostro se mudó y sus vestidos eran de una blancura fulgurante. Y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria y hablaban de su partida que iba a cumplir en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecía despiertos, y vieron su Gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Cuando ellos se separaron de él, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, que bien se está aquí. Hagamos tres tiendas, una pata ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando una nube se formó y los cubrió con su sombra; y, al entrar en la nube se llenaron de temor. Y vino una Voz desde la nube que decía: “Este es mi Hijo, el Elegido, ¡Escuchadle!”. (Lc 9, 28-36)

Hasta aquí el relato de Lucas. Lleno de notas catequéticas que brevemente quisiera señalar.

Llama la atención la forma de orar de Jesús: sube al monte Tabor, un monte alto; los montes, lugares donde habitan los dioses, es elegido por el Señor para indicarnos que sólo hay un Monte desde donde podemos orar a Dios. Es donde habita Dios-Yahvé, es el Monte Calvario donde nos redimió, es el Monte de las Bienaventuranzas desde nos catequizó.

Aparecen dos hombres. Moisés y Elías, símbolo de la Ley y los Profetas; Jesucristo no va a derogar los símbolos de los judíos: viene a darles plenitud y cumplimiento.

Dice Pedro: ¡Qué bien se está aquí! Y comenta el evangelista: No sabía lo que decía. Pedro ha de pasar por la Cruz para llegar al Cielo, como todos los que seguimos a Jesús.

Aparece una nube, signo de la Presencia de Dios, como ocurría en la salida del pueblo de Israel por el desierto, para proteger su huida de los egipcios.

Y hay un detalle que no nos puede pasar desapercibidos: la Nube les cubrió con su sombra. Es la misma experiencia de María de Nazaret; le dice el ángel: la Fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1,35).

Termina el Evangelio con el Mandamiento por excelencia, salido de la misma Boca de Dios Padre: ¡Escuchadle!

Este es el Mandato de Dios: ¡Escuchad a Jesús! Esta es la fe de la Iglesia, la fe que nos salva.

Desde la venida de Jesucristo, ya no tenemos que implorar ver su Rostro: “…Quien me ha visto a Mí ha visto al Padre…” le dice Jesús a Felipe (Jn 14,9). Maravillosa revelación de Jesucristo, que muchos quisieron ver y no vieron y oír y no lo oyeron (Mt 13,17).

Alabado sea Jesucristo

Tomás Cremades

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