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«Tú, siendo un hombre te haces Dios» 
26 de Marzo
Por Olga Alonso Pelegrín

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.
El les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».
Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».
Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».
Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.
Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».
Y muchos creyeron en él allí (San Juan 10, 31-42).

COMENTARIO

Cuando nuestro Señor Jesús dirigía sus palabras a los Escribas y Fariseos, siempre bajo la luz de la misericordia, les hablaba con absoluta claridad para llegar a su corazón y traspasar sus almas.

En estas conversaciones aparecen claves que subsisten hoy y que afectan al comportamiento de todos los hombres a lo largo de la historia, la ceguera de nuestros ojos.  Cuando escuchamos a Jesús decir: “Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre, ¿por cuál de ellas me apedreáis?” nos está hablando de la dureza de nuestro corazón, de nuestra repulsa natural a hacer un camino de vida siguiendo y confiando en el poder transformador de su palabra, que es el Evangelio.

Y, sin embargo, a pesar de sus buenas obras, sus milagros que respondían al grito desesperado de los hombres, la respuesta que recibe es ser apedreado, vilipendiado, expulsado; esa es la historia de Jesucristo en la tierra.

La necedad de la que tanto habla el Evangelio persiste hoy y  tiene que ver con la dureza de corazón de aquellos que no quieren  hacer camino y vida con el Evangelio porque lo consideran  una quimera, un imposible, una renuncia a sus vidas.

Orientaciones como “amar a nuestros enemigos” (Lucas 6 27-38), “poner la otra mejilla” (Lucas 6:29), “no devolváis mal por mal” (1 Pedro 3:9), son un imposible para nuestra voluntad y requieren la gracia de Dios para hacerse realidad en nuestra vida.

Por esta razón, la Biblia nos  habla en el Deuteronomio de “circuncidar nuestro corazón”, de dejar que el Evangelio como una espada atraviese nuestra vida y esperemos con fe y con amor que Jesús mismo a través de su Palabra nos haga hombres y mujeres nuevos.
Pero, para ello y, volviendo a la frase de Jesús, nosotros tenemos que dar el paso, creer en Él y su Evangelio, cada día, escucharle y buscar espacios en nuestras vidas a lo largo de nuestra existencia para que su lectura nos haga entrar en contacto con su corazón.

Y así, llegará el día en que digamos “si” como María, y su sangre, la de nuestro Señor, correrá por nuestras venas y su corazón, el de Jesús, latirá junto al nuestro.

Entonces, podremos escuchar de nuestro Señor hablar de nosotros como lo hizo de su Hijo, diciendo: Este es mi hijo amado, en quien me complazco (Mateo 3,17).

 

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