Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, septiembre 16, 2019
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Un miércoles de ceniza… 

Me llamo Daniel, tengo 25 años y desde hace nueve años soy cristiano. Mis padres están separados, tengo otro hermano, tres años más menor que yo. Al separarse mis padres nos separaron a los dos, yo me quedé con mi padre en el pueblo y él con mi madre en Madrid. Mi familia no es cristiana ni desde pequeño se me inculcó ningún sentido cristiano de la vida, se nos bautizó, no por convicción religiosa, sino “porque era lo normal”. Aun no siendo cristiano se me educó en el respeto a los demás, en ser bueno y educado y no perjudicar a nadie, etc. Nunca rechacé la idea de Dios pero tampoco me importaba mucho. Si Él existía no tenía mucho qué hacer en mi vida

la respuesta al interrogante de la vida

A los 10 años murió mi abuelo mientras conducía llevándome a mí al colegio. Cinco minutos antes tuve la visión de que iba a morir y eso hizo que me obsesionara con la magia y la brujería. Empecé a practicar ritos, invocaciones, conjuros, a echar las cartas y leer el futuro. Todo ello me hacía sentir poderoso, dueño de mi vida y de la vida de los demás.

A los 12 años me trasladé a Madrid con mi madre, mi hermano y mi otra abuela. En esta nueva situación, hacer lo que me daba la gana era más fácil. Mi abuela empezó a insistirnos para que fuésemos a misa los domingos y las fiestas importantes, y nos pagaba cien pesetas cada vez que acudíamos. Mi hermano pronto se cansó, pero yo continué asistiendo a la iglesia, pues encontré todo un negocio en ello.

Un Miércoles de Ceniza fui a misa para recibir mis 100 pesetas correspondientes; tenía entonces 14 años. Cuando me acerqué al altar para la imposición de la ceniza, el sacerdote pronunció unas palabras que me conmocionaron: “Recuerda, hijo, que eres polvo y que en polvo te convertirás”.

Esta frase provocó en mí una profunda crisis existencial. Empecé a preguntarme por el sentido de la vida. No me valía la tesis nihilista de “Qué más da, nada tiene sentido”. Me iba a morir y todo acabaría; no había nada después. ¿Qué sentido tenía ser buen estudiante, buena persona, obediente y educado, si al final iba a desaparecer?

Esta idea me creaba verdadero pánico. La gente me decía: “Te recordarán por las cosas buenas que hiciste”; pero yo me repetía continuamente “¡Y qué más da!, no me voy a enterar, porque después de la muerte ¡no hay NADA!”. Ya no me servía el “¡Carpe diem!, el  ¡Vive la vida mientras dure!”. Eso no borraba de mí la angustia y desesperación por pensar que al final me esperaba la profunda nada.

Admiro a la gente que es capaz de vivir sin plantearse el sentido de su existencia. Yo no podía, supongo que debido a que en el fondo sabía que había una respuesta.

Entonces recordé que ese mismo Miércoles de Ceniza un diácono, —ahora misionero itinerante—, cuando estaba junto al sacerdote, me dijo, mientras me daba a besar una Biblia abierta: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

Del Evangelio lo desconocía casi todo. Sólo sabía que era un libro muy antiguo y que narraba la vida de Jesús. Pero en mi vida concreta dudaba de que me pudiera servir de algo. Ante mi pregunta sobre qué tenía de especial el Evangelio, el diácono me contestó que era más que un libro, era una Buena Noticia. Que Dios, aun siendo todopoderoso y no necesitando de mí para nada, no se había olvidado de mi sufrimiento, ni de mi vida, sino que me había creado desde el principio para compartir su Gloria conmigo y que, viendo mi sufrimiento —fruto de mis pecados y de los de los demás— había decidido no dejarme solo. Y más todavía, sabiendo que “el precio del pecado es la muerte“, había decido pagar Él ese precio en vez de hacérmelo pagar a mí.

Así, por amor se había hecho hombre como yo, había muerto en la Cruz en el lugar que me correspondía a mí y que, además, no se había quedado en la muerte, sino que había resucitado para abrirme las puertas del Cielo y experimentar, ya en esta vida, la Vida Eterna, ésa que no se acaba y que nadie te puede quitar.

Todo eso me impresionó. Empecé a ir a misa gratis, sin cobrar las cien pesetas que me seguía dando fielmente mi abuela. Al cabo de un tiempo, aquel diácono me invitó a hacer unas catequesis del Camino Neocatecumenal en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima y decidí acudir.

En esas catequesis se me anunció que Cristo me amaba hasta dar la vida por mí y que había resucitado como promesa de mi propia salvación. Se me invitó a ponerme en camino, como Abraham, hacia una “tierra” que no conocía y decidí fiarme.

Los primeros años viví de la fe de mis catequistas. Simplemente creía lo que me habían contado e intentaba vivir según esa fe. Pero llega un momento en que la fe de los catequistas o de los padres ya no sirve para dar respuesta a los acontecimientos que suceden en la vida de uno. O la fe es probada y se experimenta que todo lo dicho es cierto y se asume la fe como propia, o uno se conforma con la fe mediocre, de “primera comunión”, pero insuficiente, con lo que se acaba dejando la Iglesia o viviendo una doble vida.

“felices los que crean sin haber visto”

Es verdad que durante este tiempo he tenido sufrimientos en mi vida. He traicionado a Dios muchas veces, abandonándole a Él y a su Iglesia. He intentado vivir haciendo mi propia voluntad y he experimentado la muerte, no la física sino la espiritual, y también la esclavitud del alma. Me he vendido a los demás por afecto, me he emborrachado para olvidar y evadirme. He buscado mi felicidad en el sexo, de cualquier forma y con cualquiera, y, a pesar de todo ello, no he sido feliz. Al contrario, en mi interior se abría un vacío cada vez más grande y más difícil de llenar; en definitiva, mi espíritu se estaba muriendo.

Pero también he experimentado que en ese sufrimiento, Dios se ha hecho presente incluso sin llamarle y me ha rescatado. Me ha sacado de la muerte y me ha dado su vida, la Vida que no se acaba.

He visto cómo la Iglesia me sostiene en el combate contra el pecado y me defiende de los que intentan hacerme creer que mi vida no va a ninguna parte; que no existe el cielo, ni Dios y que todo viene del azar.

Eso no quiere decir que ahora no sufra o no tenga pecados. Sigo sufriendo y pecando —más de lo que quisiera— Todos los días veo mi egoísmo y mi incapacidad para amar a los demás, pero aun siendo pecador, soy testigo de que Él me ama, me salva, sostiene mi vida y me llama a la conversión todos los días.

Yo no me he ganado con mi esfuerzo que Él me quiera, como tampoco puedes ganártelo tú. No soy ni mejor ni peor que nadie y a mí Dios me quiere tanto como te quiere a ti. Solo que tal vez tú vives de espaldas a este amor, sin saber por qué te pasan las cosas, o creyendo que no necesitas a Dios, que todo esto es una tontería…

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