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Un mundo en crisis, un país en crisis, una familia en crisis, yo, en crisis 

“La crisis económica ya afecta a más de tres cuartas partes de la población”;   “tres de cada cuatro familias en España tienen al menos un parado en casa”; “casi la mitad de los españoles están en el umbral de la pobreza”; “se prevé que para mediados de 2010 haya en España más de cuatro millones de parados”. Y así podríamos seguir… Con estas y noticias similares nos desayunamos cada mañana en esta España del siglo XXI.

Pero se puede extrapolar a todos los países del mundo. Ya no sólo es el tercer mundo el que tiembla. Países como USA, Inglaterra, Francia, Japón, la emergente China y tantos otros están haciendo un esfuerzo para reactivar la economía. Los bancos de inversión se hunden, los bancos y resto de entidades financieras necesitan de ayuda estatal urgente para no bloquear el crédito a particulares o, como mínimo, que no se vengan abajo… Las grandes empresas presionan para que, aprovechando la coyuntura, se les autoricen expedientes de regulación de empleo que aligeren sus estructuras de capital humano; el consumo cae, la producción baja, hay más despidos…, menos dinero en los bolsillos, cae aún más el consumo, los precios caen… y, en lugar de ser esto positivo (por fin ya no se habla de inflación), una supuesta deflación (ya está aquí.) es capaz de hacer temblar a cualquier gobierno.

actitud cristiana ante la crisis

Nos encontramos, por tanto, en un mundo en crisis, en un país en crisis y una familia en crisis. ¿Qué hacer? Fácil (o no tanto): luchar.

Sin guerra no hay paz y sin lucha no hay victoria (Santa Catalina de Siena).

¿Cómo afrontar la crisis desde una perspectiva cristiana? ¿Existe el “remedio cristiano” para la crisis? Un cristiano… ¿puede estar en crisis?

Desde luego que a todas las preguntas hay que responder con una rotunda afirmación. Lo que debería diferenciar a los cristianos del resto no es si están o no en crisis, sino cómo la afrontan o, mejor dicho, cómo la deberíamos de afrontar.

hacer la voluntad de Dios

“Señor:

Esté mi voluntad firme y recta contigo, y haz de mí lo que más te agrade.

Si quieres que esté en tinieblas, bendito seas.

Y si quieres que esté en la luz, también seas bendito.

Si te dignases consolarme, bendito seas.

Y si me quieres atribular… también seas por siempre bendito”.

Si queremos santificación, debemos aplicarnos únicamente a no seguir jamás nuestra propia voluntad. Porque todos los preceptos y todos los consejos divinos se reducen en sustancia a hacer y a sufrir cuanto Dios quiere y como Dios quiere. De ahí que toda perfección se pueda resumir y expresar en estos términos: hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace.

Obediencia a la “Voluntad significada”: es la tarea de todos los días y de cada hora.

Conformidad a la “Voluntad de Beneplácito”: el “principiante”, impulsado por el temor, sufre la Cruz de Cristo. El “proficiente”, impulsado por la esperanza, la lleva con gusto.  El que está “consumado en la caridad”, la abraza ya con amor. (S. Bernardo).

la visión cristiana no significa ni quietismo ni conformismo

El abandono no dispensa de la prudencia, pero destierra la inquietud. Dios cuida de nosotros, pero debemos convencernos de que no son menos necesarias la acción y la previsión personales; todo lo demás sería tentar a Dios.

Una vez que se ha hecho cuanto la prudencia exige, ¿por qué no nos estaría permitido decir a nuestro Padre Celestial: “Tú sabes cuánto ansío crecer en virtud y amarte cada vez más? ¿Qué me conviene para conseguirlo?: ¿la salud o la enfermedad, las consolaciones o la aridez, la paz o la guerra, los medios materiales o la total carencia de ellos? Yo no lo sé, pero Tú, Señor, lo sabes perfectamente”.

Si vieras que desmayas por falta de fuerzas y de ánimos, basta con rezar así: “Dios mío, alivia la carga o aumenta mis fuerzas; aleja la tentación o concédeme la gracia de vencerla”.

Lo que es preciso desear sobre todo es el santificar la prosperidad y la adversidad. Dios nos ha dotado de libre albedrío y no quiere santificarnos sin nosotros. No podemos, pues, dejar a Dios el cuidado de hacer lo que nos ha ordenado cumplir por nosotros mismos. El abandono no es una espera ociosa, ni un olvido de la prudencia ni, mucho menos, una perezosa inercia.

los verdaderos bienes

¿Qué entendemos por riqueza y qué por pobreza: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Desdichados, pues, los ricos, porque a ellos pertenece la miseria del infierno.

Pero también es rico de espíritu aquel que tiene las riquezas en su espíritu: “Así debe ser mi corazón, abierto solamente hacia el cielo, impenetrable a las riquezas y a las cosas caducas; si las poseo, debo conservar mi corazón libre de afición a ellas; que lo mantenga siempre en alto y que en medio de las riquezas permanezca sin riqueza y dueño de ellas. No, no colocaré este espíritu celestial en los bienes terrestres, haré que les supere —con la ayuda de Dios— y que esté siempre sobre ellos y no en ellos. (S. Francisco de Sales).

La pobreza afectiva hay que pedirla de una manera absoluta y procurarla con asiduidad en la fortuna y en la miseria. “No es la pobreza reputada por la virtud, sino el amor por la pobreza”. (S. Francisco de Sales).

Sin un mínimo de bienes temporales mi familia no puede conservarse, atender a sus buenas obras y proveer moderadamente el porvenir. Si lo temporal me marcha bien, el espíritu se hallará menos abrumado de cuidados, más libre para todo lo espiritual. Además, ¿no es mucho más agradable dar que recibir? Por ello, ser rico de hecho y pobre de afecto es la gran dicha del cristiano, pues por este medio se obtienen las comodidades de las riquezas para este mundo y el mérito de la pobreza para el otro.

Pero ¡cuidado!, la abundancia de bienes temporales es una especie de soga que se adhiere a mi alma y me impide volar a Dios. Con las riquezas entran fácilmente la estima de sí, el deseo de ser honrado, el orgullo y la ambición.

El mundo está en crisis… ¿Estoy yo en crisis?

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