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Un permanente desafío a la civilización cristiana 

Desde su publicación, el Manifiesto Comunista ha querido ser el catecismo de todas las subsiguientes revoluciones: Escrito con crudeza y concisión en el momento clave de la crisis social provocada por el desarrollo industrial, derrocha lirismo épico para presentar como héroe del futuro al Proletario que, aun siendo pieza esencial de la nueva economía, “no tiene otra cosa que perder que sus cadenas” (M. C.).

Con ese “Manifiesto” (1848) y subsiguientes escritos, elaborados en estrecha colaboración, Karl Marx (1818-1883) y Frederick Engels (1820-1895), ofrecieron a la posteridad la imagen de un prototipo de hombre que, para reconquistar todos los posibles derechos forjados en el sufrimiento, ha de renunciar a su propia personal trascendencia sumiéndose en la ola de la “imparable Revolución”. Ola que, para personajes como Lenin ó Stalin, llevará a una nueva situación en la que “los explotadores serán explotados hasta desaparecer todo tipo de explotación”: se pretende llegar así al “reino de la Libertad” puesto que, “según muestra la moderna filosofía”, ampliamente desarrollada por lo que se llamó Escolástica Soviética, “libertad es el conocimiento de la necesidad” (Hegel) y, siguiendo los dictados del Materialismo histórico-dialéctico, se presupone que en el futuro mundo prometido por ellos todas las necesidades materiales, serán debidamente cubiertas.

Por virtud de las “modernas” y materializantes ideas, plasmadas en una cerrada y dogmática ideología, millones de seres humanos llegaron a creer o hacer creer que el Hombre, sin más ni más, nace de la Tierra y mira hacia ella como a su posesión natural y definitiva en cuanto siga consignas del siguiente cariz:

Los comunistas, dicen Marx y Engels en su Manifiesto, desdeñan el disimular sus ideas y proyectos. Declaran abiertamente que no pueden alcanzar sus objetivos si no es destruyendo por la violencia el viejo orden social…

¡Que tiemblen las clases dirigentes ante la sola idea de una revolución comunista! Los proletarios no pueden perder más que sus cadenas mientras que, por el contrario, tienen todo un mundo a ganar!”

¡¡Proletarios de todos los paises, uníos!!”

El “Manifiesto Comunista” es, pues, el Catecismo de la Revolución o un Breviario de las ideas maestras de una Nueva Religión sin otro dios que la pura y dura Materia idealizada hasta alcanzar la absoluta autosuficiencia. Será una “Religión” o cúmulo de creencias sobre postulados a demostrar como la de desentrañar las supuestas “leyes dialécticas por las que se rige la Naturaleza” (Lenín y Stalin promovieron toda una doctrina al respecto), pero según una pauta definitivamente perfilada por Marx: así nos lo asegura Engels, quien, hasta su muerte en 1893, se preocupó de recopilar el amplio “material testimonial” que, en apuntes y diversas publicaciones, esbozó Marx y él mismo trató de sistematizar sin demasiada convicción en su “Dialéctica de la Naturaleza”.

¿No es todo ello simple expresión de un ideal-materialismo desligado de la realidad por simple afán de originalidad por parte de sus teorizantes? Así lo han llegado a reconocer algunos antiguos marxistas para quienes

carece de sentido plantear el problema de hasta qué punto la teoría de Marx y Engels es válida y susceptible de aplicación práctica. Todos los intentos de aplicarla a la mejora de la clase trabajadora son ahora utopías reaccionarias” (Karl Korsch).

Es mucha la fe que se necesita para aceptar que se camina hacia la libertad que se merece el ser humano luego de aceptar como válidos todos los supuestos sobre la autosuficiencia y poder determinante de la pura e inanimada Materia y, aún mucha más, para cifrar en el odio y la envidia la liquidación de las diferencias sociales a pesar de que, según la historia y la propia experiencia, esas diferencias sociales son, precisamente el resultado del odio y la envidia de cuantos no han visto ni siguen viendo al prójimo como el hermano al que acercarnos en generosidad y libertad.

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