Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, septiembre 16, 2019
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Un poco de Cristo 

Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; No se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los cielos. (Mt 5,13-18)

                    “Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?” (Mt 5,13).

Si los cristianos no somos sal, ¿cómo daremos sabor a esta sociedad? El cocido cada vez tiene más ingredientes y son de mejor calidad, más refinados, pero si está soso, no sabe a nada. Tal vez la sal se ha corrompido y ya no cumple su función, ya no vale para nada, no se deshace, no muere; y se ha convertido en otro producto más del guiso. No todo ha de ser sal; basta un poco de Cristo para dar sabor a toda la sociedad. En la oscuridad cerrada de una estancia se enciende una vela minúscula y, al cabo de unos instantes, se pueden distinguir los enseres por la claridad que produce el pábilo. La luz está a nuestro servicio, se usa, se enciende para que los hombres vean, proporciona un beneficio a los demás, no vive para sí, su única misión es alumbrar. Mas si la luz se vuelve tiniebla, ¿cuánta oscuridad habrá? No todo ha de ser luz; basta un poco de Cristo para dar luz a toda la sociedad.

Entramos en un espacio de la historia donde es imprescindible la asociación fe y vida. Es necesario manifestar un testimonio oral de nuestra fe que concuerde con nuestros actos. ¿Para qué? “Para que los que no ven, vean; y los que ven se vuelvan ciegos” (Jn 9,39). ¡Cuántos cristianos practicantes aceptarían el aborto si fuera circunstancial! ¡Cuántos les dan a sus hijos anticonceptivos para prevenir! ¡Cuántos están divorciados o en proceso! ¡Cuántos tienen interpuestas denuncias contra otros, casi siempre por dinero! ¡Cuántos tienen como dios al trabajo y sólo viven para él; y su mujer y sus hijos son como extraños! ¡Cuántos se afanan sólo por dinero, por medrar y mejorar su calidad de vida con la excusa del progreso! ¡Cuántos viven en lo políticamente correcto para no ser señalados con el dedo! ¡Cuántos de estos cristianos apoyan la ideología de género para no ser llamados “homófobos”! ¡Cuántos aceptan que a sus hijos les cambien la moral cristiana a través de la EpC por dejadez o por miedo a que los suspendan! ¡Cuántos cristianos sólo tienen un hijo, a lo sumo dos, porque los tiempos no están para alegrías!

Pero la sal, ¿dónde está? ¿Cómo creerán los que no ven? ¿Cómo entrarán en la Iglesia si lo que ven dentro es igual que lo de fuera? ¿Qué testimonio dan estos bautizados? “No todo el que me diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). Si nuestra vida no cambia, nuestros frutos son vanos, ya que el que tiene el espíritu de Cristo, el cristiano, hace las obras de Cristo: “El que crea en mí hará él también las obras que yo hago, y aun mayores” (Jn 14,12).

El hombre conoció a su prójimo porque Cristo se lo mostró. La naturaleza del cristiano es la de Cristo que se ha dejado matar en una cruz; mas no es ésta la naturaleza del mundo. Porque si los deseos y afanes del cristiano son los del mundo, ¿qué pensarán los que no creen? “Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen” (Lc 6,32s-33).

No juzguemos tanto el exterior, porque casi siempre el problema está dentro. “No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre” (Mt 15,11). Seamos, pues, valientes, que nuestra patria es el Cielo; nuestro afán, hacer la voluntad de Dios; nuestra vocación, morir para dar sabor; nuestra razón, la fe; y nuestro destino, la Vida Eterna en Cristo Jesús.

Igual que tú, Virgen María como tu manto,

como tu boca temprana,

como la luz inagotable de tu mirada…, igual que tú, Virgen María,

como la espuma alba de tu ternura,

como el pretil translúcido de tu velo,

como la oración del llanto, a los pies del madero,

igual que la silente palabra de la incomprensión…

como tú, Virgen María,

quisiéramos amar.

                                                                                                                                                                                                                          Jorge Santana

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