Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, octubre 18, 2019
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Un profeta en el río Jordán 

Juan predicaba en el Jordán. Las aguas del río corrían alegres después de besar las flacas rodillas del profeta. Eran aguas de salvación las que fluían hacia el mar Muerto, mezcladas con las lágrimas arrepentidas de las gentes sencillas que habían confesado sus pecados, y que luego se sumergían en el agua vivificante y bautismal de la gran esperanza que se anunciaba en la plenitud del tiempo nuevo. El pueblo esperaba al Cristo anunciado por los patriarcas y los profetas, al Mesías liberador de la opresión romana, al Salvador de Israel.

El agua que mojaba los cuerpos de los penitentes y los ungía con el bálsamo de una vida nueva, se dejaba luego acariciar, río abajo, por las ramas de los sauces que festoneaban las orillas atormentadas por el sol del mediodía. Eran las mismas aguas que en los tiempos de Josué dejaron de correr y se detuvieron obedientes a la virtud que emanaba del Arca de la Alianza, formando una muralla de agua para que el pueblo pasara por su cauce a pie enjuto, camino de la tierra prometida.

“Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3,2), clamaba el profeta de la nueva ley, que pronunciaba palabras extrañas, nunca antes oídas por las gentes de toda condición que llegaban al río procedentes de los puntos más alejados del país.

También llegaron allí, desde Jerusalén, sacerdotes y levitas expertos en las purificaciones con agua, que le hicieron al profeta muchas preguntas, pues no en balde, Juan era hijo del sacerdote Zacarías. Él les respondió que no era el Mesías, ni era Elías, ni era el profeta, que solo era “la voz que grita en el desierto…” (Mt 3,3). Esta cita profética no pasó desapercibida para los que preguntaban, pues Isaías había hablado de “una voz que grita en el desierto…”, mientras que ahora, Juan, se aplicaba el texto en primera persona, diciendo que aquella voz era la suya, la que debía enderezar los senderos del Señor, trabajo reservado para los ángeles, tal como lo había anunciado Isaías.

Citan los autores, que san Agustín, poéticamente, dijo a este respecto que Juan Bautista era una “voz efímera”, mientas que Cristo, fue “la palabra eterna” desde el principio.

será llamado profeta del Altísimo

 

Entre la multitud que esperaba para realizar la ablución penitencial, había muchos saduceos y fariseos que habían buscado puesto en las filas de los que venían a pedir el bautismo de Juan, y este, advirtiendo la mala voluntad que anidaba en sus corazones, les dijo: “¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: ‘Tenemos por padre a Abrahán’, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras” (Mt 3,8-9).

La reprimenda fue de dimensiones considerables, y es muy posible, que los aludidos pusieran “pies en polvorosa” y huyeran en desbandada de las riberas del río. Una reacción tan violenta por parte del profeta solo se explica por la perfidia de los que habían sido enviados con el exclusivo objeto de averiguar por qué aquel hombre se había arrogado la prerrogativa de bautizar con agua, y cuál era la causa de que tanta gente se hubiera congregado para escuchar sus palabras de conversión, pues no eran infrecuentes en Israel las apariciones de falsos profetas que trataban de arrastrar en pos de sí al pueblo ignorante.

Pero Juan no contestaba airado a los que le preguntaban de buena fe sobre los propósitos para una nueva vida de conversión. Y así, respondía a la gente: “El que tenga dos túnicas que comparta con el que no tiene; y el que tiene comida que haga lo mismo”. Y a unos publicanos, les decía: “No exijáis más de lo establecido”. Y a los soldados que le pidieron consejo, les recomendó: “No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino que contentaros con la paga” (Lc 3, 10-14).

Y ante la expectación del pueblo, pues todos se preguntaban si aquel hombre era el Mesías, les dijo: “Yo os bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia” (Jn 1,26). 

he ahí el Cordero de Dios

 

Y la gente se estremecía escuchando unas palabras que no eran capaces de entender. Si no era el Mesías, ¿acaso sería el profeta Elías que debía venir? ¿Qué era eso de otro que venía detrás y que era superior a él? En verdad que por su traza, con aquellas vestiduras de piel de camello y aquella burda correa de cuero que ceñía su cintura, más parecía un sicario de las montañas, o un esclavo huido, que un hombre de Dios. ¿No decían los rabinos que un discípulo debe ejecutar en honor de su maestro las tareas de un esclavo, excepto la de desatar las correas de sus sandalias? Y aquellos ojos suyos, tan brillantes, en los que se asomaba la luz de un fuego inextinguible, que parecía iluminar cada una de las palabras que salían de su boca, como estas: “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano, aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se extingue” (Mt 3,11).

Apenas había pronunciado aquellas terribles palabras, cuando el profeta, repentinamente, se calla. Se hace un impresionante silencio en las dos riberas. Todos miran expectantes hacia la orilla del río, donde un hombre joven ha entrado en el agua, y se dirige resueltamente hacia Juan. Entonces, los murmullos arrecian. ¿Quién es el que llega? ¿Por qué el profeta ha dejado de hablar y ya no bautiza? El recién llegado está en el centro del río, cerca de donde bautiza Juan, y este lo reconoce. El forastero es el mismo que le hizo saltar de gozo en el vientre de su madre, Isabel, cuando lo presintió en el seno de María que visitaba a su prima, y él era solo un feto de seis meses. Treinta años después se vuelven a encontrar. Y Juan no puede reprimirse y grita a la multitud ahora silenciosa: “Este es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existe antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel” (Jn 1,30-31)

Jesús, plenitud y gracia

 

Las orillas del río se pueblan de murmullos asombrados. ¿Qué hay mayor que un profeta en Israel? ¿Cómo podía existir antes que él aquel hombre, siendo de apariencia más joven? ¿Quién era aquel del que se decían aquellas cosas?

Pero algo está ocurriendo entre los dos hombres. El recién llegado le ha formulado al profeta una petición. Los más cercanos a la escena dicen a los que están más alejados, que el recién llegado le ha pedido el bautismo. Y Juan se ha negado. El profeta parece confuso y contrariado: “Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?” (Mt 3,14).

Parece que Juan quiere disuadirlo. Pero aquel hombre le dice entonces: “Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia” (Mt 3,15)

Entonces Juan se lo permitió. Todos se maravillan de la autoridad que se desprende de las palabras de aquel desconocido. Hasta el profeta, que tan belicoso se había manifestado con los sacerdotes y levitas llegados de Jerusalén, no se atreve a contradecirlo. ¿Cómo puede ser eso? Ambos caminan ahora hasta el centro de río, allí donde las aguas son más profundas, y Juan lo bautiza como a los demás.

Jesús se sumerge en las aguas, como si descendiera al sepulcro que lo espera en la ciudad santa, y emerge del lecho del río ungido para iniciar su tarea de salvación.

Apenas se bautizó Jesús, ocurrieron cosas extrañas. Algunos afirmaron oír como un ruido de trueno y un rumor de voces que venían de lo alto. Jesús seguía de pie en el centro del río, iluminado por un resplandor que caía del cielo sobre él, y que no era de los rayos del sol. Juan, como si estuviera contemplando una visión celestial, dio testimonio diciendo: “He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios” (Jn 1,33-34).

Los evangelios relatan así la primera teofanía del Dios uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, al comienzo de la vida pública de Jesús, en lo que es la tercera Epifanía del Hijo, después del nacimiento y adoración de los pastores en Belén y de la adoración de los Magos que llegaron de Oriente. En Marcos y Mateo, es Jesús el que ve descender el espíritu Santo, mientras que en Lucas, fueron muchos de los que estaban allí los que lo vieron, y solo Marcos y Lucas, mencionan la voz del padre que habla desde lo alto. Juan, por su parte, solo se refiere a la visión que tiene de todo ello el Bautista, que con anterioridad, ya había recibido las claves del mensaje divino, y que luego, da testimonio de la divinidad de Jesús a los allí congregados de modo solemne.

Horacio Vázquez Cermeño

 

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