Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, julio 19, 2019
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Un regalo del cielo 

Mi querida Carmen:

Isabel tendría ahora doce años. Estaba a punto de cumplir los dos añitos cuando sufrió el ataque cerebral que la sumió en una disminución física y psíquica. Los médicos diagnosticaron que la evolución sería progresiva y con un final como en realidad ha ocurrido.

Cuando Dios se hace presente en la vida de las personas, el hombre se convulsiona. Pero, en general, solemos estar ciegos a esta realidad y muy pocas veces lo vemos actuando en nuestra biografía personal. Y si lo vemos, no siempre lo entendemos y, menos aún, lo aceptamos. Todo lo más que hace nuestro corazón es juzgar en silencio, murmurar, quejarnos y pedirle explicaciones. Así somos de rebeldes, de limitados, de débiles…

Isabel tenía disminuido su cuerpo y su cerebro hasta cotas increíbles. No obstante, junto a esa miseria había un corazón sensible que valía un Potosí, fruto de una semilla de Dios. Su vida se ligó directamente a la mía por la enfermedad, ¿o fue al revés? Su padre y yo hemos hecho por ella lo que hacen tantos y tantos padres: aceptarla así y amarla. Tener una hija en estas condiciones te hace mucho más sensible e incluso te da un plus de serenidad. Al principio nos preguntábamos por qué tenía que tocarnos a nosotros si las posibilidades son las mismas para todos. Pero hemos aprendido que esta situación de Isabel nos obligaba a diario a relativizar muchas cosas. Y para nosotros nuestra hija ha sido una bendición.

Es cierto que no aprendió a hablar, como tampoco supo comer ni vestirse sola. Ni estuvo al corriente de otras muchas cosas. No obstante, las mínimas que hizo las bordó y, desde luego, muchísimo mejor que otros. A veces, los ojos de Isabel, su brillo, su vivacidad parecían no estar afectados por la enfermedad. Eran verdes, enormes, inexpresivos…, ¡pero dulces! Mirarlos valía la pena pese a cuanto he pasado por ella. No los habría cambiado por nada del mundo; ellos me compensaban con creces. ¡Cuántas veces se los besé! Aquellos ojos me mostraron lo que el resto de su cuerpo me negaba: que Isabel vivía por dentro, que era consciente de que la amábamos tal cual era. En su mirada siempre había gratitud. Jamás llegué a captar en ella ni resentimiento ni amargura; siempre vi sus ojos limpios de todo reproche.

Su cara, por el contrario, tenía una expresión indescifrable, con un rictus propio de la enfermedad que padecía. Pero cuando sentía que se le hacía un favor —siempre por casi nada— su gratitud resultaba angelical. ¡Qué sonrisa! Se nos hacía un nudo en la garganta cada vez que nos obsequiaba con ella. Al pasar por su lado y alcanzar del suelo la muñeca de trapo que se le había caído de entre sus torpes manos carentes de coordinación y fuerza, sus ojos te buscaban y te sonreía; era un regalo de Dios. Es preciso haber pasado muchas horas y muchos años a su lado para saber que ese gesto era una sonrisa y que con ella te daba las gracias. Me pagó con creces todas sus atenciones; devolvió mucho más de lo que recibió.

A su padre lo adoraba. Se volvía loca de contenta cuando Ángel regresaba del trabajo. Isabel no hablaba; de su garganta todo lo más que emitía eran ruidos ininteligibles y débiles. Pero en cuanto veía a su padre aparecer por la puerta del salón se le alegraba el alma y su boca era un torrente de potencia y expresividad. En ninguna otra ocasión se comportaba de esta manera. Isabel celebraba a diario, y año tras año, estos encuentros. Mientras Ángel la besaba, le hablaba y le regalaba golosinas que después casi nunca consumía, ella manifestaba a su manera cuánto se alegraba de verlo. Si a veces por problemas de trabajo Ángel se retrasaba, no había forma de llevar a Isabel a la cama. Se quedaba allí en su sillón esperándole. En cuanto su padre aparecía por el salón y recibía sus caricias, ella expresaba su alegría del modo habitual. Ni un solo día se fue a dormir sin antes ver la llegada de su padre a casa.

Es verdad que Isabel nos recortó libertad, nos ató a la casa y, por las atenciones que le debíamos prestar, nos obligó a una sujeción con ella. Pero te aseguro que la situación de Isabel nos ha ayudado en nuestro matrimonio. Atenderla y cuidarla no ha sido ninguna carga sino una bendición de Dios para todos nosotros. Si bien, sobre todo al principio nos costaba una barbaridad atenderla. A buen seguro que se debía a que deseábamos hacerlo bien desde la ley y la obligación, y así no se puede aguantar mucho tiempo porque cansa.

Ángel y yo pronto nos dimos cuenta que íbamos hacia el desastre, pues surgieron tensiones entre nosotros. Rezamos mucho para que el Señor iluminase nuestra situación y, después de un tiempo, caímos en la cuenta de que Dios quería probar nuestra fe. Jamás vimos en Isabel un castigo divino sino su amor de Padre. Cuando se nos regaló el don de que pudiésemos hacer con nuestra hija lo que Dios ha hecho con nosotros, es decir, amarla tal cual era, sin exigencias, sin leyes…, te aseguro, Carmen, que no nos ha costado. Hemos cogido el toro por los cuernos, hemos aceptado la voluntad de Dios y todo lo demás se nos ha dado por añadidura. Ha sido un regalo, una gracia, un milagro.

Cierto que a veces nos hemos rebelado contra esta situación, como fruto de nuestra condición humana. Pero cuando de verdad nosotros dos nos hemos sentido amados y perdonados ¡una vez más!, la situación ha vuelto de nuevo a ser normal. Isabel estaba ahí, necesitada de nuestras atenciones y cuidados —fundamentalmente de que la amásemos. Sin darnos cuenta se lo hemos dado ¡y hemos sido felices! Ahora que ella ya no está seguimos siéndolo, pero no porque nosotros seamos buenos, fuertes y capaces —que no lo somos— sino porque Dios es fuerte, bueno y capaz.

A Ángel y a mí nos ha desconsolado en el alma, hasta el extremo, la muerte de Isabel. Nuestro pesar es infinito y el corazón lo tenemos hecho añicos; hemos perdido a una hija querida y deseada. Tú que también eres madre lo comprenderás muy bien. Pero tenemos paz y tranquilidad porque sabemos que ella ahora forma parte del Amor, que es Dios. “El que crea en Mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25). Nuestro mayor problema, y el de todos, es que nos aferramos tanto a la vida que esa tarea nos cansa, nos abruma. Tenemos una visión tan pobre y tan chata de la vida eterna que nos asusta perder esta de aquí abajo. Nos apegamos a ella como una lapa porque deseamos ser felices a toda costa, y no sabemos que la felicidad solo está en Dios.

Isabel fue un regalo. El Señor nos la dio y Él mismo nos la ha quitado. ¿Quiénes somos nosotros para quejarnos? Mientras la tuvimos, la amamos y la cuidamos; otra cosa mejor no supimos hacer. Que Dios tenga piedad de nosotros.

Cordiales abrazos a todos.

María Luisa

Antonio Arias Crespo

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