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Un regalo excepcional 
9 de Octubre
Por Hermenegildo Sevilla

«Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. Él les dijo: “Cuando oréis decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación’”». (Lc 11,1-4)


La práctica diaria de la oración no es algo exclusivo de las personas consagradas, ni siquiera de los grandes santos. Tampoco es un “añadido” que la Iglesia propone para aquellos que quieran alcanzar un mayor grado de perfección espiritual. En el Evangelio de hoy Jesús aparece en uno de esos momentos en los que se retira a orar, como tantas veces a lo largo de su vida pública. Los discípulos han descubierto, observando a su Maestro, lo importante y necesario que tiene que ser la oración. Por eso uno de ellos le pide que les enseñe a  orar.

Es muy valioso el observar cómo Jesucristo nos enseña el camino de la vida caminando Él mismo. Es con su ejemplo de oración como provoca en los demás la necesidad de rezar. De igual manera, solo amando la Iglesia podrá mostrar al mundo el amor de Dios y provocar, de esta manera, que aparezcan frutos de conversión. Solo ocupándome del despreciado, del débil, del que es objeto de burlas y no cuenta para nada en los planes de la sociedad, solo deteniéndome, perdiendo mi tiempo y mi vida en aquel que no me agrada o incluso ataca a mi “yo”, solo amando, con hechos concretos, es como puedo hablar al mundo de Jesús. Tal vez alguien se “contagie” y me  pide que le muestre el camino.

Estamos viviendo una época —como en tantos otros momentos de la historia— en la que el misterio del mal irrumpe con una fuerza terrible y tremendamente poderosa, ante la cual nos sentimos, y en verdad somos, débiles y vulnerables. Es cierto que también muchas veces el mal nace de nosotros mismos. Nos puede suceder, como dice San Pablo, que queriendo hacer el bien, sea el mal el que salga de mí. Sabiendo que solo amando podemos ser felices es el rencor o el odio el que sale muchas veces de nuestro corazón. Nuestra naturaleza, herida por el pecado, en muchas ocasiones impide  que aparezcan frutos de amor en nuestra vida.

Hoy el Señor, a través de este Evangelio, nos entrega un arma perfecta para salir vencedores en este combate. Nos muestra el  “Padre Nuestro”, que contiene todo lo que de verdad necesita un cristiano para poder caminar por el sendero que conduce a la vida eterna. Muchos exegetas y teólogos han vertido ríos de tinta acerca de esta oración, desmenuzando y analizando cada una de sus partes. Resulta muy difícil que alguien pueda añadir algo nuevo o revelador sobre ella.

Siendo el contenido del Padre Nuestro enormemente rico y valioso, el verdadero tesoro de él reside en que nos ha sido enseñado por el mismo Jesucristo, que es la Sabiduría y el Amor en esencia. Por tanto si Él nos quiere y además no tiene posibilidad de equivocarse, todo lo que salga de sus labios es Vida Eterna para el que escucha y obedece. Podemos también estar seguros que cuando rezamos el Padre Nuestro somos escuchados, como lo fue al mismo Jesucristo cuando hablaba con el Padre.

Siento que muchas veces, cuando rezo el Padre Nuestro, le estoy pidiendo al Señor como en el salmo que se dé prisa en socorrerme, porque mis enemigos, mi propio pecado y el de los demás, la insidia tentadora del príncipe de este mundo, con el afán prioritario de hacerme su esclavo, se manifiesta en mi vida con una fuerza tan poderosa que en mis fuerzas estoy vencido de antemano. Pero ante esta realidad está la experiencia de que es en la debilidad  donde se manifiesta la fuerza de Dios, como ya nos dijo San Pablo.

Si yo mediante esta oración tengo el incalculable privilegio de poder dirigirme a Dios como Padre mío, porque lo es, ya no existe fuerza en el mundo que tenga verdadero poder sobre mí. Si hablamos de salvación y plenitud de vida, no hay nada que falte o sobre en esta oración y tiene tanta actualidad y vitalidad como hace más de dos mil años, Es a través de ella cómo mi alma puede alcanzar la paz y el consuelo que necesita, acercándose a la presencia del Señor.

El Padre Nuestro se renueva todos lo días para cada uno de nosotros, como un regalo que tuviéramos que desenvolver por primera vez, un regalo que debemos cuidar y conservar porque procede del amor que Dios nos tiene. Lo necesitamos para reforzar y confirmar nuestra fe, para tener discernimiento en el uso de nuestra libertad, para tener la mirada elevada hacia el cielo y para conseguir, en definitiva, la salvación. De necios sería rechazar este tesoro.

Hermenegildo Sevilla Garrido

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