Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, agosto 11, 2020
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Un reino del corazón 
Por Horacio Vázquez

«En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios Jesús les contestó: “El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros”. Dijo a sus discípulos: “Llegará un tiempo en que desearéis vivir un día con el Hijo del hombre, y no podréis. Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación”». (Lc 17, 20-25)


¡Qué misterioso es Jesús para los hombres! ¡Y cuánta claridad le pedían los que trataban de perderlo! Ahí es nada. ¿Cuándo llegará el reino de Dios?, le preguntaron. Claro que  ellos no sabían a qué reino se refería Jesús. ¿De qué reino podía hablar un fariseo seguidor de la ley de Moisés? ¿El reino que debía instaurar el mesías anunciado por los profetas? No. No se trataba de eso. Jesús no era el Mesías que ellos esperaban, y no traería el reino prometido a los judíos. Los fariseos creían en un reino terreno, un reino con un ejército poderoso capaz de derrotar a los romanos y de liberar al pueblo, pero esa llegada aún no tenía fecha. Le preguntan retadores a Jesús por el reino que anuncia a la multitud, el reino de Dios. Pero es una pregunta sin fe, que no tiene esperanza, y de la que no esperan una respuesta que les convenza. Es una pregunta con trampa, pues para ellos, Jesús es solo un impostor que se irroga unos poderes que no tiene.

Y la respuesta de Jesús los decepciona: “El reino de Dios está dentro de vosotros”, les dice. No hay que buscarlo fuera, no lo anunciarán heraldos con trompetas, no vendrá espectacularmente, pues nacerá en el corazón de cada hombre. Los fariseos se van desconcertados, y ya no están en escena cuando Lucas prosigue con su relato. ¡Vaya respuesta!, comentan confundidos, mientras se alejan del corrillo de gente y dejan a Jesús, que sigue hablando con sus discípulos, aunque esta vez, solo para ellos, en la intimidad del grupo, rebelándoles el destino humanamente desastroso que tendrá a manos de sus enemigos.

Pero, ¿cuáles son las claves de la llegada de ese reino misterioso? Nos las dice Jesús: “Si os dicen que está aquí o está allí, no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día”. No lo busquemos, pues, fuera de nosotros. No vayamos aturdidos de aquí para allá. El reino de Dios ya está dentro de nosotros. Allí, en lo más íntimo de nuestro corazón, a la luz de la llama que el mismo Jesús encendió con la buena nueva del evangelio.

Y por supuesto, la referencia ineludible a la cruz que salva: “Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación”. Siempre la cruz. A la luz desde la cruz, y eso no es ningún contrasentido. Pero también en este caso, se trata de la cruz de cada uno, de nuestra propia cruz, de la cruz con la que participamos, misteriosamente, en la cruz de Cristo. Otra vez el camino recóndito, la senda privada, el trayecto personal y exclusivo, pero que siempre nos lleva a los demás, que trasciende, que aflora, porque el reino de Jesús es comunicativo, cabalga de corazón en corazón, es para todos los hombres, va a lomos de la caridad, camina hacia la misericordia infinita, y es alegre, es una senda de vida, y su destino es la felicidad eterna.

Señor, “venga a nosotros tu reino”.

Horacio Vázquez

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