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Una batalla, no la guerra 

Después de tenernos por más de un mes con el alma en vilo a quienes amamos la vida, las dos vidas y la dignidad humana, el senado argentino ha dado muestras de honradez y valentía al rechazar la ley que promovía el aborto en ese país. Valentía porque fue una batalla desigual; claramente el fiel de la balanza estaba inclinado hacia la opción abortista: el gobierno de Macri, los diarios argentinos más importantes, la prensa internacional en su mayoría, todos presionaban para que dijeran “sí”…, y dijeron “no.”

Esta victoria supone una bocanada de esperanza, frente a una tendencia ciega y suicida de una sociedad que, prepotente, no quiere reconocer el derecho más básico, el de la vida. Una sociedad que no quiere ir a la raíz del problema y, mientras fomenta la más irresponsable promiscuidad sexual, se escandaliza de los embarazos no deseados. Una sociedad que no quiere escuchar nada sobre el sentido de la sexualidad y el valor de la vida. Pero, felizmente, el sentido humano, la cordura y el sentido común han imperado, a pesar de los pesares, en esa sociedad.

Ahora bien, se trata de una victoria parcial, no de la guerra. Pues, como mostraron en esta ocasión los perdedores, “no saben perder.” Es lógico, todo su discurso es de violencia e intimidación, de la más fanática irracionalidad. Con el fervor de un fundamentalista volverán a la carga, intentando imponer su cultura de la muerte, del permisivismo, de la violencia antagónica. Con la organización propia de un credo de muerte, están orquestados en toda América Latina, piloteados a distancia por inmensos capitales económicos e intereses ideológicos de lobbies políticos y financieros transnacionales.

No hay que bajar la guardia, Irlanda cayó, Argentina era la punta de lanza en Latinoamérica, pero la ofensiva ya está en marcha: Perú, Ecuador, México, etc., tienen la misma estrategia, las mismas pañoletas, solo cambia el color. Fue decisivo que el primer paso fuera en falso, para evitar el “efecto dominó”; que se pusiera de moda establecer leyes inicuas que promuevan el aborto y limiten drásticamente otros derechos ciudadanos ante ese supuesto “súperderecho.”

Hay que aprender también del triunfo argentino, el cual tiene tres claves fundamentales: Primero la sociedad civil se organizó, se tomó en serio, como un tema importante, la defensa de la vida y lo que en esta ocasión estaba en juego, que no era poco: la libertad de conciencia, la libertad de organización y pensamiento, el libre ejercicio de la profesión para médicos y enfermeras sin ser constreñidos para actuar contra sus convicciones, la tutela de los padres sobre sus hijas menores de edad. Es decir, era una ley digna de Stalin la que querían colocar, y la sociedad dijo “no”. O, en positivo, dijo: “Salvemos las dos vidas”, mientras con su pañoleta azul contrarrestaba la verde abortista. Médicos y enfermeras se unieron y, valientemente, dieron visibilidad al mensaje “no cuenten conmigo”. En fin, una muchedumbre en Argentina y fuera de Argentina hizo lo posible para hacer oír su voz, impidiendo que la otra opción tomara el papel de un “clamor popular” a favor del aborto. La causa de la muerte no es popular, se trata solamente de una minoría muy bien organizada, una élite intelectual y un buen acervo de “tontos útiles” que son utilizados para darle cuerpo.

La segunda clave del triunfo podemos descubrirla en el poder de la oración, y una oración ecuménica. Pues católicos, cristianos, judíos, o personas que simplemente creen en Dios sin tener una afiliación religiosa concreta, elevaron al cielo, durante este largo periodo un clamor incesante pidiendo que no prosperara la inicua ley. Fue un bello ejemplo de cómo debemos poner todos los medios humanos sin olvidar los sobrenaturales. Cristianos de distintas denominaciones, tantas veces divididos, ahora estábamos unidos en oración pidiendo por la vida. Un hermoso ejemplo de lo que podríamos llamar el “ecumenismo de la vida.”

En tercer lugar, muy relacionado con lo anterior, casí me atrevería a decir que dependiente de la oración, fue la esperanza que nada hace desfallecer. En efecto, el pronóstico era oscuro. El precedente irlandés ingrato, los diputados que ya habían aprobado la ley, cambiando varios de ellos su postura al último momento, vendiéndose al mejor postor, hacían temer lo peor. Parecía un ejemplo de una inexorable ley de la historia, una moda imparable frente a la que no nos quedaba sino resignación. Y, sin embargo, como un partido que se comienza perdiendo, la esperanza tuvo la virtualidad de darle la vuelta al marcador.

Ahí están las claves del éxito que debemos viralizar para defender la vida: sociedad civil organizada, comprometida, activa y decidida; el poder de la oración por la vida, más allá de las fronteras religiosas; una esperanza, que es confianza en Dios y en la humanidad de los corazones, que nada hace desfallecer, volviéndonos “inasequibles al desaliento.”

 Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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